Opinión
La estética de Sánchez
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Sánchez no es tanto un académico de la danza como un improvisador de oído: es idéntico a cualquier bailaor flamenco que practica sobre los posibles ritmos de los cajones antes que frente al corsé de una partitura; es el mejor ejemplo del político puro que Ortega y Gasset definió en sus textos como el capaz de flotar por la política sin muchos convencimientos ni un amarre claro al puerto de las ideologías, solo mecido por el runrún que atraviese la superficie del mar social en cada momento. El político puro de Ortega no es un hombre éticamente irreprochable, pero sí perfecto en el manejo de las estéticas: usará la que más le convenga, la más útil en cada momento para acallar su ansia occidental de supervivencia; se vestirá de derechista con los derechistas, de comunista con los comunistas, de socialdemócrata con los colegones de Europa; hará como Adolfo Suárez, paradigma de político puro patrio capaz de convencer por la mañana a los falangistas republicanos de que era de los suyos para horas más tarde reunir en su despacho a los monárquicos y hacerles creer a pies juntillas que era juancarlista desde chiquitito.
El actual presi es un poquito como Suárez y él lo sabe; estaba destinado a ser un político de derechas – fue el niño guapo del sector más liberal del PSOE – pero pegó un timonazo cuando la resaca del 15-M le hizo ver que tenía más posibilidades de presidir el país como un Mélenchon amaestrado antes que como un Obama blanquito; y ahora, ya en la presidencia y desde hace unos años, ha ido recargando con cada vez más abalorios progres su discurso para proyectarse como rompeolas contra la marea reaccionaria, aunque su falta de una verdadera ética se vea en sus costuras de político puro – por ejemplo, no ha parado de alimentar desde los medios públicos a tontitos útiles como Vito Quiles, quien aparece prácticamente a diario en todas las tertulias de RTVE como némesis forzada del Gobierno; de hecho, a veces me pregunto si cobra algún sueldo de la casa –.
La última jugada estética de Sánchez la hemos visto este fin de semana en Barcelona, donde ha congregado a lo más granado del progresismo internacional para apuntalarse como líder oficioso de todo aquello; y está bien, no me parece mal que aproveche los reflujos intestinales antiespañoles del octogenario Trump para tejer una alianza global contra el imperialismo pederasta de los Estados Unidos de Epstein, sin embargo, huele a nuevo movimiento de cintura hueco, a fin en sí mismo en lugar de a herramienta con la que pelear por algo. Mirad, algunas veces me siento el lorito de Perogrullo diciendo estas cosas, pero no se puede ser un líder político progresista sin sacar adelante legislación progresista, y Sánchez lo hace muy poco. Están muy bien estos devaneos estéticos y son utilísimos para movilizar a un progresismo cada vez más exhausto, pero deberíamos plantearnos si no está exhausto precisamente por tanto devaneo estético que no acaba en ninguna parte; si no está empachado de sorber tanta sopa sin encontrar ni una sola tajá.
Sánchez ya se ha erigido como líder simbólico del progresismo internacional y me gusta, me hace sentir orgulloso del importante papel que juega nuestro pueblo como retenedor civilizatorio, pero no debe ser un mero chivo estético que instrumentalice todo este coraje popular, sino una herramienta para trabajar en aquello para lo que le hemos construido semejante trono. En su ensayo Por cuenta propia, Chirbes decía, refiriéndose a la literatura, que la estética sin ética, moral e ideas no merecía la pena: creo que también lo podemos aplicar a la política.
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