Opinión
¿De qué hablamos cuando hablamos de ‘polarización’?

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Mientras la Fundación del Español Urgente quiere hacernos creer que la palabra del 2025 ha sido arancel, la asociación More in Common ha destacado que los temas políticos han hecho que el 14% de los españoles haya roto relaciones personales en el último año. O sea, la polarización -la auténtica palabra de 2025- se ha convertido en una preocupación social en la medida en la que fractura, irreconciliablemente, a la sociedad.
Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de polarización? La polarización, en sí misma, nace de una metáfora. Porque la única polarización que existía, a mitad del siglo XIX, era la electromagnética. Como leí en Bluesky, la polarización solo beneficia a Magneto. Son los intelectuales del siglo XX los que empiezan a usar esa palabra, de forma metafórica, para definir una sociedad orientada en dos direcciones contrapuestas y enfrentadas. De esa manera, una sociedad dividida entre ricos y pobres ya es una sociedad polarizada. Aunque, en este caso, el enfrentamiento se domestique para que los unos se beneficien de los otros. El rico necesita al pobre para que trabaje para él, y hacerle un poco más rico, y el pobre necesita al rico para recibir un salario -jamás el justo y necesario- para no morir de hambre y, en muchos casos, gastarlo en los negocios del rico. La desigualdad palpable como punto de partida de la domesticación.
Esa polarización es simplemente física. Campos magnéticos que, en perfecto funcionamiento, generan bienes y progreso. Desde una desigualdad difuminada, ojo. Pero eso no es de lo que estamos hablando ahora. No es el argumento del anuncio navideño del jamón cocido. No es la palabra mágica que dicen todos los políticos para justificar el clima de hostilidad en el que habitamos. Porque la polarización de la que estamos hablando es una mutación interesada para convertir la desigualdad en norma admitida y desactivar los valores, derechos y principios de los más vulnerables a favor de una desprejuiciada mezquindad.
Doscientas personas a la puerta de una parroquia en Badalona impidiendo que quince migrantes puedan refugiarse del frío invernal en la iglesia y dejen de estar bajo un puente de la autopista C-31, ¿es polarización? Nos harán creer que sí pero no lo es. Es gente miserable -porque no vengamos, a estas alturas, con que hay desinformación o que se trata de unos pobres vecinos manipulables: si compras las consignas del fascismo, eres fascista-, capaz de salir de su casa o su trabajo, en pleno invierno, solo para impedir que otros seres humanos, con infinitamente mucho menos que ellos, tengan un techo bajo el que guarecerse.
Hablamos de polarización siguiendo el argumentario del filósofo nazi Carl Schmitt, para quien ese enfrentamiento era saludable porque agrupaba a las personas en torno a una identidad y frente a la amenaza externa. De primero de nazismo. Para Schmitt, la amenaza eran los judíos, los comunistas, los homosexuales, los pobres, los negros, los opositores políticos, los gitanos, los polacos y todos aquellos civiles que, sin ser judíos, comunistas, homosexuales, pobres, negros, opositores políticos, gitanos y polacos, desobedecieran sus órdenes y presentasen resistencia a sus atrocidades. Y "las personas agrupadas en torno a una identidad" eran todos aquellos que comulgaban con su odio y colaboraban en la tarea de deshumanizar a la "amenaza", para hacer más natural y orgánica su destrucción.
Esa es la polarización a la que, alegremente, le dedicamos un anuncio navideño en clave de humor. Un spot en el que un tipo tiene una pesadilla en la que está de acuerdo en todo con su cuñado. Y su mujer le dice: "¿En inmigración también?", como quien dice: "¿En descuartizar niños también?". En el que Ana Rosa Quintana bromea con llamar "hijo de puta" al presidente del Gobierno. Solo le falta a ese casting un plano de Antonio García Ferreras diciendo eso de "es demasiado burdo pero vamos con ello" y victimizándose acto seguido.
Vivimos unos tiempos que nos exigen humanidad para combatir la desigualdad sistémica y no repetir los errores del pasado que tanto le gustaba a Carl Schmitt. No hay polarización posible ante seres humanos buscándose una vida mejor o ante un genocidio retransmitido en directo. No tener una opinión clara ante un acontecimiento o una noticia no es un problema hasta que esa noticia te muestra veinte mil niños palestinos asesinados por Israel. Ahí sí. Ahí, no tener una opinión clara es un problemón muy serio porque te planteas la idoneidad del asesinato de miles de personas vulnerables, y en inferioridad de condiciones, en nombre de vaya a saber usted qué razón. Y a eso, a discernir entre el bien y el mal, lo llamamos polarización.
A no respetar las opiniones ajenas, cuando esas opiniones están maceradas en odio y en desprecio hacia todas esas "amenazas", que diría Schmitt, lo llamamos polarización. Una definición interesada para colocar en los extremos del mismo segmento feminismo y machismo, igualdad y desigualdad, antirracismo y racismo, homosexualidad y homofobia, dándole carta de naturaleza al daño y crear así una ilusión de centro moderado en el que poder desactivar los avances en valores, derechos y libertades peleados históricamente en favor de un mal que opte por no asesinarte y se conforme con darte unas migajas de derechos.
No podemos naturalizar que la violencia de género es opinable. Que mis derechos, como hombre homosexual, son opinables y debatibles. Porque no se trata de anular a aquellos que creen que no existe la violencia de género sino de no volver a plantear un asunto que la sociedad ya ha debatido y, entre el bien y el mal, se recondujo hacia el bien. Si hay alguien que opina que un demogorgon saldrá de las entrañas de la Tierra en plena Nochevieja, nadie va a ir a su casa a detenerlo, encarcelarlo y torturarlo hasta que cambie de opinión. Pero lo que no tiene sentido, y acomoda la polarización, es darle cobertura mediática, de la misma manera que se le da a una noticia seria de interés general.
Que no te guste Rosalía o que creas que Pedro Sánchez debería convocar elecciones no es polarización porque la rivalidad no es dañina y no deja de legitimar al adversario, aunque no nos guste. El agonismo que defendía la filósofa Chantal Mouffe. Cuando nos dicen que por defender los Derechos Humanos estamos polarizados están haciéndole la rosca a la idea de polarización de Schmitt. Y ya sabemos cómo acabó aquello.
El anuncio del jamón tiene moraleja. Que somos de disfrutar. Y aunque tengamos que plantarnos ante lo inaceptable, "nos necesitamos como el comer". O no. Porque no necesitamos gente mala a nuestro alrededor. Necesitamos gente buena, empática, amable. Porque esas son las personas que nos echarán una mano cuando los malos decidan que somos una amenaza.

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