Opinión
Antiamnistía, S.L.
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Hay muchas ganas de impedir la amnistía, pero más todavía de hacer negocio.
Estos días estoy acercándome a Ferraz a cubrir las violentas (y un poco estrafalarias) manifestaciones contra la amnistía, que en verdad son también contra el resultado de las últimas elecciones, y la verdad es que estoy sorprendido por la heterogeneidad de sus asistentes.
No quiero hacerme trampas al solitario ni quiero que vosotros os las hagáis, diciendo que todos los concentrados son violentos o neonazis, pues no es así. En Ferraz, al igual que en una discoteca capitalina a las cuatro de la mañana, hay de todo. Y cuando digo de todo, es de todo.
Por supuesto, todas las noches en primera fila están los nazis, esa especie de lumpemproletariado al servicio de la bandera que tira botellas a Policía y prensa y acaba jugando al pilla-pilla por las calles de Argüelles, sin embargo, hay mucho más.
Además de los nazis y los también míticos cayetanos, quienes dedican rosarios a María y Bimba y Lola, hay una nueva tribu social, diría que es la primera vez que la vemos en la calle, a cuyos miembros me gusta llamar “horizontitos”.
Los horizontitos son chavales jóvenes, muy jóvenes, que no llegan a los veinticinco años y que se caracterizan por tener una educación política bastante difusa, a caballo entre la conspiración y la sopa boba de las nuevas ultraderechas.
Estos chicos vienen marcados de la pandemia, época en la que cumplieron la mayoría de edad y que, en lugar de aprovechar saliendo de concierto a beberse sus primeros roncolas, tuvieron que invertir en ver Horizonte, de Iker Jiménez (de ahí el nombre), y en jugar a los empresarios del mundo de las criptomonedas.
Estos pibes llevan más o menos organizados un tiempo gracias a Internet –esta es la primera vez que pisan la calle pretendiendo ser escuadristas– y tienen en común un par de cosas, como un odio bastante profundo hacia las mujeres (fue salir de la pandemia y ver que el mundo había cambiado por completo, también gracias al feminismo, y no gustarles) o una obsesión insana por la cultura del pelotazo.
El horizontito medio lleva jugando desde la pandemia a ser empresario, ya sea invirtiendo los ERTEs de mamá en criptomonedas o pretendiendo ser un lobito de Wall Street con el trading (inversión en bolsa de valores), por lo que no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer negocio gracias a sus primeras manifestaciones.
Por ejemplo, estos días estamos viendo una descarnada pelea entre blogueros –aquí no llamamos periodistas a esa gentuza– por ver quién consigue capitalizar mejor las diferentes protestas que se están sucediendo en Madrid para cobrárselas en influencia.
Unos cortan la Gran Vía haciendo una mala suerte de periodismo gonzo en busca de situarse como los protas de la movida mientras otros montan acampadas dantescas frente al Congreso de los Diputados (y fuerzan su detención, qué loco todo) para aprovechar que los medios tradicionales cubren las protestas y así romper la barrera de lo digital. En general, se está viviendo una pelea épica en busca de atención que, si me permitís augurar, acabará con algún modelo de Onlyfans haciéndose una paja frente a la UIP con un morrión en la cabeza.
En un círculo todavía más profundo del surrealismo, pues las cosas siempre pueden ir a peor, están los horizontitos que pasan de apostar por el largo plazo de la influencia y se animan a facturar con productos físicos, sin esperarse a la fama.
El periodista Alfredo Pascual, de El Confidencial, publicaba el otro día un reportaje en el que contaba la historia de una marca –buscadla si queréis, paso de hacerles publi– que estaba desplegando pancartas en las protestas de Ferraz para capitalizar la movida.
Esta empresa, la cual vende ropita con referencias a Jesús Gil, El Fary y demás ídolos del esmegma patrio, apareció la noche del martes con una pancarta contra el Gobierno en la que incitaba a los asistentes a seguirlos en redes sociales: efectivamente, Pascual contó también que esta empresa recibe subvenciones del Gobierno.
La cosa es hacer pasta, guita, money o chavos sin importar que estés calentando la calle y pidiendo un golpe de Estado contra tu Gobierno; el objetivo es aprovechar para posicionar tu marca, pues defender tu país (sic) está guay, pero vender media docena de pares de unas zapatillas llamadas Air Blas de Lezo (no es broma, existen) es infinitamente mejor.
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