Opinión
En caso de duda, periodismo
Por Juan Tortosa
Periodista
Ser periodista consiste en ser testigo de lo que sucede en nombre de quienes no pueden estar en los sitios. Hay que acudir a pie de calle, ver lo que está pasando, preguntar, escuchar y contar. Te encuentras ahí en nombre de mucha gente y eso exige respeto porque tu cometido posee un componente de servicio público imprescindible para la higiene democrática. Si cuando haces ese trabajo y estás, por ejemplo, emitiendo en directo te escupen, insultan, intimidan o agreden, algo muy serio se está resquebrajando en los principios más elementales de la convivencia.
El periodismo de verdad se hace en la calle, pisando charcos, entrando en contacto con el dolor, las alegrías, las reivindicaciones. A veces, en zonas de conflicto, sabes que te juegas la vida. De hecho, nuestro oficio figura entre los primeros en el ranking de profesiones más peligrosas. Pero en zonas de conflicto. ¿Se han convertido las calles y las plazas de España en zonas de conflicto? ¿Cómo es posible que hacer un directo con una esponjilla de TVE en el micrófono, y no solo de TVE, se haya convertido en un ejercicio de riesgo?
Me pongo en el lugar de los muchos compañeros que estos días son increpados por musculados fascistas de medio pelo e imagino cómo se sienten. Por lo general son colegas con sueldos mileuristas y contratos con fechas de caducidad que mantienen la dignidad y la entereza lo mejor que pueden. Saben que han ido a cubrir hechos que tienen que ser conocidos, pero los histéricos que se les acercan, zarandean y ponen a prueba su serenidad se empeñan en que la noticia sean ellos, que solo han de ser, recordémoslo, testigos de lo que está sucediendo.
Quienes los agreden no agreden solo al periodista, atentan también contra el medio al que representan y a quienes, a través de él, quieren saber lo que está pasando. Es decir, violentan a la ciudadanía en su conjunto. “Agredir a los informadores es dinamitar la democracia”, escribía hace poco en redes José Pablo López, presidente de RTVE. Gran verdad. ¡Qué diferencia con el comportamiento de otras televisiones públicas en manos del PP como Telemadrid, convertida en altavoz del golpismo en programas como el de Antonio Naranjo, donde lo mismo un joven exaltado llama a “defender España hasta la última gota de nuestra sangre” que un militar retirado insta a desobedecer al gobierno “que sea traidor y cobarde a la patria”, frase con evidentes connotaciones golpistas que el “periodista” no solo no reconvino sino que recogió apostillando: “Esperemos que no haga falta nada de eso”.
Naranjo no es precisamente mileurista como tampoco lo es Ana Rosa Quintana ni tanto paracaidista de radio y televisión como esta última semana han recalado por los predios ceutíes profanando la esencia del oficio. Porque su objetivo no es contar lo que ven y oyen sino filtrarlo y seleccionarlo, manipularlo hasta conseguir encender aún más el ánimo ciudadano. El salario de muchos de estos predicadores sembradores de cizaña supera la suma de lo que cobran todos los que estos días se la están jugando en las calles. Esto no puede ser.
Algo muy serio se está rompiendo en el oficio periodístico. Empieza a haber miedo en las redacciones. ¿Merece la pena todo esto teniendo en cuenta la precariedad en la que muchos viven a pesar de dedicarle todo su tiempo? ¿tiene sentido jugársela por salir a la calle e informar para medios o programas que la ultraderecha ya ha anunciado se cargará, lanzallamas mediante, apenas tengan la oportunidad?
En la sesión del pasado jueves en el Congreso solo escuché a un par de portavoces solidarizarse con los informadores violentados el día anterior en las manifestaciones. Las asociaciones profesionales están empezando a reaccionar, pero ¿no es demasiado tarde, princesa? Dejaron a los Indas, a los Marhuendas campar por sus respetos durante años sin reconvenirlos jamás, hicieron la vista gorda cuando estos y tantos otros empezaron a difundir bulos sin rubor como el célebre y falso Informe PISA elaborado por la Policía para perjudicar a Podemos, permitieron que la bola de la desinformación fuera creciendo hasta hacer cada vez más difícil distinguir la verdad de la mentira… Y así, tacita a tacita, hemos llegado a la situación en la que nos encontramos en estos momentos.
¿Qué más tiene que pasar para que espabilemos? ¿Se puede hacer algo para frenar todo esto? Pues quizás empezar por no olvidar nunca una de las cosas más importantes que nos enseñaron en la facultad: en caso de duda, periodismo. Y punto.
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