Opinión
Una guerra civil parsimoniosa

Por Miquel Ramos
Periodista
El periodista y escritor norteamericano Jeff Sharlet ha publicado un magnífico libro llamado La resaca (Capitán Swing), en el que retrata a una parte de la sociedad estadounidense en la era del trumpismo, principalmente a los seguidores del reelegido presidente y de todos los personajes que orbitan en su universo reaccionario y conspiranoico. Una obra que te sumerge a las profundidades del pensamiento guerracivilista que hace años se extiende por el país que sigue empeñado en ser ejemplo, guía y árbitro del mundo, y que, sin embargo, está siendo devorado por sus propios monstruos.
La hegemonía de los EEUU a nivel político y cultural nos ha permitido conocer más aquel mundo que muchos otros más cercanos. Sabemos mucho más lo que ocurre allí que lo que pasa en Portugal. La sensación de haber estado allí, de haber visto una película similar a lo que está sucediendo, o la de conocer en parte cómo es la vida allí es lo que ha conseguido Hollywood y tantos otros artefactos culturales que este país ha ofrecido al mundo a lo largo del último siglo como estrategia de conquista, como colonización cultural. Incluso cuando recorres sus ciudades, sus carreteras, sus paisajes, todo te resulta curiosamente familiar. Sin embargo, adentrarse en esta nueva era atravesada por el mesianismo y la fractura social de un imperio en declive debería servir como aviso para lo que se está cosechando en las democracias liberales gracias al nuevo empuje de las extremas derechas y la incompetencia o rendición de sus más factibles alternativas.
Sharlet recorrió medio país para atender algunos de los mítines de Trump. Habló con sus seguidores, entró en sus iglesias -púlpitos inseparables de la política desde hace muchos años- y certificó la radicalización y la paranoia que se había instalado, y cómo en no pocas ocasiones, se percibía una sensación prebélica, una especie de preparación para algo que algunos creen tan inevitable como necesario. Una guerra civil en ciernes tras el ensayo que supuso el asalto al Capitolio, algo que ha generado incluso mártires en la derecha y que todavía hoy justifican. Por eso Trump indultó a los condenados. Algo que sucede también en otros países donde las recetas de las extremas derechas están llegando a la cocina, donde sus temas, sus marcos, sus aliños, son ya parte inseparable del menú diario de la política y de los medios de comunicación.
Esta guerra ya se está librando en muchos escenarios, aunque no veamos trincheras físicas ni explosiones domésticas, pero sí muertos como Alex Pretti y René Good, que se encararon con agentes del ICE. Y muchos prisioneros. Los primeros, los migrantes que están siendo perseguidos, encarcelados, deportados o abandonados a su suerte, como Nurul Amin Shah Alam, de 56 años, ciego, un refugiado de Myanmar que apareció muerto tras ser detenido por una patrulla fronteriza en Búfalo. Esta violencia que todavía percibimos inocentemente como lejana ya sucede en Europa con nuestras políticas de fronteras, con nuestras cacerías policiales por perfilación racial o por la persecución de la solidaridad y del rescate humanitario. El drama es que no han tenido que venir las extremas derechas a imponerlo. Las propias democracias occidentales se han embarcado en su hoja de ruta desde hace tiempo, y eso es todavía más grave.
La violencia institucional no es ninguna novedad, ni el racismo ni la impunidad de los fascistas en el país de las armas, pero su apología, su sádica exhibición, no hace más que crecer y alimentar un odio de consecuencias inconmensurables. Solo hay que ver el vídeo de campaña de la aspirante a congresista MAGA por Misuri, Valentina Gómez, simulando la ejecución de un migrante de un tiro en la cabeza para entender lo que predica una parte de esta nueva derecha excitada y envalentonada con un líder como Donald Trump. Nada raro, cuando el mismo presidente invitó a su residencia a Kyle Rittenhouse, el ultraderechista que mató a dos antifascistas en una protesta de Black Lives Matter en Wisconsin y que luego fue absuelto. Aquí vimos a Abascal pidiendo hundir el Open Arms, y a un grupo de escuadristas que lo acompañaba atacar una protesta antifascista con porras extensibles en un mitin en Granada la pasada semana, al más puro estilo de los camisas negras mussolinianos.
