Opinión
Anhedonia
Por Magda Simó
Periodista y escritora
Lo que había prometido hacernos sílfides, de carnes transparentes y en consecuencia más felices, dichosos, encantados de conocernos, nos deja ausentes e insensibles. Tal vez romperemos cuellos y corazones a nuestro paso, pero no nos importará ni un poquito. Todo el mundo admirará nuestra silueta, incluso comentarán en corrillos envidiosos, bajaremos velozmente tallas y centímetros, pero nos resbalará como la lluvia en un parabrisas. No sentiremos nada.
Nos dará igual. Y será por la anhedonia, una alteración de la afectividad que nos vuelve incapaces, total o parcialmente, de experimentar placer, disfrutar o sentir interés por las actividades que antes nos resultaban gratificantes, que suelen ser además las que hacen que la vida se sienta vida, como estar con amigos, conocer cosas nuevas, practicar sexo, escuchar música o comer. La anhedonia se manifiesta como un vacío emocional, con las emociones y los estímulos apagados y ausentes, como si nos hubieran desconectado el cable de la gratificación y solo nos quedara indiferencia, ni frío ni calor. Generalmente, es un síntoma que se relaciona con la depresión mayor y que también aparece en otros trastornos mentales, pero en los últimos meses se habla más de él porque es uno de los efectos secundarios de la semaglutida, ese hechizo en inyecciones que empieza por oz y acaba por pic. No es el único efecto adverso destacable que le va saliendo, claro, de hecho se suma a los problemas gástricos, renales, de páncreas y vesícula y la pérdida de densidad muscular y ósea, pero aunque cualquiera de ellos sea grave y preocupante no me parecen tan anecdóticos ni significativos como que justamente el medicamento provoque lo contrario del que se supone su objetivo, ser más feliz dentro del cuerpo que nos ha dado la naturaleza.
Perder quince, veinte, treinta kilos, los que sean, a cambio de no sentir nada parece más un contrato con la bruja de la Sirenita que un efecto colateral asumible. O una maldición bíblica: parirás con dolor, vivirás sin placer. Es paradójico que justamente ahora que parecía tan fácil y rápido conseguir el físico soñado para muchas personas pueda venir acompañado de esa contrapartida. Queremos ser normativos, aceptados, queridos, deseados, y tal vez lo consigamos, pero puede que sea a cambio de una tabula rasa de placer y entusiasmo. Es vil, si me preguntan, y podría formar parte del argumento de una novela distópica: en el mundo del futuro hay que elegir entre ser delgado o sentir.
Seguramente será por mi talante más hedonista que estoico, pero me parece inconcebible una existencia sin placer, sin interés, sin entusiasmo. Para qué quiero un cuerpo socialmente más aceptado si eso no revierte en mi goce, momentáneo o sostenido. Podemos considerar que la felicidad es algo fugaz y difícil de aprehender en el momento en que se vive y que generalmente se reconoce retrospectivamente, pero el placer es algo muy distinto: puro hoy, puro ahora, puro presente. De los cuatro días que pasamos en el mundo, uno y medio nos pasan durmiendo y las desgracias ya vienen solas, qué menos que intentar vivir el resto y no tirar piedras al tejado de nuestro propio disfrute.
Si fuera tan sencillo como se vendía inicialmente, este fármaco que inicialmente se pensó para otra cosa estaría muy cerca de la magia, pero como suele pasar, la magia es un truco y viene acompañada de inconvenientes que nos hacen plantear hasta dónde estamos dispuestos a llegar para no estar gordos y el peso que sigue teniendo en nuestra sociedad tener una morfología corporal concreta. Los efectos secundarios reales, a medio y largo plazo, de cualquier fármaco tardan un poco en conocerse, y algunos no se saben hasta que se han expuesto al tratamiento grandes grupos de pacientes, muchas veces no del todo informados de lo que puede pasar. No sabemos si los primeros famosos hollywoodienses que se convirtieron en la mitad de lo que eran sabían que la cara también les cambiaría, para mal, debido a la pérdida de volumen adiposo. Tampoco sabemos si tienen la serotonina y la dopamina de vacaciones mientras se fotografían en las alfombras rojas. Lo sabremos después, cuando nos lo cuenten en largas autobiografías y la tortilla gire y pensemos cómo fue posible que entráramos en esa locura colectiva, como los que tomaban agua irradiada antes de saber que era cancerígena, como cuando la cocaína se vendía en las farmacias o se recomendaba a las gestantes que fumaran. En qué momento nos pareció que la balanza de beneficio y perjuicio se decantaba hacía el sí.
Durante una breve y reciente época, parecía que los cuerpos sanos de mujeres fuertes habían, habíamos, ganado socialmente la partida del sentido común. Se nos olvidaba, una vez más, el mecanismo circular de las modas. No vimos venir que volverían las oscuras golondrinas del heroin chic a volar en torno de nuestras adolescentes. La desnutrición y la fragilidad no pueden ser una moda y no deberían serlo nunca más, pero es inevitable fijarse en lo poco que duran el body positive y la aceptación de la belleza de todos los tipos de cuerpo, los escaparates con maniquíes diversos, cuando irrumpe el GLP-1 en el mercado y los referentes de todas las tallas empiezan a volverse de una delgadez idéntica y característica. Dónde queda el quererse tal y como se es cuando resulta mucho más fácil que antes cambiarse a uno mismo. Donde dije orgullo digo ozempic y aquí no ha pasado nada, ni siento ni padezco.
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