Opinión
Anarquistas verdes en las trincheras de Zaporiyia

Por Pablo Batalla
Periodista
No sabía de qué escribir esta semana y entonces mi amigo K. me pasó un tuit. En inglés, sobre Ucrania. Decía: «Green anarchist fighters from the eco platform unit fighting russian invaders in Zaporizhia». O sea: «Luchadores anarquistas verdes de la unidad de la plataforma ecológica combatiendo a los invasores rusos en Zaporiyia». Me quedé maravillado. Siempre me maravillan los sitios pequeñitos en los que, como por arte de magia, cabe el mundo, una época, el Zeitgeist. Aseguraba san Agustín que Dios podía hacer que el océno entero cupiera en un pequeño pozo en la arena de la playa. Y hay veces que pasa un poco eso, y he ahí este tuit que en 13 palabras, 91 caracteres, condensa el gran quilombo de nuestra era.
Me entretuve efectuando una especie de análisis parecido al sintáctico y el morfológico que hacíamos en clase de lengua en el instituto, pero en este caso enfocado a discernir a partir de qué época ha sido posible decir cada una de las palabras de esa asombrosa oración. Anarquía aparece ya en la Antigua Grecia, pero anarquismo parece que fue Proudhon el que lo utilizó por primera vez. Siglo XIX, pues; y, más allá de aquel primer uso individual, solo a finales de la centuria aparecieron los primeros grupos que se autoetiquetaban así, como «anarquistas». Más o menos por las mismas fechas, aparecía, en Alemania, la palabra ökologie, «ecología», acuñada, en este caso, por el naturalista Ernst Haeckl. No he podido averiguar cuándo aparece ecologismo, pero intuyo que mucho más tarde, supongo que en los setenta u ochenta del siglo XX, cuando germina realmente el movimiento así llamado. Y también supongo que no ha sido hasta ya entrado el siglo XXI que alguien se haya denominado anarquista verde. Pero russian invaders podría estar escrito en un pergamino de hace medio milenio.
Así es nuestra era, la «era del centrifugado», dice Fernando Hernández Sánchez; una furia informe de tiempos entremezclados, la ruina amontonada que horrorizaba al Ángel de la Historia imaginado por Walter Benjamin. Russian invaders y drones nucleares, anarquistas verdes y trincheras en las que miles de desgraciados mueren embadurnados de barro, sangre y mierda llamando a su madre, igual que en cualquier guerra de cualquier momento y lugar de Gilgamesh para acá. Los países bálticos acaban de retirarse de la Convención de Ottawa contra las Minas Antipersona. Las minas son modernas, pasaron a ser antiguas y ahora son nuevas otra vez, ya el futuro y no el pasado. Y hay que sentir horror, y desde luego preocupación, y hay que no estar a favor, pero uno también comprende que en Estonia, Letonia, Lituania y Polonia hayan visto pelar las barbas kievitas, y entonces pongan las suyas a remojar. Quién le dice a un señor de Tallin, a una señora de Gdansk, que no hay que preocuparse de los russian invaders. Quién les convence ahora de que no pongan las minas; de que si llegan los ruskis como llegaron a Ucrania, Estados Unidos correrá a defenderles, a apoyarles correrá una UE incapaz de tirarle de las orejas a Víktor Orbán.
Somos habitantes de un tremebundo desastre, de la lluvia de escombros de la ruina explosiva de una época terminada, todo cambia rabiosa e impredeciblemente de semana en semana. Suecia abandona dos siglos de obstinada neutralidad y entra con entusiasmo en la OTAN. Un tiempo en que pasa eso no es tiempo para aferrarse a las certezas cadáver del tiempo anterior. Pensamos y discutimos si OTAN sí u OTAN no como si fuera 1986 y a lo mejor es Estados Unidos el que se va de la OTAN. En Canadá ya se teoriza cómo organizar la resistencia a una eventual invasión estadounidense y qué guerrillas podrían organizarse en los bosques de Alberta y las orillas del Athabasca: no es aún probable que pase, pero no es ya imposible, los expertos ya están en ello porque estratega precavido vale por dos. «Antes, la tarea de los autores de ciencia-ficción era intentar anticipar el futuro. Eso ha cambiado. Ahora su tarea es intentar comprender el presente», decía hace unos años William Gibson.
Una catedral destruida ya no puede llamarse catedral; no tiene sentido llamar girola, capilla, ábside, nártex a sus escombros indistinguibles. De la misma forma no podemos nosotros porfiar en seguir viviendo en habitaciones políticas que se han volatilizado, en seguir tapándonos con mantas léxicas que se han convertido en carbonizados jirones. Hay que repensarlo todo, acuñar nuevas etiquetas, tener nuevas posiciones, las vamos teniendo ya, las nuevas posiciones van tomándose de hecho, escondidas y confundidas tras las palabras de siempre, las banderas de antaño y los viejos discursos, convertidos en un tronco vacío que ya no sostiene un árbol, sino un hormiguero, un avispero, una guarida de ratas. La corteza es la misma, pero el objeto no. De la misma forma decir las mismas cosas que en el ochenta y seis no es realmente decir las mismas cosas, aunque ni una coma haya cambiado de sitio.
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