Opinión
Para esto sirve una plaza
Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
“Tía, aquí hay una movilización tocha. Se está creando un grupo con todo un plan de arquitectura para ver cómo colocar los toldos para la lluvia. Están llegando los scouts para ayudarnos con los nudos. Esto es increíble. O sea, ¿esta sociedad utópica en la que cualquier asunto se soluciona en un minuto? Ojalá pudiéramos vivir así toda la vida.”
Desde la acampada, mi amiga María me cuenta cómo se prepara el entramado para una posible tormenta. Hemos visto esto crecer este ecosistema, que ya por censo podría ser un pueblo. Estamos fascinadas con su capacidad logística, que aumenta a la misma velocidad que su tamaño. Por cada tienda, inteligencia y brazos. Llevamos aquí desde la primera noche. Yo estaba asustada, ella ilusionada. “No va a pasar nada, ya verás. No les interesa que vuelvan a salir imágenes de la policía, ya mucho nos dieron en el desahucio”, me repetía ella cada vez que me notaba intranquila. Tardé poco en abandonar el pánico, los demás me lo pusieron fácil: pronto fuimos muchos en Sol. Tantos que incluso yo, que tiendo a la angustia, supe que, esta vez, sería imposible un desalojo.
Me lo cuenta porque las noticias me pillan fuera de la acampada. No estoy donde debo estar, sino donde tengo que estar. Es decir, en la oficina. Por eso me lo retransmite, no quiere que me pierda nada. A veces pienso que es a ella a quien más le molesta que yo tenga que rendir cuentas ante un jefe de nueve a seis. “Por las mañanas, como estamos más despejados, es cuando más se puede contribuir. Por las tardes somos tantos que es difícil hasta pasear”. Ella es autónoma, y desde el desahucio de Maricarmen ha decidido aminorar su carga de trabajo. Ya se enfrentará a las consecuencias. La acampada no le parece únicamente urgente. Le resulta, sobre todo, importante.
La agenda de mi grupo de amigas está congelada. No ha hecho falta decirlo, se ha dado por hecho. Vamos de la acampada al trabajo, del trabajo a la acampada. Todo lo demás se ha cancelado. Nos vemos en Sol, estamos todas aquí: las de siempre y las que he conocido en esta acampada. Hacía años que no tenía tanta cotidianidad con mi entorno, veo a mi gente cada día. Tampoco contaba con un punto de referencia. En cambio, ahora sé que hay un lugar donde, vaya a la hora que vaya, siempre encontraré un rostro conocido. Madre mía, he estado mucho tiempo dormida, ¿acaso no era esta la definición de “plaza”?
Por supuesto que la acampada tendrá y tiene sus limitaciones, no es cuestión de romantizarla. De hecho, otras personas con una trayectoria política más larga y profunda que la mía me lo explican. A mí y a quien quiera sentarse a pensar. Pero por ahora, para muchas que aún estamos en pañales, esto nos parece mucho más de lo que habríamos podido imaginar. Además, pese a que yo no sé mucho o, mejor dicho, sé mucho menos que otros, aquí no me siento una imbécil. Y cualquiera que haya pasado más de cinco minutos en círculos de izquierdas sabe que esto es tan milagroso como la cartografía que hay en estas calles. Aquí nadie es prescindible. Todo el mundo, de formas diversas y con distintos grados de entrega, puede colaborar. Esta acampada va de poner el cuerpo, y para que funcione se necesitan muchas mejillas. Hemos vuelto a lo tangible. Aquí hay que estar, no que repostear.
Precisamente por esto, porque no hace falta entender de estas cosas para apoyar al movimiento de vivienda, ya no me la cuela ni un tibio más sin ganas de dar la cara. Digan lo que digan, lo esencial del asunto ya lo han comprendido hasta los peces: no podemos pagarnos una casa. Y para defender que esto es injusto no hace falta un doctorado.
Cuesta creerlo, pero en el entramado cultural aún queda gente que nos quiere convencer de que esto no va con ellos. Como si las condiciones de vida de su audiencia, de la gente que les paga los conciertos o les comenta en los posts, no fuera algo a tener en cuenta. O como si sus obras (sus programas de televisión, su comedia, su música o sus reels) no hablaran, justamente, del mundo en el que vivimos. Si no lo hacen por solidaridad que lo hagan, al menos, por su imagen (que parece ser el único idioma que hablan). ¿Dónde están todos esos influencers que reconocían ser unos privilegiados cuando anunciaban en sus redes que se habían comprado una casa? ¿Dónde están todos esos escritores y cineastas que reflejan con precisión la realidad, pero son incapaces de posicionarse en ella? Ya sé que algunos andan haciendo negocios con la vivienda. Pero siguen siendo más los que callan que los que especulan, y su silencio ya resulta inasumible. La cultura y el entretenimiento no se dan en abstracto, se producen y se consumen en unas condiciones concretas. Y esas circunstancias son políticas. Hay gente que no reconoce un Zeitgest ni aunque se lo tiren a la cara. Qué digo, claro que saben ver un momento histórico; pero a ellos lo que le mola es cobrar por subir historias.
