Opinión
Galgo: ese animal que nos hace mejores

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
Por mi edad y por mi origen geográfico y rural, he de confesar que en la cultura de la que procedo, lo habitual era matar perros. Tan común en relación a la vida del pueblo y a las faenas del campo, que jamás hubo conciencia de hacer algo malo. Perros y gatos.
Los niños de entonces, criados en la negrura del franquismo como yo, en la aridez esteparia de la meseta castellana, también en Extremadura y Andalucía, crecimos viendo a esos perros, mayoritariamente galgos, colgados de las encinas y los olivos. Ahorcados. Ahorcados cuando ya no valían, cuando habían perdido la utilidad para la caza, cuando sobraban, cuando habían hecho una faena como comerse una gallina o tirarse a un vecino, cuando estaban enfermos o eran demasiado viejos.
Esqueletos penduleantes que se mecían por efecto de la calima y el viento solano que entorvisca la mente y enloquece a sus pobladores, rosario de costillares, ristra de cadáveres sin otro asidero al mundo que una cuerda que va de la rama a su oblongo cuello. Muestra de un salvajismo patrio, natural para sus gentes, de una España en blanco y negro, pobre y miserable, que no percibíamos como tal, pues en nuestra simpleza e ignorancia no sabíamos que, ahí afuera, existía un mundo en color. Jarrapellejos, La familia de Pascual Duarte, Los santos inocentes.
Se los ahorcaba por no gastar un cartucho. Un simple cartucho para una muerte más rápida y "menos" cruel. Se los tiraba a un pozo para evitarte el paseo al olivar y ahorrarte esa cuerda negra que llamaban pita. Un empujón a un pozo hondo y verdoso por pura comodidad. O por diversión, por echarse unas risas, igual que en el pueblo vecino lanzaban una cabra desde el campanario.
A los jóvenes que leáis esto os extrañará, incluso os pondrá el vello de punta ante tal monstruosidad; pero a mis coetáneos, lo que cuento, les parecerá algo repetido y nada original, ordinario. Pero tengo que contarlo para acabar con esa perniciosa nostalgia que denuesta y reniega de todo lo actual, pregonando, torpe y subjetivamente hasta el aburrimiento y la saciedad, que "cualquier tiempo pasado fue mejor". También esa otra, tan en boga, que defiende que todas las tradiciones son buenas, por inhumanas y aberrantes que sean.
Probablemente a alguno de ellos su padre le mandó deshacerse de la camada recién parida de perros o de gatos. Meterlos en un saco y, provisto de un pequeño azadón, enterrarlos vivos. O ahogarlos en una tinaja, en un barreño de zinc. O despeñarlos por una garganta. Suerte si el viejo accedía a tu súplica y te permitía dejar un cachorro, solo uno, al que enseguida ponías su boca en la teta de la madre, en un intento vano, con tantos pezones vacíos y desaprovechados, de calmar su lastimero llanto.
Recuerdo el día que mi amigo Chaparro me pidió que lo acompañara a deshacerse de la Massiel. Una perra pachona, blanca y con manchas negras, muy buena cazadora, leal y cariñosa como ninguna otra, pero que, según el padre, se había convertido en un estorbo al quedar su pata delantera atrapada en un cepo, no rindiendo ya ni el pan que se comía. Se llamaba Massiel por la cantante. Un nombre que le había puesto la madre, como homenaje a su victoria en el festival de Eurovisión del año 1968. La, la, la. Un gesto de cariño de los rudos hombres de la época: dejar que sus mujeres bautizaran a sus perras con los nombres que salían en la tele o en las revistas: Massiel, Karina, Sofía, Fabiola… Unas reinas de la canción, otras reinas con corona.
A la Massiel, aunque era muy curiosa, le costó apoyar sus patas, sobre todo la derecha, cuya pezuña rota colgaba del aire como la de un pelele de trapo, en el brocal del pozo. Alto y ancho, de piedra. Más albercón que pozo. Por eso Chaparro la ayudó a subir, colocándola en el brocal. Mientras ella le daba lametones en la cara y olisqueaba el verdín húmedo de la piedra moviendo el rabo. Entonces se volvió hacia mí y me dijo: "Como eres mi mejor amigo, te dejo que la tires".
Desde entonces, una de las peores pesadillas que anda persiguiéndome a la noche durante toda mi vida, es la imagen de la Massiel nadando en círculo, con su mano rota, resbalando de la pared de rebaba, chillando, ni siquiera ladrando, en un hipido de angustia y terror. Escalofriante. Lanzando al alto, a nosotros, su mirada de súplica. Su mirada de incomprensión, más que de rencor, pues tal sentimiento no cabe en el corazón noble y leal de un perro. Fiel hasta la muerte, pensando que habría caído por accidente. Y ya exánime, agotada, hundirse para siempre en las aguas turbias de ovas y cieno donde culebrean las anguilas y las almas de los suicidas.
