Opinión
Intolerancia al rentismo

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Me cuenta Loren, que es profe de plástica en un instituto de Carabanchel, un suceso de indudable bochorno que hubo de protagonizar durante una velada a la que asistió en calidad de acompañante. Ha pasado un tiempo de aquello, pero su recuerdo, dice, permanece intacto. Ahora, con el firme propósito de que su experiencia pueda servir a otros, me ha pedido que haga público lo ocurrido y que, en caso de que necesitara acreditar la veracidad de su relato, contacte con su acompañada, si bien tal eventualidad se antoja remota, habida cuenta de que esta ha manifestado en no pocas ocasiones su voluntad de no volver a ver a Loren ni en pintura.
Los hechos, en cualquier caso, deformados o no por el recuerdo de Loren, habrían de situarse en el confort y el refinamiento de un piso regio del barrio de Salamanca, que, como saben, es un barrio en el que la viruta, el privilegio y la frondosidad capilar se perpetúan amontonando apellidos, propiedades y amontonándose, también, entre ellos. Fue al inicio de la velada cuando Loren pudo conocer a la anfitriona, la joven Griselda, primogénita de una próspera familia madrileña vinculada al inmobiliario, cuyo rostro, quizá por hallarse próximo a un pastel de arándanos, le pareció a Loren de una dulzura fuera de toda medida.
La larga duración de estos encuentros, cómplices y delicados en su fase más temprana, acaba propiciando la aparición y desarrollo de una amplia gama de desajustes que tienen que ver con la compostura, la dicción o el decoro de los comensales. Así lo evidenciaba la mortadela que acarreaba el prometido de la joven Griselda, que por entonces ya sonaba como responsable de inversiones de una de las principales carteras de activos inmobiliarios de su suegro, y que adoptó con Loren una actitud ciertamente acaparadora y tutorizante en lo referido al rendimiento de capitales fijos, los bienes raíces y las curvas de revalorización.
La chapa fue memorable. El carácter apocado de Loren facilitó la vía de entrada de una turra de dimensiones catastrales. Índices de ocupación, cash flow, activos líquidos, el joven prometido sumió a Loren en un desconcierto que pronto se convertiría en malestar. Sintió que su bulbo raquídeo comenzaba a contraerse por efecto de las dinámicas especulativas. Supo entonces que no había marcha atrás. Recordó lo de su intolerancia al rentismo pero ya era tarde; su estómago se había convertido en un activo tóxico que se retorcía a la espera de lo incontenible.
Y lo sacó todo, a borbotones, sin solución de continuidad. Sacó la subida de las hipotecas, las VPO a precio de oro, los agentes inmobiliarios de Tecnocasa y sus corbatas verde pistacho; sacó el cómpratelo ya, el mira la cola que hay, el si no eres tú es otro, el puja que te lo quitan; sacó también la periferia infinita, el miedo a quedarse sin nada, las casas sin gente y las gentes sin casa; sacó a Kropotkin, sacó a Lefebvre; sacó bilis y nepotismo; sacó también un pañuelito para limpiarse el boquino.
Fue atroz. Lo puso todo perdido.
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