Opinión
Avivar el fuego
Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
Una pareja reposa sobre la playa del lago de Lacanau –en las cercanías de Burdeos, Francia–, veraneantes bajo la sombrilla que ha perdido todo uso, pues, al fondo, se divisa el nubarrón que ha engullido el cielo como resultado de un gran incendio. La instantánea, tomada por el fotógrafo Maximilien Lamy hace escasos días, sacude la sensibilidad colectiva porque construye el contraste entre dos mundos: por una parte, el del ocio asociado a una estación que se ha considerado tradicionalmente propicia para los viajes de placer, el descanso y la fiesta; por otra, lo que probablemente sea un pirocumulonimbo, la bola de humo incontrolable que nos avisa de una emergencia climática fabricada por el ser humano. No bastan las explicaciones que apuntan a la pasividad de quienes se encuentran de vacaciones frente al dolor surgido de una tierra que arde: lo que aquí se narra, impulsado por la oposición cromática entre la claridad de la arena y la presencia amenazante de la nube negra, es una dualidad aterradora, la que implica la continuidad de las lógicas capitalistas (el turismo, su consumo adaptado a la suspensión de la jornada laboral) junto a la lógica opuesta de un planeta roto que envía constantemente señales de peligro. El planeta que habitamos es otro, sus dinámicas climáticas no responden a patrones normales y, por mucho que clasifiquemos los incendios como "inauditos", "sin precedentes", "nunca antes vistos", no podremos apagarlos con las mismas recetas de siempre.
En El tiempo del fuego (Capitán Swing, 2024), el periodista John Vaillant explica que los incendios de última generación son capaces de crear su propio sistema atmosférico: la potencia es tal que producen vientos huracanados, generan rayos, y hasta granizo hecho del agua que absorben mezclada con ceniza. La virulencia de los fuegos que han dejado ya más de 300.000 evacuados en España y Francia se aproxima al fenómeno descrito por Vaillant; prácticamente inextinguibles, los equipos de bomberos se debaten entre apaciguar las llamas o intentar salvar vidas, incluyendo las suyas propias. Detrás de estas tragedias, en ocasiones provocadas deliberadamente o por alguna imprudencia –como utilizar maquinaria agrícola cuando está prohibido– se halla, inevitablemente, una crisis climática que estimula la destrucción: así, lo que estamos contemplando en las noticias sería impensable sin las sucesivas olas de calor que han engrosado los termómetros, la sequía, o las torrenciales lluvias del invierno que alimentaron el crecimiento de la vegetación. Todo ello, unido al histórico éxodo rural que despobló el campo, resulta en las visiones apocalípticas actuales, para las cuales, además, no parece que vayan a implementarse soluciones a corto plazo, simplemente porque seguimos instalados en el paradigma económico que las aviva.
Mañana millones de personas volarán hacia sus destinos vacacionales favoritos, degustarán helados y chapotearán en las aguas de algún mar de elevada temperatura. Mañana, o el año que viene, continuaremos siendo una sociedad fosilista que depende del petróleo para casi todo y se militariza al ritmo impuesto por una geopolítica dislocada. La inercia global negacionista no concebirá el cambio de rumbo necesario e irá simultaneando el drama ígneo con el extractivismo, las pavesas con la cerveza y la ampliación de industrias tan nocivas para el bienestar como los centros de datos, hasta que los rescoldos calientes sean reemplazados por inundaciones o alguna otra desgracia. Mientras tanto, nuestras esferas comunicativas, predispuestas para la desinformación, seguirán nutriendo el magma conspirativo con que ya se narran los sucesos: "fanatismo" culpa de "ecologetas", o hasta la estulticia que acusa a Pedro Sánchez de querer quemar el monte con el fin de instalar placas solares –una de las mentiras más visibles en internet–. Es indiscutible que, sin consensos sociales basados en el conocimiento científico, el empuje de la cotidianeidad consumista, tecnológica, irá arrasando la casa común hasta que su habitabilidad quede terriblemente mermada.
Arden los bosques y pueblos, y respiramos la materia ardida, impasibles ante el hecho de que las cosas podrían ser de otra manera de existir, generalizada, la voluntad política que comprendiese la gravedad del problema más allá del espasmo inmediato de cada tragedia. Si observamos de nuevo la fotografía de Lamy, percibiremos que uno de los veraneantes parece estar grabando la gigantesca humareda con el móvil; ajenos ellos a que alguien los está retratando por la espalda, a nosotros, sus espectadores, se nos permite desarrollar una interpretación más compleja del acontecimiento. Ahora bien, si perpetuásemos el juego de miradas hacia atrás, ¿qué pensaría quien nos tomase una foto colectiva? A todos, sociedad en proceso de (auto)destrucción.
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