Opinión
Ahora todo el mundo quiere tener disciplina
Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Hace un calor insoportable. Ya sólo pueden hacer la cucharita los que se quieren de verdad o los que se acaban de conocer; que, aunque nos joda, son los mismos. El verano ya está aquí y es tan asfixiante como esperábamos. A cambio, podemos cenar sangría en el balcón de una amiga. Contar los días para que llegue la jornada intensiva a la oficina. Vestir con minifaldas ceñidas que se suben al caminar hasta enseñar el culo. Y convencernos de que este año sí: este año viviremos algún amorío fugaz. No se puede ni respirar, pero el ambiente está puesto para la fantasía. Hemos alunizado en la estación más optimista. A no ser que, como le sucede a muchas mujeres, tu familia tenga por costumbre endosarte su supervivencia estival. En ese caso disminuyen las expectativas de diversión. Ellos no harán nada en sus vacaciones, tú trabajarás convirtiéndote en su resort.
Pero si nos permitimos ser un poco frívolos y hacemos caso a las sagradas escrituras, a saber, un reel hecho con inteligencia artificial, podemos confiar en que pronto llegarán los días libres y recuperarás tu brillo. Estarás más despreocupada, más aventurera, más ociosa. Es decir, serás más sexy. Ha llegado el momento de engendrar las anécdotas que te mantendrán lúbrica el invierno que viene, cuando la lluvia te recluya en torno a una mesa camilla. En ocasiones, el verano trae consigo el calor, pero también la esperanza. Y las promesas de escenarios mejores son tan necesarias para la vida como los cubitos de hielo en agosto.
Espero que aún mantengamos la ilusión. Hace ya tiempo que perdimos a otra de las grandes aliadas del verano: la pereza. ¿Quién es ya capaz de hacer el vago? Suena vintage. Ahora lo que se lleva es desarrollar una enfermedad autoinmune de puro estrés. No son pocos los que utilizan la quincena sin trabajo como si cada día fuera un renglón de la lista de la compra. El asunto no es disfrutar de las vacaciones; sino aprovecharlas. Pintar, por fin, las paredes del piso. Sacarte, de una vez, el teórico del carnet de conducir. Avanzar, ahora que puedes, con el temario de las oposiciones. Sobra mencionar el componente de clase de este encaje de bolillos. Para los ricos, el tiempo siempre es libre. En cualquier caso, puede que este año conservemos la manía desubicada de imaginarnos como protagonistas de un anuncio de Estrella Damm. Puede ser, incluso, que pasemos alguna tarde remolona, de la cama al sofá y del sofá a la cama. Sin embargo, dudo que nos entreguemos al tercer eslabón de la santísima trinidad veraniega: la indisciplina.
Me gustan las vacaciones porque son como un conjuro: las hormigas se transforman en cigarras. Rompemos la hucha y alteramos el calendario, no existen los lunes ni la autocensura. “Un día es un día” y “para eso trabajo”. Dos frases que habría firmado el mismísimo Dionisio y que, en mí, tienen el efecto de pistoletazo de salida en la carrera del hedonismo. Del uno al diez de agosto tiramos la casa por la ventana, el resto del año ya veremos cómo la pagamos. No hablo de dinero; sino de ligereza. Se suspenden las obligaciones. Volvemos de madrugada haciendo eses, total, mañana no hay nada que hacer. De postre helado y de merienda también. Sin embargo, me da a mí que estamos a punto de ponerle cinturón al buen rollo: la gente está mirando que su hotel tenga gimnasio. Y no porque deseen tonificarse (que también), sino porque no quieren dejar de lado su rutina de ejercicios. Desconexión, pero no mucha. ¿A santo de qué no hay que seguir un orden en vacaciones? Eso seguro que lo inventó un vago al que le encantaban las excusas.
Últimamente todo el mundo quiere ser disciplinado. Es la virtud de moda, destaca por encima de las demás. Tener fuerza de voluntad siempre ha estado bien visto; pero ahora es un valor al alza. Rescatamos citas sobre la importancia del sacrificio y las ponemos de pie de foto en Instagram. Nos tatuamos coronas de laurel en los bíceps y antebrazos. Vamos a terapia para aprender a alejarnos de quienes perturban nuestra paz. Nos tragamos conferencias de empresarios millonarios que hablan sobre perseverancia.
