Opinión
El Camino de Mariano

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Los defensores del terraplanismo sufrieron un fuerte varapalo esta semana, justo en el momento en que Mariano Rajoy entró triunfal en la Plaza del Obradoiro. En efecto, Mariano dice que camina ocho o diez kilómetros diarios, pero, si la Tierra fuese plana, hace mucho tiempo que se habría caído por el borde. Las evidencias científicas no significan nada: hay gente que sigue creyendo que vivimos sobre una palangana gigante, no en una esfera planetaria, del mismo modo que hay gente que piensa que el M. Rajoy de los papeles de Bárcenas se refiere a otro M. Rajoy y no al único M. Rajoy del que tenemos noticia. En todo caso, a razón de ocho kilómetros diarios, ahora mismo Mariano debería estar bien lejos y, sin embargo, acaba de regresar a Galicia para encontrarse con un Gobierno tan empantanado de mierda como el que nos dejó siete años atrás. En España es que nunca pasa nada.
La entrada triunfal viene a cuento porque Mariano acaba de completar el Camino de Santiago, una ruta de peregrinación cristiana que cada año atrae a miles y miles de peregrinos de todo el mundo. En mayo de 1998 lo recorrí en solitario de Astorga a Compostela, aunque por el camino me fui tropezando con una nevada imprevista en la Cruz de Ferro, con un perro perdido que me siguió tres kilómetros, con tres catalanes muy simpáticos, con dos jóvenes alemanas y con un guitarrista belga, Ignaz, que tarareaba melodías de Jethro Tull, Juan del Encina y Mateo Flecha el Viejo. Había también un montón de brasileños siguiendo las huellas de Paulo Coelho, lo cual me parecía bastante más absurdo que seguir las huellas hipotéticas del apóstol Santiago.
En las primeras etapas hice amistad con un estadounidense llamado Barry, que también viajaba solo y que chapurreaba un castellano casi tan malo como mi inglés, pese a que había recorrido a pie media Sudamérica. Barry era bajito y llevaba sombrero de safari, pantalones cortos y una cámara de fotos con la que retrataba todas las imágenes del peregrino que iba encontrando por las iglesias. Le fascinaba el porte tradicional —el cayado, la calabaza, la concha— y pensé que cualquier día iba a encontrarse a sí mismo tallado en un claustro románico. Mariano, en cambio, se podía haber confundido con el apóstol Santiago de no ser por las gafas.
Muchos peregrinos hacen el Camino por una razón especial —una promesa, una expiación, una esperanza— y lo normal es no revelarla a nadie, de un modo similar a esos deseos que crees que van a cumplirse al apagar de un soplo las velas del cumpleaños. Con su discreción habitual, Mariano ha recomendado a todo el mundo la gastronomía gallega, un motivo tan espiritual y tan terraplanista como cualquiera de los suyos. Cuenta la leyenda que, unos cuantos siglos atrás, un peregrino alemán que no tenía hijos llegó a Compostela cruzando media Europa a pie para pedir al apóstol que su esposa se quedara embarazada. Al regresar a su pueblo, un par de años después, se encontró a un bebé en el dormitorio y exclamó: "Gracias, Santiago".
En el albergue de Molinaseca, Alfredo, el hospitalero, nos preguntó nuestras razones para emprender el Camino y todos respondimos trivialidades, excepto Ignaz, quien contó una historia alucinante que nos dejó a todos boquiabiertos (es un poco larga, pero la dejé por escrito en Palos de ciego). La mía, en cambio, era más trivial: estaba intentando olvidar a una novia que no podía arrancarme del corazón ni de la cabeza. Como nos había advertido Alfredo, el Camino de Santiago suele ser un hermoso paréntesis donde aparcas los problemas que te están esperando al final solo para recogerlos de vuelta a casa. La verdad es que varios años después ni siquiera había olvidado su teléfono. Seguramente, Mariano, con su tranquilo trote atlético, podría darme una buena lección de amnesia, puesto que, mucho antes de empezar a caminar, ya no recordaba nada de la trama Gürtel, ni de su amistad con Bárcenas, ni de los sobres de dinero negro, ni de quién llevaba la contabilidad del partido, ni de quién diablos será M. Rajoy. Gracias, Santiago.
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