Opinión
La Era de la Crueldad
Investigador científico, Incipit-CSIC
La verdad, defienden los posmodernos, no consiste en una correspondencia con la realidad, sino en algo que se crea. El filósofo Richard Rorty también era de esta opinión. Sin embargo, defender la noción de verdad como algo construido le colocaba en una situación difícil. En un mundo sin certezas ni valores absolutos ¿qué referencias nos quedan que guíen nuestro comportamiento? Si todo es relativo ¿no lo es también el daño que infligimos a otros? Ante la ausencia de referencias universales ¿no puede acaso un torturador defender sus torturas como una acción tan legítima como cualquier otra?
La respuesta de Rorty es un no rotundo. Porque para el filósofo existe algo que no es ni puede ser relativo: la crueldad. Si para Kant el pilar de la ética era el imperativo categórico (actúa de tal manera que tu comportamiento se pueda convertir en ley universal), para Rorty lo es el repudio de la crueldad.
Este principio no se corresponde con una verdad universal y metafísica ni se llega a él mediante la abstracción, sino que surge de la experiencia social, de compartir el mundo con otros seres humanos, y se cultiva a través de las relaciones que mantenemos con otros. A través de ellas aprendemos a ser perceptivos hacia el sufrimiento de los demás, lo que implica necesariamente aprender a no causarlo o reducirlo todo lo posible. Para Rorty, el rechazo de la crueldad en estos términos -prácticos, no metafísicos- es el principio básico que debería orientar una sociedad liberal.
Es importante tener en cuenta, además, que la crueldad no se reduce al daño físico, sino también moral. Humillar a otros -o permitir que se sientan humillados- es una forma de ser cruel. De hecho, Rorty nos recuerda que la crueldad empieza con el lenguaje, simplemente en la forma en que describimos a los otros -a otra etnia, a los rivales políticos o alguien que nos cae mal.
Estos días me he acordado mucho de Richard Rorty y de su máxima: “la crueldad es lo peor que podemos hacer”. Y me he acordado por lo que se ha oído y leído en los medios y las redes sociales sobre Maricarmen Abascal. Mucha gente consideró oportuno dedicarse a insultar, calumniar o difamar a una anciana de 87 años, desahuciada de la casa donde había pasado la mayor parte de su vida.
Todo lo que ha rodeado a Maricarmen rezuma crueldad: la crueldad física que supone el desahucio y la crueldad moral que es la humillación del vulnerable. Quienes participaron en el linchamiento verbal, lejos de hacerlo en privado, lo convirtieron en espectáculo público. Un alarde de ausencia de compasión.
La humillación a Maricarmen, que le acabó costando la vida, es síntoma de algo más amplio y más siniestro. Porque no es un caso aislado, sino otra prueba más de que vivimos en una nueva era, marcada por el final de la empatía.
Se suele decir que las grandes atrocidades de la historia no comienzan con un estallido irracional de violencia, sino que se fraguan poco a poco, a través del lenguaje. Es necesario deshumanizar al Otro para poder infligirle el máximo daño con la conciencia tranquila. Eso es precisamente lo que hicieron los odiadores de Maricarmen: destruirla como persona para poder justificar su sufrimiento.
Se nos olvida, sin embargo, que la deshumanización de los otros es en realidad la segunda parada en el camino hacia lo peor. La primera es deshumanizarse uno mismo -es decir, dejar de ser perceptivo hacia el sufrimiento de los demás. Que los demás no nos importen o disfrutar con sus padecimientos. Y no solo eso: sentirse orgulloso de ello.
“Maricarmen me da igual”, proclamaba Guadalupe Sánchez en un artículo de opinión en el que celebraba su desahucio. Y ahí, en esas cuatro palabras, está perfectamente resumida nuestra Era de la Crueldad.
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