Opinión
David Lynch en la Puerta del Sol
Por Pablo Crespo
Periodista musical
Escuchar últimamente a Isabel Díaz Ayuso produce una sensación muy concreta: la de haber dejado la televisión puesta a las tres de la mañana y encontrarte, medio dormido, con una película de David Lynch. No entiendes del todo qué está pasando, pero percibes perfectamente que algo terrible se cierne sobre ti.
España se rompe. La democracia agoniza. El Gobierno conspira. Madrid resiste. Hay enemigos invisibles. Fuerzas oscuras. Amenazas difusas. Traiciones múltiples. Y todo ello explicado con frases que parecen conectarse entre sí por vibración más que por lógica.
Como en Mulholland Drive, pero con menos elegancia visual y más banderas.
Lo fascinante es que las entrevistas recientes de Ayuso, especialmente algunas concedidas en las últimas semanas, ya no parecen entrevistas políticas normales. Funcionan más bien como experiencias atmosféricas.
Uno entra esperando fiscalidad, vivienda o sanidad y acaba atrapado dentro de una especie de thriller psicológico donde "España", "Madrid", "libertad", "corrupción", "traición" y "sanchismo" aparecen flotando en el aire como conceptos místicos invocados durante una sesión de espiritismo liberal.
Y, como en Twin Peaks, nadie termina de explicar del todo quién mata exactamente a quién, pero todo el mundo parece profundamente alarmado.
Hay algo genuinamente lynchiano en esa manera de construir el discurso.
Todo está siempre al borde del colapso definitivo. No existe una mañana tranquila en el universo narrativo ayusista. Cada rueda de prensa transmite la sensación de que España puede convertirse en Venezuela, Corea del Norte o Mordor antes de la hora de comer.
Después aparecen los enemigos nebulosos. "El sanchismo". "Las élites". "Los totalitarios". "Los enemigos de Madrid". Entidades abstractas que nunca terminan de adoptar una forma concreta, como Bob en Twin Peaks, pero cuya presencia maligna parece impregnar cada rincón del país.
Luego llega el lanzamiento de conceptos, unos contra otros, como imágenes inconexas de un sueño febril: libertad, cañas, dictadura, comunismo, Madrid, España, okupas, democracia, traición.
Y lo más increíble es que funciona. Porque la lógica ya no importa demasiado. Lo importante es la atmósfera.
Ayuso ha descubierto algo que David Lynch sabía desde hace décadas: la gente tolera perfectamente no entender del todo lo que está viendo mientras la sensación sea potente. La diferencia, claro, es que Lynch utilizaba esa confusión para hacer arte.
La presidenta de la Comunidad de Madrid parece utilizarla para que nadie tenga tiempo de pensar demasiado. Quizá por eso escuchar algunas de sus entrevistas recientes produce la misma sensación que entrar en la Habitación Roja de Twin Peaks: todo el mundo habla como si conociera un secreto terrorífico, pero nadie termina de explicarlo nunca. Y aun así sales inquieto.
Que, pensándolo bien, probablemente era exactamente el objetivo.
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