Opinión
Los hombres con los que se enrolla Vito Quiles
Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Cuando tenía veinte años y protegía mi miedo en el armario, no había nada que me jodiera más que la condescendencia con la que otros hombres homosexuales identificaban mi homofobia interiorizada, mi pluma, que creía encubierta, y mis dudas señalando, con cierta gracia, una evidencia que me hería profundamente.
Supongo que esa circunstancia hizo que durante muchos años me posicionase abiertamente en contra del outing, esa polémica costumbre de empujar del armario a las personas que no quieren hacer pública su orientación sexual, pensando que nadie tenía derecho a decidir el momento en el que alguien debía visibilizarse como gay, lesbiana, bi, etc.
La duda siempre ha residido en si ese respetuoso trato de favor, que cada uno decida cuándo y dónde sale del armario, era compatible con una personalidad inmunda que, desde su influencia o esfera de poder, se dedicase a violentar y ridiculizar a las personas LGTBIQ+, sustentando acciones e ideologías que llevan en su adn el odio y desprecio hacia la diversidad afectivo sexual y de género. Y fue el tiempo, las lecturas y el conocimiento lo que acabaron dándome una respuesta: no hay armario posible que esconda la indignidad de quienes, desde su parcela de poder, alimentan la represión contra las personas LGTBIQ+ o toleran las agresiones y discriminaciones cuando vienen de quien les paga.
Lo que debería escandalizar a los defensores de Quiles, y a toda esa generación de gais liberales que defienden el armario con la misma intensidad con la que defienden su propiedad privada, no es que se conozca su orientación sexual. Aquí lo terrible es tolerar a un neofascista acosador que trabaje, cada día, para dinamitar la salud democrática de nuestro país. Eso es lo verdaderamente escandaloso, venga de un hetero, un gay o una lesbiana. Porque no crean que hay muchos grados de separación entre lo que hace Vito Quiles y lo que dice Jaime de los Santos desde una tribuna parlamentaria. Ser gay no te hace mejor persona, ni menos facha, ni más empático con el que sufre. Pensé que eso ya lo teníamos claro desde lo de Rodrigo de Santos. Por eso créanme cuando les digo que no he entendido mucho el jaleo que se ha montado alrededor del tuit de Sarah Santaolalla.
Nunca entendí que algunos artistas pusieran demandas cuando un medio de comunicación contaba, o insinuaba, que eran homosexuales o habían tenido relaciones homosexuales. Como no veía descrédito, ni delito, ni falta o pecado en el hecho, no veía razón para tanta querella. Es como si mañana alguien quiere publicar que soy hetero. Desmentirlo es una pérdida de tiempo. Porque si es verdad, es verdad. Y si es mentira, desmentirlo no aporta ningún prestigio, nada beneficioso ni perjudicial, ni para mí ni para la sociedad. Recuerden cuando se rumoreaba que George Clooney era gay. Jamás lo desmintió. Porque la simple idea de hacerlo ya llevaba implícito un rechazo. Y si encima lo haces con frases casposas del tipo “me gustan las mujeres y además no poco”, que es lo que diría Torrente, pues apaga y vámonos.
Y otra cosa, que estoy cansado de repetir, ya desde antes que Sandra Barneda, Pablo Alborán y María del Monte salieran del armario: nuestra orientación sexual no es nuestra vida privada. Decir que te atraen sexualmente hombres y/o mujeres no pertenece a tu esfera privada. La sexualidad es algo inherente al ser humano, como comer o dormir. Si alguien nos preguntase si nos gusta comer sería absurdo responder que eso pertenece a nuestra vida privada. Ninguna persona heterosexual cree estar exponiendo su vida privada por decir que le gusta el género contrario. De hecho, es de lo primero que nos enteramos las personas LGTBIQ+ cuando llegamos a un trabajo nuevo. Porque los heteros no tienen ningún conflicto a la hora de manifestar, con más o menos sutileza, lo que les gusta. ¿Por qué nosotros seguimos recurriendo a la vida privada? Porque es una gran trampa para mantenernos en silencio. El silencio, otro de los materiales con los que se construye el armario.
Para todos esos que claman que Santaolalla “ha expuesto la vida privada” de Quiles, solo apuntar una cosa. Que me gusten los hombres no es mi vida privada. El nombre y los apellidos de los hombres con los que me acuesto, mi dirección, la identidad de mi pareja, lo que hago o no hago en la cama, eso sí es mi vida privada. Y eso es precisamente lo que Quiles, y todos estos aprendices de camisas pardas, vulneran diariamente, difundiendo información privada para ver si alguna vez pasa algo.
Como explica Javier Sáez en su libro Biopolítica del armario, el armario es un régimen político opresor, un dispositivo de control fabricado con miedo. El miedo que la sociedad heteropatriarcal nos inocula, desde bien pequeños, para que entendamos que todo lo que vemos es heterritorio (territorio hetero), que todo ser humano es hetero hasta que se demuestre lo contrario y que, para proteger el territorio hetero de la presencia de las disidencias, es lícito el uso de determinadas dosis de terror (heterrorismo). Ahí tiene cabida un grupo de fascistas gritando “fuera sidosos” en la plaza de Chueca, un juez no viendo homofobia en un machote que le dice a un chico que le va a volver hetero “a hostias” o un grupo de jóvenes asesinando al grito de “maricón de mierda”.
Estoy de acuerdo con Michelangelo Signorile, y con Ramón Martínez que lo citaba la semana pasada en una columna de opinión en El Salto, cuando dice que el armario no es un derecho. Uno no tiene derecho a esconderse por miedo. Uno tiene derecho a vivir sin miedo, que es diferente. Pero cuando tu miedo no es tal y simplemente es una conformidad con los modos y maneras del opresor, una comodidad que te permita salir impune cuando vengan a por nosotros, aludir al armario, como dispositivo de supervivencia, es un insulto a todos nuestros muertos.
Aunque me dé completamente igual, me hace gracia imaginar a Vito Quiles como una especie de marica de Schrödinger, una persona que, desde su supuesto armario, es gay y hetero al mismo tiempo. Sin embargo, no llego a imaginar a los tíos con los que se enrolla. Chicos a los que les pone Vito Quiles. ¿Parafilia? Lo que tengo claro es que el deseo es algo políticamente ingobernable.
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