Lo que habría que estudiar un día –sería una buena tesis doctoral para psicólogos y psiquiatras –son las secuelas sobre nuestra salud mental de aquellos execrables actos. A Chaparro le perdí la pista hace medio siglo, pero no me extrañaría que se hubiera convertido en un psicópata, dando con sus huesos en la cárcel, en un manicomio, o, como esos perros, en el fondo de otro pozo o de un barranco.
Recuerdo a mi tío Ernesto, que me llevaba de caza con el macho perdiz, sacar su navaja cabritera del macuto, mientras yo le sostenía la jaula cubierta por la sayuela, y cortar la cuerda que sujetaba el esqueleto del galgo ahorcado. El sonido del tableteo de huesos –¡tlas, tlas, tlas!– al caer y el polvo blanquecino, como una nube, que levantaba el osario al desplomarse contra esa tierra ruin, tan poco generosa con sus habitantes. Calcárea y ruin.
Por no regodearme en el sadismo, no hablaré de los galgos abandonados, errantes, famélicos, cojos, hambrientos, apedreados, tuertos al clavarse a la carrera un sarmiento de vid, llenos de sarna, mataduras y garrapatas. Encadenados, enjaulados o atados a la trasera del remolque del tractor. Deambulando por ese secarral inhóspito que en verano te mata de calor y en invierno te hiela. La piel y la sangre. También la conciencia. Abandonados a su suerte en caminos y carreteras, a decenas de kilómetros, aunque, fieles a sus amos, siempre acaben regresando. ¿Existe un animal más grácil y bello que el galgo? Por no molestar ni romper la placidez reinante, ni siquiera ladran.
Para el que piense que lo relatado hasta aquí es hijo de su tiempo, de las necesidades, costumbres y obligaciones de cada cultura y época, le diremos que en Egipto, hace 5.000 años, el galgo era un animal venerado. Divino. Tan elegante, veloz y estilizado. Su pecho corpulento, sus patas de alambre, su pelaje barcino o atigrado, negro, barquillo, canela, berrendo o pío. Su figura alargada, casi inmaterial, un esbozo horizontal de tiralíneas, cabalgando sin apenas rozar el suelo por la llanura infinita, cual gacela de este Kalahari hispano. Perro de reyes y faraones. Perro que los romanos representan en sus denarios, perros que protegen leyes y fueros en la Edad Media penalizando su hurto y su maltrato, galgos persiguiendo a la liebre por los barbechos del Renacimiento, "rocín flaco y galgo corredor" de don Quijote de la Mancha. Delicados y esbeltos galgos afganos paseando por la playa en la novela de Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros.
Es verdad que corren tiempos convulsos y complicados. Oscuros, muy oscuros. Días de incertidumbre y miedo, al poner patas arriba, al arrojar sobre los albañales del muladar de la historia, los valores de nuestra civilización. Y que cada mañana, al levantarte, debes hacer un esfuerzo ímprobo para combatir la tiniebla y el pesimismo. Respirar hondo y buscar a tu alrededor algún signo de esperanza. Algún motivo. Una señal, como la que acabo de encontrar hoy, en mi paseo matinal, en la mirada de un perro.
Caminaba por una calle cualquiera de la gran ciudad y al pasar junto al escaparate de una peluquería, acostado en su mullida cama, tal que maharajá de Jaipur, reposaba un galgo. Canela y atigrado, corbato con su marca blanca y estrecha en el pecho. Detenido un instante delante del cristal, lo he mirado fijamente. Y como si sintiera mi mirada cercana y familiar, ha girado su cabeza hacia mí, reconociéndome quizás: su hocico afilado aventando las pálidas rastrojeras de antaño, en su otra vida, su hocico húmedo, sus ojos acuáticos. Unos ojos tristes de miel en los que he visto reflejado aquel pasado tenebroso de pozos verdes y olivos mancillados.
Sus dueños, esa generación de jóvenes que tanto criticamos, son mucho mejores que nosotros. Gente sana y buena. Legal. Mejores personas y los mejores clientes de las protectoras de animales. La cara y la cruz del corazón humano: unos abandonan, otros adoptan. La dicotomía de nuestra especie, la abyección y la bondad, la podredumbre moral que nos asfixia por una lado y, en el otro extremo, la bocanada de esperanza para seguir soñando y respirando.
Los veo en las terrazas con sus galgos, caricia tras caricia, con suma delicadeza y esmero. Su arnés, su collar antiparasitario, el plato de agua fresca en el suelo para saciar la sed crónica de otros estíos nunca olvidados. Los observo caminando a la par en el parque, como dos seres hermanos. Viajando en el metro, muy pegados. En un intento de compensar y enterrar aquellos horrores. De resarcir una especie de daño sideral y planetario.
Estos jóvenes, cuidando de esos perros con tanto cariño, sacándolos de ese infierno de sufrimiento y dolor, devolviéndolos al trono del que nunca debieron bajarse, nos dan una admirable lección. De honestidad, de confianza y de amor. Una lección para demostrar que, en sus manos, el futuro aún es esperanzador.

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