Opinión
"Derechos", "mujeres" y un pichón antes de volar a EEUU
Periodista y escritora
Buenos días, señora. ¿Cuál es la razón de su viaje?
—Vuelo por razones de trabajo.
Es el tipo de pregunta que una espera cuando vuela a Estados Unidos, aunque no por parte del mozo que te ordena la fila antes de facturar la maleta.
—¿Qué tipo de trabajo, señora?
Tengo ganas de decirle que no le importa, que no es algo de su incumbencia, incluso de preguntarle por qué le interesa. Sin embargo, respondo obediente y molesta.
—Voy a participar en un congreso.
El tipo es joven, menor de 30 seguro, un pichón. Pregunta sin gesto en la cara, con voz amable y a la vez estricta.
—¿Qué tipo de congreso, señora?
Esa pregunta me cambia el ánimo definitivamente. No me siento segura. Noto un temor sembrado de dictaduras que me atora la respuesta. Pero respondo.
—Un congreso internacional sobre los derechos de las mujeres.
La palabra “derechos” y la palabra “mujeres” juntas se acaban de convertir, ahí, recién salidas de mi boca, en algo subversivo. Pienso que no quiero sentir eso y también que podría tener problemas. ¿Problemas por qué?, me pregunto mientras escucho su siguiente pregunta.
—¿Derechos de las mujeres dónde, señora?
Me molesta el “señora” después de cada frase. Merece una respuesta divertida, algo así como “pues de dónde va a ser, pichón, del mundo entero”. Porque es un pichón, un ave joven cuyas preguntas no sé de dónde salen, tan rápidas y precisas.
—En mi caso, los derechos de las mujeres en el Estado español y, en general, en la Unión Europea.
Empiezo a responder con un rastro de cabreo que todavía no lo es, pero que empuja.
—¿Y cómo están esos derechos, señora?
¿Me está tomando el pelo o me lo pregunta en serio? Lo dudo verdaderamente, porque su interés parece genuino. En caso de fingirlo, lo hace bien, porque parece un interés real.
—Mal, querido, en franco retroceso.
El pichón sonríe ahora con algo que podría parecer complicidad. Se me ocurre que quizás es un joven homosexual en lucha también por sus derechos. Después pienso que va a tomar nota de mi nombre y filtrarlo a quién sabe que agentes que me impedirán la entrada a los Estados Unidos. Pienso algunas otras cosas siniestras que no contaré aquí para no acordarme.
Escribo esto desde el asiento donde espero embarcar. Siento un cabreo desconocido conmigo misma, que es un cabreo pequeño en comparación la preocupación por la rapidez con la que hemos asumido el castigo. Ay de la palabra “derechos”. Ay de la palabra “mujeres”. Ay de lo que desaparecerá.
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