Opinión
Qué se fizo del internacionalismo
Por Pablo Batalla
Periodista
Debatimos estos días, al hilo del resultado andaluz, sobre si el único futuro de la izquierda española pasa por las fuerzas nacionalistas, regionalistas, soberanistas, identitarias de un modo u otro de un terruño concreto; fuerzas enraizadas, partidos del mollete y de las Fallas, del cocido madrileño y de la estrella roja sobreimpresa a banderas de naciones sin Estado. Y es muy posible que sea así. Hace un siglo se hablaba de las grandes «cuestiones»: la cuestión religiosa, la cuestión social, etcétera. Las grandes cuestiones de hoy son la habitacional, la climática y tal vez una vieja: la nacional. Ya desde la aparición fulgurante en 2014 de aquel Podemos que reivindicaba la resignificación de la patria, la izquierda discute si debe ser nacional española —con todos los paños calientes que se quiera— o nacional de cada nación de la nación/cárcel de naciones; qué bandera de qué colores ondear, qué himno de qué patria telúrica cantar. Y es lo que hay, pero uno echa de menos una cierta tercera posición que hoy resulta pánfila, ingenua, pero que hace un siglo no lo resultaba: el internacionalismo.
La palabra internacionalismo no ha desaparecido del diccionario, ni del habla, pero ya no significa nada real, sino el abanico de inanidades que va de la cursilería presuntuosa de los supuestos «ciudadanos del mundo» a un fetiche léxico, anacrónico, de pequeños e irrelevantes partidos comunistas que lo mantienen en su retórica, sin traducirlo en nada fehaciente. Hace un siglo, hace medio, el internacionalismo sí que fehacía. Algo nos cuenta de eso El cielo y las ruinas: guerra, fascismo y revolución en Europa (de 1914 a la guerra de España), el libro imponente que acaba de publicar Juan Andrade. Hubo un movimiento obrero genuinamente a-nacional, cuyos miembros se sentían genuinamente hermanos de sus camaradas suecos, argentinos o japoneses, genuinamente dispuestos a abolir las fronteras o, al menos, a que les importasen un pito. A reventarlas con dinamita. Con su primera, tercera o cuarta Internacional (la segunda sí fue más una yuxtaposición de izquierdas nacionales), con la cultura común que así recuerda hoy María José Capellín, militante del PCE antifranquista, que lamenta que la izquierda de hoy ya no tiene, ya no encarna «una cultura política distinta, como sí consiguió la clase obrera del siglo XIX y XX, los anarquistas, los socialistas. Una manera diferente de subir a la montaña, de hacer excursiones, de leer, de hacer teatro, una cultura que era internacional. Nosotros lo vivimos muchas veces. Con los latinoamericanos no digamos, pero también cuando conocías a unos suecos de izquierdas, o suizos o alemanes o… Conocíamos la misma música, teníamos como referentes a los mismos escritores, las mismas políticas… Había una comunidad internacional de conocimiento, de estilos de vida, etcétera, muy creada, muy clara. Ahora eso se ha roto».
Rosa Luxemburgo no tenía patria, y millones de comunistas tampoco la tenían. Otros sí: la tradición comunista son muchos hilos rojos, y también aquel desde el que Pasionaria clamaba, durante nuestra guerra, que en las trincheras de la República combatían los hijos de Numancia, Covadonga y el Dos de Mayo, luchando contra nuevos invasores de España; o las querencias federales y plurinacionales de Pi y Margall o el POUM. Las dos son tradiciones y posiciones legítimas. Lo es el deseo de una nación española enrojecida y revolucionaria y lo es el querer su desmembramiento cordial bajo la luz de cien estrellas rojas de cinco puntas. Pero uno echa de menos humildemente aquella tercera opción. Y si no existe, habrá que encogerse de hombros y elegir una de las dos otras, sin hacerse mala sangre ni sumirse en la melancolía: la política, decía Cánovas del Castillo y en eso tenía razón, «es el arte de aplicar en cada época de la historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible». La justicia social bien vale una ikurriña, una estelada, una asturina y un Más Madrid, mas algunos seguiremos suspirando por aquella Internacional cuyos partidos nacionales no se llamaban así, sino federaciones del universo.
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