Opinión
IA: nada ha cambiado, todo debe cambiar
Por Álvaro San Román
Investigador en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED
La disonancia cognitiva en el mundo de la IA no es nueva, únicamente está alcanzando una intensidad que bordea la psicopatía. Desde la carta abierta en favor de una moratoria firmada por el propio Musk en 2023, hasta la carta de Dario Amodei de este mes de septiembre, en realidad nada ha cambiado. Aquellos que desarrollan e imponen mundialmente la IA, reconocen los peligros de su desarrollo e imposición y siguen pidiendo que alguien o algo les detenga, porque ellos no están dispuestos a detenerse. No nos llamemos a engaño, lo único que están dispuestos a hacer los tecnototalitarios es, como dice Amodei, a “crear una carrera hacia la excelencia”, nunca a detener la carrera, y ello porque siguen creyendo -creyentes fervorosos- que “la IA puede ser el último de una larga lista de milagros tecnológicos que han enaltecido y ennoblecido a la humanidad”. En efecto, como escribí hace apenas dos semanas, los tecnototalitarios han apostado a que la IA es la herramienta definitiva que iluminará el futuro de la especie humana, han hecho una elección por todos nosotros, habitantes del planeta, sin nosotros y a costa del planeta. Que reconozcan los peligros de la IA no significa que piensen que sea mala, su escala de valores permanece intacta: el desarrollo tecnológico y el principio de eficiencia siguen siendo el eje axial del proyecto cultural de Tecnoccidente. La IA no está y nunca estuvo en debate. Por eso todo debe cambiar.
La elección despótica de los tecno-psicópatas a emprender la carrera, y su poder para gobernarla (acelerarla, pausarla, detenerla) debe colisionar frontalmente con nuestro derecho a decidir sobre ese poder, con nuestro derecho a elegir un mundo donde los individuos podamos tomar decisiones que afecten a la vida planetaria.
Ya no se trata entonces de discutir acerca de los “usos adecuados”, porque la IA, a estas alturas debería estar más que claro, no es una herramienta. La IA, como los bebés, no viene con instrucciones, porque, como los bebés, la IA es una nueva modalidad de mundo, es un valor en torno al cual se articulan nuevas relaciones y nuevos modos de relación. Por eso la discusión del momento no es qué debemos hacer con el bebé, la discusión es si queremos al bebé, si queremos el tipo de vida que trae consigo este bebé de silicio. Y en esta discusión los interlocutores no pueden ser siempre y únicamente los “Barones de la IA”, debe ser siempre y únicamente la sociedad civil no embrutecida, tecnocrítica, informada y con el arrojo de estar a la altura del desafío de nuestro tiempo: asumir que la tecnología es el problema, y no la solución a todos nuestros problemas. Mientras optimistas y regulacionista de la IA debaten sobre el mejor modo de legislar esta tecnología, el resto dejamos de debatir sobre el hecho brutal de que ya se nos ha impuesto, dejamos de debatir si queremos y necesitamos esta tecnología, dejamos de atender al hecho brutal de que la decisión civilizatoria ya ha sido tomada sin los ciudadanos. Cuando Peter Thiel dice que el futuro es cambiar la política por tecnología sintetiza este contexto a la perfección: la tecnología gobierna, la política gestiona y administra. No hay, pues, debate, hay gestión de hechos consumados. ¿Qué les da la potestad a las élites tecno-totalitarias de dirigir el futuro civilizatorio? Creo que se dan muchas circunstancias para que pase esto, pero una de ellas es que existe un terror intelectual patológico a plantear la posibilidad de que el desarrollo tecnológico puede ser algo en sí mismo dañino. Una vez perdamos el miedo a pensar que podemos decir “no” al menos a este desarrollo tecnológico, quizás se pueda empezar a plantear seriamente la reducción drástica de soberanía de las grandes tecnológicas, y sentar la posibilidad real de la tan cacareada moratoria de la IA.
Por eso los optimistas radicales, los amantes delirantes de la IA y el desarrollo tecnológico, deben hacerse a un lado en el debate sobre la implementación de la IA, su ruido es el que ha impedido escuchar alto y claro lo que los propios tecnototalitarios nunca ocultaron, que esto es un peligro, y que por tanto la partida solo puede jugarse entre regulacionistas y abolicionistas. Aquellos que abogamos, con mayor o menor acierto, por desmantelar la IA y abrir un proceso democrático de deliberación sobre su necesidad y deseabilidad a la luz de sus impactos antropoecológicos, tenemos derecho a escuchar sin ambages las alegaciones en favor de su desarrollo y despliegue indiscriminado. Todo debe cambiar, empezando por el argumentario regulacionista, porque una creencia no justifica, ni legitima, ni demuestra nada, únicamente explica una apuesta. Del mismo modo que la creencia de un católico o un musulmán en la existencia de Dios no demuestra que este exista y que todos debamos vivir como creyentes, la creencia de Amodei y demás “Barones de la IA”, de que esta tecnología es un milagro civilizatorio, no justifica su desarrollo impositivo.
Pero a los tecnocríticos se nos acumulan los deberes… no solo debemos exigir a los Barones de la IA buenas razones - y digo razones, y no creencias y supersticiones-, sino que ahora, debemos además poder juzgarlos por poner en peligro a la humanidad y a los entornos naturales. Conocen los peligros, pero amparados en la fe milenarista en la tecnología, deciden unilateralmente, con el poder usurpado a los ciudadanos, continuar la carrera. Sin embargo, a partir de ahora, todo impacto antropoecológico (todo suicidio, todo ecocidio, todo colapso sistémico) que acontezca dentro del mundo que han delineado, podrá serles imputado. Ahora que saben lo que puede pasarnos, ahora que sabemos que saben lo que puede pasarnos, ahora que saben que sabemos que saben lo que están haciendo y lo que puede pasarnos, nada de lo que acontezca de aquí en adelante permitirá que los tecnototalitarios queden impunes. Que se cumpla esta exigencia de que comparezcan ante la sociedad civil únicamente depende de que creamos que nuestro derecho a decidir debe prevalecer sobre su derecho a imponer.
Que no nos engañen, su teatro de contrición no significa que algo haya cambiado, significa que todo debe cambiar.
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