Opinión
El afilado lápiz de Chantal
Por Carla Berrocal
Entre 1976 y 1978, la editorial francesa Les Humanoïdes Associés, referente en la edición de cómics de género fantástico y ciencia ficción, decidió lanzarse con la publicación de un magazine de cómic cuya autoría y temática fueran exclusivamente realizadas por mujeres. Inspirados en revistas norteamericanas underground de la época, como Wimmen's Comix o Tits and Clits, surgió Ah!Nana. Lanzaron la publicación con una tirada inicial de treinta mil ejemplares y un plantel formado por autoras como Chantal Montellier o Nicole Claveloux. Todo iba más o menos bien hasta que, con el número dedicado a la homosexualidad, la Comisión de Vigilancia y Control de Publicaciones Destinadas a la Infancia y la Adolescencia la categorizó para adultos, comprometiendo su comercialidad. Poco después, en el número 9 —dedicado al incesto— los problemas con la censura se intesificaron, fue clasificada como "pornográfica" y finalmente se canceló. Ah!Nana no tenía un contenido excepcional, había muchas revistas parecidas, pero la principal diferencia es que las otras estaban firmadas por autores hombres, y con ellas la comisión no tuvo nunca ningún problema.
Un grupo de policías de incógnito entra en un bar buscando pistas para encontrar a un asesino en serie. Uno de ellos baja la escalera, encuentra a una mujer y la asesina. Después sube y discute con sus colegas sobre quién puede ser el homicida que está aterrorizando la ciudad. Un grito sube desde el sótano. Es la mujer de la limpieza, ha descubierto el cuerpo y se desmaya. Los policías bajan corriendo, incluído el asesino-polícia. Nadie duda que alguno de ellos pueda ser el autor de los crímenes. El asesino-policía habla con su superior y le comunica que quiere dimitir porque siente que con su torpeza dejó escapar al criminal. El jefe se lo impide: ahora más que nunca necesito a mis hombres… y usted es uno de los mejores… Chantal Montellier ironiza así sobre el poder y la violencia contra las mujeres en Andy Gang, cómic que empezó a publicarse en serie en Ah!Nana.
A pesar de la censura hacia las autoras en los años que duró la revista, muchas continuaron su carrera y comenzaron su activismo. El 27 de enero de 1985 Montellier firmó un manifiesto en el periódico francés Le Monde titulado "Navrant" —"Lamentable", en castellano—, junto a Nicole Claveloux, Florence Cestac y Jeanne Puchol. En el texto, las mujeres denunciaron que el cómic estaba anquilosado en las fantasías macho más viejas y sórdidas y deseaban que las revistas estén al servicio de los creadores y no solo de los comerciantes, porque estos reducen cada día más el espacio dedicado a la creación en beneficio de la uniformización. Una declaración de intenciones que sacudió el panorama editorial del cómic francés y traería consecuencias para la propia Montellier.
Fuera de la diversidad, no hay salvación, dijo Chantal Montellier en esta entrevista sobre la creación del premio Artémisia, galardón creado en 2007 para reconocer el talento de autoras de cómic publicadas en Francia, que se falla el 9 de febrero con motivo del cumpleaños de Simone de Beauvoir. Según cuenta la propia autora, se llama Artémisia por la diosa griega, pero también por Artemisia Gentileschi, pionera pintora italiana del siglo XVII cuya obra más reconocida es Judith decapitando a Holofernes. En la misma entrevista, a la pregunta de si es feminista, Montellier responde: Tengo ratos. Por el momento, es un movimiento que aún tiene su razón de ser. (...) en particular, en las artes visuales, donde las mujeres suelen ser maltratadas. En los años 90, su compromiso con la profesión y sus obras empezaron a incomodar cada vez más a la industria del cómic, lo que se tradujo en ataques, rumores e insultos. Chantal Montellier abandonó la historieta y se refugió en la enseñanza, apartándose del foco. Pero un día, las viñetas le sacudieron tanto la sangre que inevitablemente volvió a la tinta y siguió publicando.
Montellier es una autora poderosa, cínica, lúcida. En sus obras se respira una sociedad consumida por el hastío a la que ridiculiza con humor. El mundo de sus personajes es el reflejo de una estructura fallida que, con un trazo limpio, recuerda al mejor dibujo de Tardí pasado por un filtro geométrico, elegante. Fue eso lo que me llamó la atención cuando la descubrí por casualidad, visitando el Museo del Cómic de Angoulême el año pasado. Me acerqué a su obra allí expuesta y me pregunté quién sería la persona que había dibujado esa plancha. Pensé que quien la había creado no tendría muchos años, el estilo parecía contemporáneo. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que el original perteneció a una obra publicada en los años 80 del siglo pasado. Saqué el móvil y apunté rápido en el bloc de notas su nombre: Chantal Montellier. No quería que se me olvidara. Busqué en Google y apareció la foto de una mujer de aspecto solemne junto a su entrada de Wikipedia. ¿Se había publicado alguna vez su obra en España? ¿Por qué no me sonaba de nada su nombre, ni su trabajo? Una búsqueda rápida en Todocolección me sacó de dudas. Encontré parte de lo que se editó aquí en los 80, la mayoría álbumes que recopilaban sus historias cortas publicadas en la revista Métal-Hurlant. Antes de volver a Madrid me compré tres tebeos suyos para que me esperaran en el buzón.
Chantal Montellier continúa dibujando historias de ciencia ficción con personajes ambientados en realidades bastante parecidas a la actualidad: en sus mundos no hay robots ni naves espaciales espectaculares, pero sí ambientes distópicos y opresivos que golpean a sus personajes. A su autora no le interesan las historias cotidianas, y huye del concepto girly cómic — género del cómic asignado que tradicionalmente entendemos como "femenino", es decir, historias cotidianas de ámbito íntimo—. Dice Montellier, las obras realizadas por mi generación (...) intentaban aportar una mirada sobre el mundo. Sin embargo, hubo un momento en el que el mundo se olvidó de ella, no la ha reivindicado como se merece. Así que pongo una velita y rezo, rezo mucho. Rezo porque un editor o editora reedite su obra en nuestro país, que bien hace falta. Y no solo por gusto, también para reírnos un poco de nuestra propia miseria. Es necesario, sobre todo viviendo en un mundo que se parece cada vez más a cualquiera de sus tebeos.
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