Antes, el que no se quedaba a tomar la última era un amargado. Ahora, un ejemplo de tesón y método, alguien capaz de respetar sus propios objetivos de sueño. En TikTok cada día me aparecen más vídeos de usuarios que cuentan, entre lágrimas y con un aire mesiánico, cómo jamás se rinden ante las adversidades. En mis historias de Instagram, peña que hace unos años no habría corrido ni aunque le persiguiera la Policía, hoy farda de cuántos kilómetros de running se mete entre pecho y espalda. Y me lo enmarca con alguna frasecilla del estilo “cuando la motivación falla lo que queda es la disciplina”, seguido de un emoji sacando pecho. Incluso la nueva plaga digital, los influencers conversos, centra su discurso en hablar de cómo Dios pone orden en sus vidas. Mires por donde mires, encontrarás mensajes que ensalzan el sacrificio y el control.
Esto ya lo sabíamos: desde hace unos años vivimos en una optimización infinita. Queremos comer mejor, estar más guapos, hablar todos los idiomas. Hay que sacarle el máximo partido a todo: al cuarto de hora que se te queda libre entre recados y a unos pantalones que ya no usas. Pero, por si esta histeria no era lo suficientemente diabólica, resulta que, además, para perfeccionarnos necesitamos volvernos rígidos e impermeables. Lo admirable es ser capaz de restringirse y dominarse, porque esa es la clave para lograr los objetivos. De manera implacable, llueva o truene. Es más, especialmente si relampaguea. Y, para esto, hace falta disciplina. El nuevo modelo de ciudadano es un rebujito de estoicismo de Temu y un Funko Pop de Torquemada. Cabezón y perenne, nunca te quita la mirada. Hemos ido un paso más allá en la autorrealización personal, ahora también hay que autopatrullarse.
La disciplina es un valor seguro. Parece ser que la dirijas hacia lo que la dirijas, siempre recibes una palmadita en la espalda por practicarla. Aunque la estés utilizando para desarrollar una bomba atómica. Es una característica considerada, en sí misma, buena y deseable. Gente que jamás ha sido el lápiz más afilado del estuche está recibiendo halagos por proponerse levantar 100 kilos y no parar hasta conseguirlo. Yo que sé, digo yo que ya iba siendo hora de que les felicitaran por algo; pero ya podría haberles dado por aprender el funcionamiento de un cuadro de luces. Si quieres una ovación métete a disciplinado, que por eso siempre hay premio. Estamos todos de meritocracia hasta las cejas y nos la tragamos sin darnos cuenta. Tanto que, muchas veces, ni siquiera nos fijamos en el precio que se paga por esa divina fuerza de voluntad. ¿Ya no quedas con tus amigas? Ni me había dado cuenta, estaba deslumbrada felicitándote por esa capacidad tuya de no tirar la toalla y luchar por el ascenso que deseas. Lo que mola es tener un carácter espartano, poco importa si por el camino te estás quedando majareta.
Para sorpresa de nadie, en un contexto cada vez más virado hacia la derecha y en el que estamos asistiendo a un rearme generalizado, la disciplina es un valor cada vez más importante. ¡Qué casualidad! Qué bien marida tener a la población joven deseosa de control con el servicio militar obligatorio. Y, como no podía ser de otra forma, la primera bandera de conquista hay que clavarla en el propio muslo.
Nos aproximamos al verano más caluroso de la historia. Ya todos lo serán, es lo que tiene cargarse el planeta. Pero, también, al más delgado de la última década. Estamos al tanto del retorno a la extrema delgadez. Lo vemos en las alfombras rojas y en los textos críticos de muchas compañeras, feministas y activistas contra la gordofobia, que teorizan sobre ello. Como a muchas de ellas, a mí tampoco me importa si se modifica el cuerpo con dieta estricta y horas de gimnasio o con Ozempic y retoques de cirujano. Uno es el camino lento y aceptado, el otro el atajo denostado. En esto también nos ponemos meritocráticos rápido.
