Opinión
Una "exuberancia irracional": la América de Trump

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
-Actualizado a
Desde que comenzó su presidencia a principios de año, Donald Trump ha desarrollado un programa que busca reactivar la maltrecha economía norteamericana recortando el gasto público. Se han visto afectadas por estas políticas de recortes agencias tan importantes como el Departamento de Salud y Servicios Humanos, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, la Agencia de Protección Ambiental y el mismísimo Departamento de Justicia.
Trump también trata de estimular la economía norteamericana con medidas regresivas en materia fiscal, como las contenidas en la One Big Beautiful Bill Act, la tan traída y llevada imposición de aranceles a productos extranjeros y la bajada de tipos de interés. Para desarrollar su programa, el presidente naranja presiona -con las artes de un matón- a distintos actores y organismos nacionales e internacionales y, de un modo particularmente insistente de un tiempo a esta parte, a la Reserva Federal.
La Fed fue creada en 1913 como un organismo dependiente del Departamento del Tesoro. En 1951, sin embargo, se acordó su autonomía respecto del gobierno. Concluida la Segunda Guerra Mundial, la Fed ya no tenía que enfocarse a la financiación del esfuerzo bélico y podía desarrollar una política monetaria dirigida al control de la inflación y la estabilidad de los precios y el empleo en un contexto de paz y bonanza económica. Desde entonces, la Fed actúa de forma relativamente independiente; relativamente porque tanto su presidente como los miembros de su Junta de gobierno son elegidos por el presidente de Estados Unidos y ratificados por el Senado. Su presidente actual, Jerome Powell, fue designado por Donald Trump en su anterior mandato. En los últimos meses, Trump ha hecho todo lo posible -lo que incluye la amenaza y el insulto- para que Powell aprobara una bajada de los tipos que no termina de llegar.
Desde mayo del presente año, tanto el presidente como los miembros de la Junta de Gobierno de la Fed cuentan con el respaldo adicional del Tribunal Supremo, que ha descrito a esta agencia intergubernamental como “una entidad cuasiprivada con una estructura única” cuyo presidente no podría ser destituído, a priori, por Donald Trump. En su afán por asaltar la Reserva Federal, Trump ha decidido forzar la destitución de Lisa Crook, una de las miembros de la Junta que fue designada por Barak Obama y cuyo mandato no expiraría, en condiciones normales, hasta 2038. Mientras Trump acusaba a Cook de fraude hipotecario, buscando de ese modo desacreditarla, Powell comparecía hace unos días en el simposio económico de Jackson Hole y anunciaba una más que probable bajada de los tipos en septiembre. Así se comporta históricamente la Fed, dando primero una de cal y después otra de arena sin que tal cosa resulte inconsistente o contradictoria.
Siempre y cuando la política monetaria dictada desde el organismo guarde la apariencia de independencia respecto del gobierno y siempre que las decisiones tomadas se encaminen a favorecer a los mercados, los cambios de opinión de sus mandatarios son legítimos aunque resulten criticables o excéntricos.
Nadie como Alan Greenspan, que presidió la Reserva Federal entre 1987 y 2006, encarnó de manera tan evidente este tipo de oscilaciones. Por algo fue nombrado, consecutivamente, por los presidentes Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton y George W. Bush. Tras afrontar la crisis de las punto.com a mediados de los noventa, acuñó la expresión "exhuberancia irracional" para describir el escenario en el que se fraguó. Greenspan daba cuenta del clima de descontrol y optimismo que había fomentado una especulación ajena a cualquier clase de fundamento lógico. La expresión, al margen del contexto para el que se acuñó, retrata muy bien un tiempo -el actual, cuyos cimientos se hunden justamente en las décadas de los ochenta y noventa-, en el que no solo la lógica y la razón, sino también la ética, han dejado de importar.
Greenspan cambió de parecer en más de una ocasión respecto a la regulación de los mercados financieros. Si inicialmente culpó a aquel escenario de exuberancia irracional de haber facilitado un “crecimiento desproporcionado en las oportunidades para la avaricia”, en 2014, fuera ya del cargo, afirmó que lo que originó las crisis de mediados de los noventa y la de las subprime de 2007 no fue la avaricia, sino el miedo, y aseguró que no hubiera tenido sentido limitar la libertad de mercado para hacerle frente.
Sea como fuere, a Alan Greenspan se le responsabilizó de haber desarrollado políticas monetarias que contribuyeron a incubar la crisis financiera que estalló en julio de 2007 y que se propagó globalmente con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. En octubre de ese mismo año, Greenspan acudía a una audiencia en el Congreso en la que afirmó: “he encontrado un defecto en la ideología del libre mercado”. ¡Vaya por dios!
Poca gente sabe que Alan Greenspan estudió en la prestigiosa escuela de música Juilliard y se dedicó al jazz hasta que, a finales de los años cuarenta, decidió volver a la universidad para estudiar economía. A principios de los cincuenta conoció a la escritora de origen ruso Ayn Rand, quien para entonces ya había publicado su bestseller El Manantial. Rand y Greenspan profesaban una filosofía minoritaria conocida como ”objetivismo” que hoy identificaríamos con una suerte de libertarianismo, de ultraliberalismo basado en un individualismo que la cultura norteamericana ha explotado y desarrollado como ninguna otra desde que en su Declaración de Independencia se postuló como un derecho fundamental la búsqueda de la felicidad.
Rand trabajó en los años treinta en Universal Pictures, Paramount y Metro-Goldwyn-Mayer, se hizo famosa y rica con El manantial y con La rebelión de Atlas, su libro posterior. Propugnó que la libertad verdadera radica en el egoísmo -única fuente de moral- y que toda forma de regulación del Estado en materia de economía y de servicios asistenciales equivale a colectivismo, a fanatismo criptocomunista y a intolerable imposición de la sociedad sobre el genio individual.
Greenspan y Rand fueron amigos durante décadas; lo que es meritorio por parte de ambos puesto que Ayn -excéntrica y compleja como ella sola- se jactaba de tener muy pocos amigos. Sus libros volvieron a ponerse de moda en el primer mandato de Trump, cuando pasaban de mano en mano por los despachos abiertos y los originales cubículos de los empresarios de Silicon Valley, y el propio presidente norteamericano afirmó que El manantial es uno de sus libros favoritos. Y es que Trump no es una desviación de la cultura norteamericana; es incluso algo más que una de sus formas posibles, es el propagador de un clima turbulento de egoísmo, mentiras, vulneraciones de la ley y caos en nombre de una pretendida libertad que enmascara, para el conjunto de la vida social, una forma nueva de "exuberancia irracional".
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