Opinión
El Gordo en Ferraz
Por David Torres
Escritor
No hay déjà vu informativo más socorrido que el sorteo de la lotería. Cada navidad brotan muchedumbres alegres a la puerta de las administraciones, abrazándose unos a otros, besando los décimos y esgrimiendo botellas de cava. Cada año escribimos el mismo artículo de opinión más o menos idiota. Cada año escuchamos los mismos tópicos a los afortunados y a los no afortunados en respuesta a las mismas preguntas obvias de los telediarios: "¿Qué va a hacer usted con el dinero?" La pregunta del millón, nunca mejor dicho. Como si con el dinero se pudieran hacer muchas cosas, aparte de gastarlo. "De acuerdo, pero ¿en qué lo va a gastar?" Dan ganas de contestar al estilo de George Best: "Me gastaré un millón en mujeres y alcohol; el resto lo voy a derrochar". Nadie se atreve con una respuesta verdaderamente incómoda, revolucionaria y definitiva, digna de Bakunin o de Paulo Coelho: "Verá, primero voy a juntar un montón de billetes en el jardín y luego lo voy a quemar. Me deleitaré viendo cómo la hoguera arde y el humo se va a los cielos. El dinero no da la felicidad".
Hay cantidad de historias que avalan la veracidad del método del fuego. Willie Hurt, después de gastarse todo lo que había ganado en cocaína y en los gastos de su divorcio, terminó acusado de asesinato. Rhoda Toth tardó unos pocos años en fundirse nueve millones de euros y se fue a vivir con su marido a una chabola alimentada por la batería de un coche. Ralph Stebbings dejó de trabajar y se fue de viaje por el mundo con su esposa pero, después de muchas desventuras, intentó acuchillar al novio de una de sus hijas, acabó detenido por posesión de armas y murió de un infarto con poco más de cuarenta. En cualquiera de estos casos, convendrán conmigo en que habría sido más rápido y más sano hacer una pira con los billetes y ver el humo fluyendo hacia las nubes. De acuerdo, pero ni de lejos habría resultado tan divertido. La única historia verdaderamente trágica es la de William Post, que parece sacada de una novela de José María Mijangos: después de que le tocaran once millones, su hermano contrató un sicario para matarlo, su novia lo demandó y sus demás familiares, rondándolo como buitres, lo enredaron para que financiara unos cuantos negocios inverosímiles que lo arruinaron enseguida. Mijangos en estado puro.
De manera que los trabajadores del PSOE en Ferraz que se quedaron sin participaciones del Gordo navideño no saben la suerte que han tenido. Podían haberse hecho millonarios y caer en una espiral de vicio, alcoholismo y deudas que habría desembocado con sus huesos en prisión, como borrachuzos ingleses o banqueros españoles. Podían haber terminado como Michael Carroll, que se alicató la mano de oro, compró cuatro casas en Gran Bretaña, una en España, dos Mercedes, dos BMW y medio equipo de fútbol de los Glasgow Rangers; fue condenado a nueve meses de prisión por una pelea y acabó encontrando la felicidad trabajando en una fábrica de galletas. Podían haber acabado como Miguel Blesa, a quien le tocó la lotería de hacerse amigo de Aznar durante unas oposiciones y luego le cayó la presidencia de Caja Madrid en una pedrea. Podían haber acabado como Carlos Fabra, que se fabricó un aeropuerto para fardar con los nietos y para que cagaran encima las palomas, y cuando el New York Times le puso como ejemplo supremo del despilfarro que ha hundido a España en la mierda, comentó: "Me la trae al pairo el New York Times". Fabra tenía tanta potra que el año que más dinero ganaba era cuando no le tocaba la lotería. A pesar de estos y otros impresionantes ejemplos de virtud, algunos de los trabajadores del PSOE no se conforman con su buena suerte y van a pedir reclamaciones. No se descarta que la gestora medie en el conflicto.
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