Lo que me interesa es descubrir qué ideología hay de fondo cuando decidimos entrenar prácticamente al mismo ritmo que alguien que se dedica, profesionalmente, al deporte. No creo que todo el mundo que va al gimnasio lo haga, únicamente, porque desea modificar su cuerpo. Hay cierta moral detrás. No somos lo mismo: tú haces sentadillas porque quieres cambiar tu culo, yo porque quiero contarme a mí misma que me respeto, que me estoy ganando mi salud y que no me vence la pereza. En suma: que tengo disciplina. Puede que mi generación ya no se quede dos horas extra en la oficina cuando termina su jornada laboral; pero de muy buena gana hemos aceptado sumarle una nueva tarea inamovible a nuestro día. Y si la incumplimos nos hablamos peor que nuestro jefe. Ya sabemos que no heredaremos la empresa; pero ahora creemos que heredaremos el cuerpo.
No se trata únicamente del ejercicio, está por todas partes. Soy mejor si hago una rutina facial de mil pasos para procurarme un cutis cuidado. Soy mejor si las emociones no me arrastran y no me distraigo con relaciones sentimentales. Soy mejor si no me pido otra caña y así, sin resaca, rindo mejor mañana en el trabajo. Por supuesto que es importante saber hacer renuncias, en esto consiste convertirse en adulto. El problema es que el sacrificio sea una actitud generalizada. No critico que te quedes en casa estudiando el mes antes de selectividad para intentar entrar en la carrera de tus sueños. El asunto es que nos estamos volviendo indiscriminadamente disciplinados. Se está controlando la sal gente sin riesgos de infarto. He visto a octogenarios con ataques de gota darse el gusto de comer más marisco del que probaríamos nosotros si, justo el día que no nos toca saltarnos la dieta, nos pusieran por delante una bandeja de gambas rebozadas con mayonesa.
Qué le vamos a hacer, somos hijos de nuestro tiempo. Y, en este momento, nuestra relación con nosotros mismos es lo único que creemos poder controlar. Nada va según lo previsto; pero si tienes ganas de orden, puedes someterte a ti mismo. No sabemos si tendremos, algún día, un salario decente o un contrato indefinido. Muchísimo menos si nos mantendremos en el mismo piso más de cinco años. Quién sabe si podremos permitirnos tener hijos. ¿En unos años correrá agua por los ríos de nuestras ciudades? A saber cuánto costará en un mes el litro de gasolina. Es francamente difícil mantenerse cuerdo a estos niveles de incertidumbre. Algo tendremos que manejar, al menos una parcela de nuestra vida tendrá que ser predecible. Cuando todo parece inasible, siempre queda la posibilidad de apretarse a una misma.
Pero no se trata únicamente de ansias de estabilidad. También está en juego la autoestima. Queremos sentir que somos gente de provecho, por muy rancia que suene la expresión. Sin embargo, hoy resultan aún más inalcanzables los indicadores que, históricamente, le sirvieron a muchos (no a todos) de prueba. Por ejemplo, puede que décadas atrás demostraras que eras una persona de bien al comprarte una casa. Hoy esto ya no es una opción. Sin embargo, queremos nuestro trozo del pastel. Yo también quiero pensar que soy responsable, y que se me felicite por ello. En mi mano tengo cenar claras de huevo en vez de una pizza, e irme a la cama pronto leyendo sobre finanzas en lugar de cerrar la discoteca. Espero que esto valga para demostrar que no soy una bala perdida y, ya de paso, que me lluevan los besitos de mamá.
Me gusta pensar que hago un alarde de disciplina cuando escucho, por vigésima vez, a una amiga soporífera contarme el mismo problema. También cuando madrugo para frenar un desahucio. O cuando apago el móvil para no lobotomizarme a golpe de reel y leo un rato. Quiero pensar que la fuerza de voluntad se ejerce de muchas formas. Qué conveniente resulta que sólo sintamos la gratificación de la disciplina cuando tratamos de ser más productivos, más guapos, más hegemónicos.
Este verano intentaré escoger yo misma mis sacrificios y desertar de los que me imponen los demás. Una es lo que alcanza, pero también aquello en lo que se deja caer. Nuestros vicios nos definen, no todos nos enganchamos a lo mismo. A mí, en vacaciones, me encontraréis echándome la siesta al sol a las tres de la tarde. Que ya sé que muy bueno para la salud no es. Pero tampoco lo es pasarse ocho horas diarias trabajando frente a un ordenador, y por eso aún nadie ha venido a regañarme.
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