Opinión
Hoy celebran la muerte del pequeño Aylan
Por Toni Mejías
Periodista
Tal vez muchos hayan borrado ya la imagen de su cabeza porque, aunque parezca que fue hace un siglo, solo ha pasado una década desde que la imagen del pequeño Aylan muerto en una orilla sacudió a la opinión pública y pareció generar un consenso frente al drama de las personas que huyen de sus países y se enfrentan a ese gran cementerio que es el Mediterráneo. ¿Lo recuerdan? Aquel niño con camiseta roja y pantalón azul que yacía en una playa de Turquía. Quizá la imagen le aboca a un lejano recuerdo. De indignación, de dolor, de empatía… Una reminiscencia de que el sufrimiento ajeno no nos daba igual ni mucho menos era motivo de alegría. Cierto que la clase política no hizo nada, pero la sociedad parecía más valiente, más dispuesta. No querían más casos Aylan en las costas europeas.
Han pasado casi 11 años de aquella fatídica imagen y podríamos pensar que nada ha cambiado. Lamentablemente, en este caso, sí. Hemos ido a mucho peor. No solo porque sigue existiendo la misma ruta migratoria con los mismos riesgos, donde han muerto en esta década más de 30.000 personas, con nombres y apellidos, con sueños y un futuro arrebatado, sino que los distintos gobiernos europeos, aquellos que tanto parecieron afligirse con el drama del pequeño Aylan, no han hecho absolutamente nada para cambiar el futuro de las personas que han continuado tratando de llegar a suelo europeo. Porque esos intentos no van a cesar. Porque si a tu espalda solo queda hambre y muerte, no hay mar, por grande que sea, que detenga tus ganas de salir de allí. Miento. Europa sí ha hecho algo, claro. Pagar a terceros países para que el drama migratorio lo gestionen ellos. Para que la muerte siga sucediendo pero, a ser posible, lejos de sus costas. Para que el próximo pequeño Aylan flote en las costas africanas o sea abatido antes de llegar.
Sin embargo, el mayor cambio de estos últimos dos lustros, ha sido el de la población. Hemos pasado de una sociedad indignada por la muerte de un niño a que una gran parte de la ciudadanía celebre que hayan muerto (de momento) unas 150 personas tratando de llegar a Ceuta. No solo se alegran, sino que les parecen pocas. Hubieran gritado más que el gol de Ferran Torres si el Ejército hubiera comenzado a disparar a los grupos de personas que cruzaron la frontera. No solo hablamos de casos aislados o de ultras con cabezas rapadas y pasamontañas para que no se vea que en realidad son maderos. Hablamos de familias "normales". Del vecino, del panadero, de tu familiar. De personas que en sus redes sociales tienen fotos con sus hijos, riendo o en algún viaje para "descubrirse" que están escribiendo "deberían matarlos a todos" con naturalidad. Como si estuviera en un Call of Duty y al apagar la pantalla de su móvil todo dejara de suceder.
Seguro que en algún grupo de amigos/vecinos/familiares/padresdelcole has recibido algún vídeo abiertamente racista o algún comentario. Luego esa persona saluda a tu hija, le hace carantoñas, te comenta "cómo crecen de rápido" y sigue su vida como si nada tras desearle a miles de personas que buscan un futuro mejor una muerte indigna y dolorosa. Claramente, lo que ha cambiado en esta época es que el tercer partido del parlamento español (y el primero en muchos otros parlamentos europeos) es abiertamente racista y fascista. Si la derecha española había intentado esconder, muchas veces sin éxito, su pasado autoritario y antidemocrático, la llegada de una escisión suya sin la careta puesta ha volcado el tablero político y ha hecho que la gente se pronuncie en esos términos sin vergüenza. Ser miserable ya no es algo que esconder, sino de lo que sentirse orgulloso.
No digo ni siquiera que sea una gran mayoría, aunque pocos no son. Por supuesto que existe gente buena, personas que ayudaron a los migrantes que llegaron a Ceuta, que desde la península han estado haciendo todo lo que está en su mano para, como mínimo, frenar la escalada de bulos y de odio. Pero no podemos obviar que existe una ola creciente de psicópatas que piden asesinar a otras personas, que exigen golpes de Estado, que piden fusilamientos… y lo hacen sin rubor y sin consecuencias. No solo hablo punitivas, sino de que ya no son aislados o callados. Ahora hay que tragar en la cena familiar no sé muy bien por qué o simplemente silenciar ese grupo de WhatsApp de gente con la que fuiste al colegio hace 20 años.
Desde el movimiento feminista se nos pidió a los hombres que no calláramos ante el abuso. Que dejásemos el compadreo y, por muy amigo que haya sido la otra persona, no permitamos ni el acoso ni los chistes ni los comentarios machistas. Mucho menos la agresión. Que no podemos obviar siempre algunas cosas simplemente por amistad o lazos familiares. Lo mismo debería suceder en este caso. No deberíamos seguir callando cada vez que escuchamos comentarios abiertamente fascistas en círculos cercanos. Ellos no tienen ningún pudor en expresarse en términos miserables ante el sufrimiento de miles de personas. No tengamos tampoco nosotros vergüenza de contestarles y que como mínimo duden de su autoridad. Hagamos el mundo más respirable. Volvamos a empujarlos a las cavernas de las que no deberían haber salido.
Si hace una década el pequeño Aylan sobrecogió al mundo, hoy se habría insultado al soldado que lo apartó de la orilla por no patearle una vez muerto. Habría hecho en redes sociales algún comentario tipo "subcampeones" aquel tipo que parecía majo con el que jugaste al pádel o compartiste una caña. Mientras, los que piden prioridad nacional venden el país a cachos a capital extranjero. Porque esos no molestan. Los que vienen en jet privado son bien recibidos sin importar el color de su piel. Porque en este mundo aspiracional nos creemos más cerca del que viaja en avión que del que viene en patera. Tal vez por eso odian al más pobre, para no odiarse a sí mismos. Por no asumir que están más cerca de una tabla flotando en el mar que de brindar en un reservado. Y es una mierda asumir que nunca tendrán la vida que desean. Qué menos que buscar un chivo expiatorio.
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