En cualquier caso, si verdaderamente no se posicionan porque no saben qué aportar a la causa, podrían venir a la acampada a aprender. Eso es lo que estamos haciendo muchas desde la última semana. Nos estamos sacando un C2 en organización y poder popular. En la plaza la gente no está, o al menos no únicamente, bailando al ritmo de la batucada. Estamos utilizando el coco. Cada día pasamos horas de charla y escucha, para llegar a soluciones viables y duraderas en el tiempo. Me pregunto si a los periodistas no les sorprende que, cada vez que le ponen un micrófono en la boca a un espontáneo que sale de su tienda, cualquier anónimo sea capaz de soltar un discurso estructurado. ¿Cómo es posible que haya tanta gente formada? ¿Debajo del plástico de las Quechua se inhala el sapo bufo de la sabiduría? Es el resultado de una escuela muy concreta, pública y sin recortes, la militancia política. Existía antes de las acampadas y, después de ellas, será aún más abultada.
Desde que esto empezó, no he dejado de descubrir. Tampoco de pensar. Ahora sé que por cada nazi que venga a increparnos seremos cinco antifascistas para defendernos. Por eso pierdo el miedo y hago una cadena humana para proteger el campamento. Quizás sí que hay algo de susto, pero en el cuerpo tengo más sensación de injusticia, y ahora eso es lo que me mueve. No sólo estoy poniéndole cara a mis vecinas, también estoy conociendo cuáles son las organizaciones que, más allá de la política institucional (y con mejor tino), cuidan los barrios. Cada día lleno de significado palabras que antes utilizaba, pero que no sabía bien qué requerían: sindicalismo, huelga, resistencia. Entre tanto puedo limpiar, cocinar, aclimatar el espacio o participar en alguna comisión… las tareas son infinitas. Aquí no sólo estamos imaginando un futuro distinto, estamos saboreando otro presente. Va a ser difícil que queramos soltarlo, ya hemos palpado otra forma de hacer las cosas.
Será difícil de olvidar, por ejemplo, que podemos habitar el centro de las ciudades. O que un país entero puede unirse, plaza a plaza, con un mismo objetivo. Por primera vez, desde que dejé mi ciudad natal para mudarme a la capital, no hay diferencias entre mis planes y los de mis amigos de Málaga. Aquí y allá, estamos haciendo lo mismo: plantar una tienda de campaña y resistir ante las inclemencias climáticas. Y para todos este escenario es nuevo. Hemos visto amanecer en el centro, y no porque hayamos vuelto trasnochados de fiesta. Es que hemos dormido aquí, aunque jamás habríamos podido pagarnos una noche en el kilómetro cero.
Mi amiga Mar, que está acampada en Málaga, me define esta experiencia como “una revelación constante”. Hace unos días, un chico le preguntó por una ferretería cercana para comprar las bridas que necesitaba el campamento. Ella respondió rotunda: “No hay”. Entonces se dio cuenta, no queda ninguna ferretería en la zona porque en el centro no vive nadie. Me reí al otro lado del teléfono, aquí nos pasa lo mismo. Ya me dirás de qué me sirve a mí un Apple Store o una tienda de souvenirs, ¿qué coño hago con eso en mi día a día? Hace tiempo que las ciudades dejaron de orientarse a la vida y viraron hacia el turismo. En el centro no hay un comercio útil a kilómetros a la redonda, porque el casco histórico es un decorado de cartón piedra para los guiris. Poco importa si las calles son operativas para quienes la habitan, esto va de si les salen rentable a quiénes las poseen. Seguimos la conversación y nos damos cuenta de una coincidencia. Las dos tenemos, en lo que ahora llamamos “nuestras plazas”, la misma tienda de maquillaje. Antes de colgar, Mar me dice con sorna: “Cada noche la miraré y pensaré en ti. En estos tiempos difíciles no compartimos la misma luna, sino el mismo Sephora”.
Yo por las noches, justo antes de dormir, cojo el sueño pensando en cómo decoraría una casa que no tengo. Sí, es bastante patético. Para esa misión podría entregarme a otras imágenes más evocadoras, como los besos de la persona que me gusta o en el sonido del mar. Pero a mí el interiorismo me relaja. Me da paz imaginarme escribiendo en una habitación sin cama. Qué delicia, contar con un dormitorio solo para el escritorio y las estanterías. Lo que viene a ser un despacho, que es una estancia que no hay en una casa como la mía, en la que reutilizamos los vasos vacíos de Nocilla para ampliar la vajilla. Sin embargo, desde esta última semana, lo que imagino al cerrar los ojos ha cambiado. Ahora me visualizo napoleónica, llegando sin miedo a la oficina para avisar de que me planto en la Huelga General. A tomar por culo.
Como en mi sueño yo mando a mi antojo, me figuro sobre una tribuna improvisada, hecha sobre la mesa del comedor. Estoy sindicalista perdida, les grito a todos mis compañeros que vayan a la huelga conmigo, que sé que ellos tampoco pueden pagar el alquiler. Me marco un discurso que ni La Pasionaria. Estoy feliz con el cine de verano que me he montado en mi cabeza, creo que por eso me quedo dormida rápido. Esa noche, en vez de soñar con los angelitos soñaré con Lenin o que sé yo. Lamentablemente, la realidad se impone. Suena el despertador y me levanto para ir al trabajo, por ahora no llamaré a filas. Pero algo de ese sueño se ha quedado conmigo. En el metro, hacinada como cada día, veo compañeros donde antes veía desconocidos. Tengo un quijotismo proletario. Los miro y pienso: “somos más, los trabajadores somos más, podemos más”. Y retomo, esta vez de pie y con la mano agarrada a la barandilla, mi fantasía. Mi versión ideal ya no es una más guapa, ni tampoco más exitosa; es una más valiente. Esto es importante. La plaza me ha cambiado, ahora lo que quiero ser es más combativa.
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