Las señales que nos llegan desde los EEUU son infinitas, pero lo que subyace en todo aquello, lo que ha conseguido retratar a pequeña escala Jeff Sharlet, es tremendamente valioso para calibrar la podredumbre. Pero más allá de lo que prediquen algunos de los pastores religiosos con los que habla el autor, y lo que crean las huestes del presidente sobre las conspiraciones a las que este alude veladamente -como las de QAnon y muchas otras que alimentan su reinado y justifican sus desmanes autoritarios-, hay muchas políticas en marcha que tienen ecos aquí, y que ya están o no están tan lejos de implementarse si acabamos teniendo a sus siervos gobernando.
El documental The Librarians (Kim A. Snyder, 2025) trata sobre la censura de miles de libros en las bibliotecas estadounidenses por orden de los gobiernos republicanos de varios Estados. Libros que tratan sobre el racismo, la esclavitud, los derechos LGTBIQ+, el feminismo o las miserias del capitalismo están prohibidos en muchas bibliotecas públicas del país. Hace no tanto se puso de moda en la derecha hablar de una supuesta cultura de la cancelación que perseguía las opiniones ‘disidentes’. Los lloros de famosetes pasados de moda en prime time quejándose de que ‘ya no se puede decir nada’ ante la dictadura woke y de lo ‘políticamente correcto’ era una estrategia más del victimismo del privilegiado, del supremacismo blanco que no quería verse retratado, de la misoginia y la LGTBIfobia que se sentía incómoda cuando se criticaba. Y así se presentaron (y siguen presentándose) como víctimas de la censura y como los máximos representantes de la libertad de expresión. Como Elon Musk antes de comprar Twitter y abrir de nuevo la puerta a lo más abyecto y escorando el algoritmo más allá de la extrema derecha.
Sin embargo, han tardado poco en aplicar aquello que nunca sufrieron y que denunciaban tan vehementemente. En The Librarians, las trabajadoras de las bibliotecas son las protagonistas, porque ellas se han convertido en un enemigo público por no querer esconder los libros que la derecha pretende censurar. Aterra ver algunos de los discursos que los defensores de estas medidas profieren contra ellas, a las que acusan de promover la pedofilia y el odio contra los blancos, de alterar un orden natural, de pervertir a los más jóvenes. Esta estrategia para esconder la diversidad y negar la educación sexoafectiva a los jóvenes se ha tratado de llevar a cabo también en España, con campañas contra algunos libros, algunos talleres en los colegios, bibliotecas e institutos, poniendo bajo sospecha a profesores, formadores y activistas. Aquí lo intentó Vox en la localidad castellonense de Borriana en 2023, y Abogados Cristianos en Alfàs del Pí (Alicante) entre muchos otros sitios. El objetivo es en realidad la autocensura. Que nadie se atreva a hablar de estas cosas si no quiere verse envuelto en una polémica, en el centro de una campaña de difamación, o peor, ante un tribunal.
La conexión y coordinación de las extremas derechas a nivel global es evidente, pues quien lleva a cabo la campaña en EEUU, la organización fundamentalista Moms For Liberty, tiene estrechos vínculos con Vox y ha reconocido su papel en la persecución de libros que hablan de igualdad. Hay agendas y estrategias compartidas que hacen de avanzadilla en todo mundo y que van dejando pistas sobre el tipo de sociedad que pretenden. El Cuento de la Criada y cualquier otra distopía que hayamos visto no se aleja demasiado de lo que desearían implementar si tuviesen ocasión. De hecho, ya lo están llevando a cabo allá donde han conseguido hacerse con el poder.
No es tanto lo excéntrico y fanático de sus propuestas, y el daño que hacen cuando las implementan, es la semilla de lo que querrían presentar como inevitable. De un enfrentamiento civil necesario por la supervivencia de una civilización que no existe más allá de su cabeza pero que representa una excusa para tomar las medidas más drásticas para defenderla. Una guerra civil parsimoniosa, como subtitula Sharlet su libro, es lo que ya se cuece en medio mundo, promovida por quienes pretenden derribar los pilares humanistas de toda democracia, y hacernos creer que esta puede sobrevivir sin derechos.

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