Opinión
Se busca villa de vacaciones en La Orotava
Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Tengo delito, lo sé, pero, hasta ahora, no había leído nunca El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall. La Editorial Dos Bigotes, en 2025, nos hizo un regalazo que yo todavía no había disfrutado: una traducción de la escritora y traductora Gloria Fortún con ilustraciones de Carla Berrocal. Es una delicia, de verdad. Una delicia que me ha arrastrado a una obsesión imprevista: un mapa, una casa y dos mujeres.
Tenía muchas ganas de leerla, entre otras cosas, porque Yanira Hermida —historiadora y amiga canaria— me había contado entusiasmada que la autora había pasado unas vacaciones en su pueblo, La Orotava, y que en la novela describía con bastante detalle la casa en la que se alojaban sus protagonistas: Stephen y Mary. Pasean, montan a caballo, suben hacia las montañas, contemplan el mar y, sobre todo, pueden quererse con cierta tranquilidad. La Orotava, a principios del siglo XX, se convierte así en un espacio de esparcimiento y cierta libertad para dos mujeres de novela.
Sabemos que su autora conocía la isla. Radclyffe Hall había viajado a Tenerife en 1909 con Mabel Batten, conocida como Ladye, una cantante británica de lieder, veinticuatro años mayor que ella y su pareja por aquel entonces. Regresaron en 1910 y Hall dejó constancia de aquellos viajes en poemas y anotaciones. No podemos saber a ciencia cierta cómo era la casa en la que se alojaron las dos amantes ni, por supuesto, si es exactamente la misma que Hall imaginaría años después para sus protagonistas aunque yo me atrevo a intuir que sí. Lo que sí sabemos es que, cuando publicó El pozo de la soledad, en 1928, llevó también hasta Tenerife a Stephen y Mary y las instaló en una villa que describió con todo lujo de detalles. Hall la llamó Villa del Ciprés.
Estaba construida sobre una colina que dominaba el puerto y era, según cuenta, más antigua que las propias calles que habían crecido a sus pies. Una casa baja de piedra que en otro tiempo había estado pintada de amarillo limón, con contraventanas verdes "descoloridas por el sol de incontables veranos semitropicales" que miraban al mar. Dentro había grandes habitaciones sombrías, suelos de mosaico y frescos antiguos en las paredes, pero su verdadera gloria era el jardín: un "auténtico Edén" poblado por los magníficos cipreses que daban nombre a la villa. Había también eucaliptos, jazmines, naranjos y un pequeño cenador cubierto por una glicinia antiquísima desde el que se divisaban "millas y millas de océano". Abajo quedaba el puerto, con los carros de bueyes cargados de cajas de plátanos camino del muelle y los vapores fruteros esperando más allá del embarcadero. No estaban solas. De la casa se ocupaban Concha, una mujer a la que Hall describe siempre sonriente y con un pañuelo blanco de lino cubriéndole la cabeza, y su sobrina Esmeralda. En el jardín trabajaban Ramón y Pedro, un muchacho de dieciséis años cuyo padre alquilaba mulas y burros a los turistas.
A estas alturas, necesito saber cuál es exactamente la casa.
Obsesión desbloqueada.
La primera pista, claro, es el nombre: El Ciprés. Resulta que en La Orotava existe un Camino del Ciprés que, durante siglos, fue una de las principales vías de comunicación entre La Orotava y su puerto, del que se conservan todavía unos 800 metros de empedrado protegidos como Bien de Interés Cultural. En ese camino, atención, hubo una finca conocida por el mismo nombre.
Segunda pista: la Finca El Ciprés no era una residencia privada cualquiera. Tirando del hilo aparece Jorge Víctor Pérez Ventoso, médico, botánico y uno de los promotores del turismo médico en Canarias. En su finca de El Ciprés construyó un establecimiento que en 1895 alquiló a Douglas Crompton y que posteriormente estuvo dirigido por el alemán Adolf Stiehle. Pérez estudió en Sevilla, ciudad en la que la autora coloca al propietario del alojamiento.
Pero la sorpresa llega cuando busco en la prensa de la época. En junio de 1909 —sí, exactamente el año en que Radclyffe Hall viajó a Tenerife con Mabel Batten—, la Pensión El Ciprés se anunciaba en el Diario de Tenerife: "Entre la Villa y Puerto Orotava, a 100 metros de la carretera", decía el anuncio. La describía como "una casa de recreo ideal", situada en el Camino Viejo, "en medio de la mayor tranquilidad, con hermoso jardín". Al frente figuraba Adolfo Stiehle. Aquí la cosa se pone todavía más interesante. El anuncio estaba publicado en tres idiomas: español, alemán e inglés. El Ciprés buscaba, evidentemente, clientela extranjera. En la novela, Ramón, el jardinero de la Villa del Ciprés, habla algo de inglés porque lo ha aprendido tratando de comunicarse con los numerosos huéspedes que habían pasado por allí antes que Stephen y Mary.
Las fechas empiezan a encajar peligrosamente bien con mi teoría. En junio de 1909, El Ciprés se anunciaba como pensión para huéspedes internacionales. Ese mismo año, Radclyffe Hall llegó a Tenerife con Mabel Batten.
Encuentro una fotografía antigua. En concreto, una postal. En ella se ve una casa baja, rodeada de vegetación y presidida por un enorme árbol. Al pie puede leerse: "Pensión El Cipres. Orotava. Tenerife". La imagen está fechada en 1928. Justo el año, por cierto, en que se publicó El pozo de la soledad.
¿Es esa la Villa del Ciprés que Hall tenía en la cabeza cuando escribió la novela? ¿Es la pensión en la que se alojaron ella y Mabel Batten casi veinte años antes? No tengo, de momento, ninguna prueba que me permita afirmarlo, pero las fechas no solo encajan: se abrazan. Radclyffe Hall y Mabel Batten durmieron, casi con total certeza, bajo el techo amarillo limón de El Ciprés. Mientras busco esta villa, entiendo que estoy buscando otra cosa: un lugar de memoria. Un sitio al que poder señalar con el dedo y decir: fue aquí donde, hace más de un siglo, dos mujeres encontraron un poco de paz.
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