Opinión
Lo fácil
Por Magda Simó
Periodista y escritora
Cuando me niego a utilizar la IA, de una manera fundamentada pero bastante tozuda, me pregunto si no estaré siendo igual de intransigente que una de mis bisabuelas, la menos amable de ellas. Durante semanas, se negó a salir al salón a ver la primera tele que compró mi abuelo Marcelino en los años sesenta, totalmente contraria a aquel artilugio del demonio que, por supuesto, nadie necesitaba y que su hijo había comprado por puro derroche, con una falta absoluta de sentido común. No sabemos si su propósito era revertir esa compra o simplemente quería hacerse notar, pero como era de esperar, tras su encierro voluntario en la habitación del final del pasillo, acabó sentándose en el sofá marrón de pana y viendo programas de todo tipo. Eso sí, siempre refunfuñando para hacer notar que era en contra de su voluntad. Ahora nos hace gracia, pero en realidad no es nada tan raro: cada avance técnico o tecnológico trae consigo una corriente en contra, sobre todo si no facilita la vida de manera inmediata e indiscutible. No tenemos manera de saber si la invención de la rueda se viralizó al instante o también hubo quien prefirió cargarse las piedras a la espalda, como siempre se había hecho. En cualquier caso, le encuentro algo perversamente atávico a temer las novedades, mirarlas con el ceño fruncido y sospechar de ellas. Sin duda, ese miedo al cambio forma parte de la especie humana en general y se acentúa en algunos caracteres en particular. Me temo también que es un síntoma alarmante de vejez, pero podemos pasar de puntillas por eso.
Puede que me parezca a mi bisabuela y puede que acabe claudicando igual que ella lo hizo, pero por el momento me niego a usar la inteligencia artificial para cosas que puedo hacer yo misma. Y a la vez que escribo esto, me doy cuenta de que ese poderlo hacer por mí misma, no es la cuestión de fondo, porque no tengo problemas con que se me ayude en otras áreas. Seguramente, si lo intentara durante un tiempo suficientemente largo, también podría cambiar manualmente las marchas de mi coche. Lo hice en un tiempo muy remoto, pero si lo hago algún día motu proprio, llamen al médico porque me estará pasando algo grave. Desde que conduje por primera vez un automático, jamás he vuelto a ese infierno de resortes y manivelas. También podría picar finamente la cebolla con dos piedras o matar un pollo con las manos, supongo, pero no tengo la necesidad. El asunto no está en poderlo hacer o no, sino en una fina línea que separa lo que nos ayuda de lo que nos acomoda y nos anestesia. Todas, absolutamente todas, las innovaciones y herramientas que la humanidad ha inventado desde el Paleolítico han tenido el objetivo de agilizar el desempeño de tareas difíciles o costosas y han posibilitado la supervivencia, la agricultura y, en definitiva, nos han hecho la vida progresivamente más fácil a cada siglo.
Cada vez más y más fácil. A veces, absurdamente fácil, como los dispensadores de jabón para el fregadero que detectan la mano y sueltan el chorrito, para que no tengamos ni que presionar el émbolo. La relación entre esfuerzo y beneficio es ridículamente pequeña, en muchos casos, pero lo fácil nos vence con rapidez. En esa constante búsqueda de la facilidad en los procesos, ya no luchamos contra la imposibilidad física o material, que está resuelta, sino contra el tedio y contra el tiempo. Y justo aquí es donde reina la IA, con su velocidad para realizar tareas farragosas y que les ocuparían mucho tiempo a nuestros infrautilizados cerebros naturales. Requiere un rato largo y una atención constante revisar y depurar una lista de datos, hacer un resumen de un texto o recopilar información de diferentes fuentes en un solo documento. ¿Cómo rechazar que se haga solo en décimas de segundo? Es pura magia, maravilla y prodigio. La inversión en agua en la otra punta del mundo no la vemos y por tanto no existe.
Si lo entendemos como cualquier otra herramienta de las que ha inventado el ser humano, el planteamiento es sencillo, nos ayuda. El problema son los límites, como siempre ocurre con las innovaciones rápidas que no nos dan margen de reflexión ni análisis y para las que a menudo no tenemos capacidad de reacción. A principios del siglo XX se vendían bebidas y cremas radiactivas como elixires milagrosos, hasta que en los años 30 se conocieron los efectos cancerígenos del radio. Hoy, han tenido que pasar cosas, como que se nos vuelva difícil diferenciar una imagen o vídeo creado con IA de uno real o se vulneren derechos, para que empecemos a ser conscientes de su peligro. Es preocupante que le demos tanto crédito a lo que nos dice un algoritmo que recoge datos de aquí y de allá, y que además alimentemos al monstruo con cada petición que le hacemos, como si no hubiéramos visto suficientes películas de robots que aprenden y nos exterminan. Es demencial que dejemos en sus manos exámenes, trabajos universitarios y hasta sentencias judiciales. Todo, para evitar el esfuerzo, la inversión de tiempo. Por pura pereza, por buscar lo fácil.
Buscar lo fácil es comprensible en muchas áreas, pero en lo que no concibo su uso, y hasta me parece insultante, es en el apartado creativo, donde por lo general lo que importa es el camino y no el destino. No hay atajos, porque tampoco debería haber prisa ni urgencia y el disfrute es el proceso mismo de creación. Lo que nos da placer, nos mueve y no podemos evitar los humanos inquietos, es escribir, componer, pintar. Bordar, tejer, fundir hierros, lo que sea que nos eleve el espíritu. No es tan importante la obra terminada como su gestación. De hecho, muchas veces, cuando concluye el acto creativo lo que se siente es vacío, como de haber parido o haber vomitado, y es imperativo volver a empezar desde otro lugar. Lo fácil, en este caso, no sirve. Y si sirve, es que ya no hablamos de creación, sino de otra cosa, totalmente lícita pero muy diferente. Lo fácil, a veces, se parece mucho a lo inútil y, sí, puede que yo también me siente al borde de la cama y no salga nunca al salón a hablar con ninguna aplicación.
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