Opinión
Grok, ¿es eso cierto?
Periodista
-Actualizado a
Algunas veces me asomo al feed de X y me siento como Adrien Brody paseando por las ruinas de Varsovia en la peli de El Pianista. La desolación domina el paisaje. Todo lo que un día fue Twitter, con sus píldoras de humor y de ingenio, se ha ido convirtiendo poco a poco en un tremedal de odio y fake news. No es que las redes sociales de antaño fueran un paraíso erudito, un edén del saber estar o una arcadia de fraternidad digital. Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, pero el sentimiento de degradación es inevitable. El ciberoptimismo de otros tiempos se ha revelado como una triste ilusión óptica.
Desde que X aliñó su red social con una inteligencia artificial de marca propia, el desastre ha tomado tintes de tragedia. Grok echó a andar como una suerte de asistente virtual que aspiraba a competir codo con codo con otros chatbots de la misma naturaleza. Cabía entender la maniobra en el contexto de la pugna personal que libran Elon Musk y Sam Altman. Tras haber abandonado OpenAI, el magnate sudafricano encontró en el ideario de la alt-right un punto de ventaja competitiva ante ChatGPT. Grok se anunció así como un modelo con una “vena rebelde” frente a otras IAs “entrenadas para ser políticamente correctas”.
En fechas recientes, Elon Musk ha difundido una especie de test de Turing que mide la “wokidad” de las IAs. Frente a otros chatbots supuestamente wokes como ChatGPT o Gemini, Grok avala la deportación de extranjeros sin papeles y se apoya en estudios truchos para vincular a la población negra con un cociente intelectual más bajo. “Solo Grok dice la verdad”. La misma palabrería sirvió para justificar el nacimiento de la Grokipedia, remedo ultra de lo que Musk llama “Wokipedia”. Por si la Fox o 4chan no fueran suficientes, los neoconservadores han encontrado un nuevo soporte de verosimilitud para su alucinación colectiva.
Soy Adrien Brody. Paseo por las avenidas ruinosas de X levantando mucho los pies para no tropezar con los bulos. Un perfil verificado sabe de buena tinta que Irán ha demolido la mansión de Netanyahu. Para demostrarlo, adjunta unas imágenes que corresponden a un incendio en Nueva Jersey. Otro perfil muestra una ráfaga de misiles iraníes sobre el cielo nocturno de Tel Aviv. En realidad, es una fiesta deportiva celebrada en Argel y los misiles son fuegos artificiales. Las noticias falsas, casi siempre bien monetizadas, acumulan un jugoso botín de visualizaciones y de likes. Los desmentidos, en cambio, se hacen invisibles entre los cascotes.
“La supuesta invencibilidad israelí se desmorona”, dice otro perfil que apesta a timo de la estampita. En el vídeo, un misil iraní impacta contra un bloque de edificios en medio de un gran ruido de demolición. “Grok, ¿es esto cierto?”, pregunta alguien. Ni hablar, responde Grok, en realidad se trata de una mascletá de las Fallas de València. Los usuarios muy pronto advierten que el juguete de Musk desbarra, tal vez despistado porque un protagonista del vídeo porta un logo visible de Balenciaga. Si Grok miente, el vídeo debe de ser real. El problema es que las imágenes corresponden a misiles israelíes dirigidos en 2024 contra Beirut.
“Todo es mentira”, dice el programa de Risto Mejide, que el otro día entrevistaba a Javier Hernández para conocer la vida de un profesor español en una universidad de Teherán. O más bien para tratar de confirmar algunos sesgos. “¿Pueden asistir las mujeres a tu clase?”. El docente responde que la mayoría de sus alumnos son mujeres. “Por supuesto, tienen que acudir con velo”, afirma Mejide. Hernández explica que pueden verse en internet fotografías de sus alumnas sin velo, así que el presentador lo despide con cajas destempladas. “Antes de inventarte algo, deberías comprobar que no podemos comprobarlo en directo”.
¿Por qué deberíamos escuchar a un profesor que trabaja sobre el terreno si podemos dar rienda suelta a los propios prejuicios desde la comodidad de unos estudios en Fuencarral? Algunos internautas han recuperado un reportaje reciente de Caminante Rojo donde aparecen mujeres sin hiyab por las calles de Teherán. Tal vez deberíamos preguntarle a Grok si el vídeo en cuestión es real o si corresponde, yo qué sé, a la tomatina de Bunyol o a los sanfermines. Otra posibilidad un poco menos perezosa consiste en recabar fuentes fiables y asumir la amplia gama de grises: la aplicación de los códigos de vestimenta se ha relajado pero el aparato coercitivo sigue vigente.
Pongamos que Iker Jiménez, nuestro espiritista de cabecera, contacta en directo con Laura de Chiclana para que nos cuente cómo está la vaina en las calles de Tel Aviv. La reportera, micrófono en mano, comete la osadía de explicar que no todo el mundo en Israel está en condiciones de protegerse de los ataques aéreos. Es decir, que los árabes no tienen el mismo acceso a los refugios. De pronto, Carmen Porter lee un mensaje de la “comunidad judía” que enmienda la plana a la profesional de prensa. “Orgulloso de colaborar con Iker Jiménez y Carmen Porter”, tuiteaba el empresario argentino Martín Varsavsky para que todo el mundo supiera a qué intereses debemos el apaño.
Por suerte, en Israel no hacen falta esta clase de rectificaciones porque Netanyahu ha instituido su propio Ministerio de la Verdad. Cuenta Marc Campdelacreu, corresponsal de TVE en Jerusalén, que el Departamento Militar de Censura de Israel ha dirigido un mensaje a todos los periodistas internacionales para que conozcan los límites de sus labores informativas. Los camarógrafos tal vez no puedan grabar a voluntad las lluvias de misiles iraníes, pero siempre podemos reciclar vídeos de otros bombardeos para rentabilizarlos en X. ¿De qué sirven los testigos de una guerra si los gobiernos los censuran y las televisiones los desautorizan en directo?
Grok, ¿qué te parece este vídeo difundido por una respetabilísima cuenta verificada que muestra un edificio de Tel Aviv en llamas? Han sido los misiles iraníes, dice el chatbot, a pesar de que las imágenes corresponden a un incendio reciente en Glasgow. Parece que las herramientas de Musk fallan más que una escopeta de feria, pero en realidad cumplen con eficacia su cometido. Se trata de embarrancar el debate para que nada parezca cierto y cada cual crea lo que mejor le convenga en cada momento. Al fin y al cabo, la píldora roja siempre nos supo amarga y nadie nunca se ha hecho rico contándole al mundo sus verdades.
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