Opinión
Iván Prado: "El payaso es una herramienta que se crea para enfrentarse al poderoso a través de la risa"
Por Toni Mejías
Periodista
-Actualizado a
Conocí a Iván Prado en el Campamento de Aida, en Belén, Palestina. Sin apenas conocerle, enseguida sentí cómo es de esas personas que te abren una puerta y todas las ventanas para que se vea la luz en aquellos lugares donde intentan imponer la oscuridad. Era una sonrisa en medio de la ruina. Sólo pudimos compartir 3 días, pero fueron más que suficientes para entender que si realmente luchamos por un mundo mejor no es por costumbre, es por convencimiento de que, tarde o temprano, venceremos.
Este gallego de zapatos grandes y nariz roja es director del Festiclown, un festival de humor solidario con 20 años de vida y de los más importantes de Europa. Ha viajado a lugares en conflicto para trasmitir su alegría y romper el silencio mediático que sufren alrededor, porque también la risa es revolucionaria.
Ya ha explicado en otras entrevistas sus sensaciones sobre los lugares que visita, así que me gustaría centrarme en hablar de defender la hegemonía de la alegría, de la solidaridad no tangible, del mundo del clown y de la cultura como arma de transformación. Porque en medio del hartazgo y la apatía, todavía hay personas como Iván que se levantan cada día pensando que vale la pena luchar.
¡Eres un payaso! Lo que para otros sería un insulto, en tu caso es una descripción. ¿Por qué crees que se utiliza como mofa y tiene una connotación negativa una profesión tan digna?
Históricamente, es una figura que ha estado vinculada a los más vulnerables y que sirve para cuestionar las estructuras sociales. De alguna manera, se persiguió esa figura y se vilipendió su nombre porque, en el fondo, la alegría es algo que le da miedo al poder, el cual funciona más a través del miedo, del terror, de la apatía y la falta de interés en la vida. Y el payaso eclosiona todo ello para encontrar la parte ridícula de nuestra sociedad. Ello ha provocado que se denueste esa figura.
Ahora que haces mención de la alegría, en el anterior disco de Los Chikos del Maiz, cuando sacamos la lista de canciones, venía “Defensa de la alegría”, una canción que hice inspirada en un poema de Mario Benedetti. Enseguida, varias personas comentaban en contra de ese título. Nos decían si nos estábamos convirtiendo en jipis, vendiéndonos al sistema, etc.
Al final, parece que la izquierda tenemos que estar siempre enfadados y llenos de odio. ¿Crees que hay que disputar la hegemonía de la alegría a la derecha y, como decía Benedetti, defenderla como una trinchera más?
Una de las cosas que yo descubrí militando en los 80 fue que las estructuras sociales de la izquierda eran, habitualmente, espacios muertos, faltos de energía. Esas consecuencias tienen que ver con la iglesia católica y el monoteísmo. Un partido, un líder, un libro, una iglesia. Eso nos lleva al concepto de sufrimiento. Parece que para ser de izquierdas tienes que estar sufriendo. Como si el placer no fuera revolucionario. Como si el entusiasmo no fuera transformador. Y es todo lo contrario. Cuando conectas con la gente que está luchando en trincheras, en barricadas o en la selva, te das cuenta de que celebra todo. Los Zapatistas son las personas que más he visto reír por cualquier cosa. Fueron hechos que me cambiaron.
Todos los líderes mundiales, o casi todos los que han triunfado en la izquierda, son gente que sabe reírse de si misma y que le gusta la risa, le gusta el chiste y pasarlo bien. Es cierto que, si estás tirando piedras a un mosso o si te están cayendo bombas, no vas a reír en ese momento. Pero hasta en Gaza 2002, mientras era bombardeada, recuerdo a los palestinos haciendo chistes sobre el sonido del helicóptero. Porque sin el sentido del humor y sin la alegría estamos perdidas. La primera pancarta o bandera es el derecho a la alegría.
Cuando estábamos en Palestina me impactó mucho tu energía. Eras el primero en despertar, el último en acostarte y eras pura fuerza todo el día. Recuerdo la conversación que tuvimos con los compañeros de Grimey en el autobús, de vuelta de Hebrón, donde ellos no estaban muy confiados en un cambio mejor y tú les contradecías. También a nosotros nos han dicho que en el último disco parecemos más cansados que esperanzados. Y la sensación de gran parte de la población en el Estado español es de hartazgo. ¿Dónde encuentras tú la energía para seguir la lucha?
Por otro lado, el hartazgo y el cansancio es normal. Es biográfico. Pasan ciclos y es normal que tengamos recaídas y ausencias de fuerza interna. El problema está en el relato, esa palabra tan de moda. Hay uno, que es el que intentan sostener socialmente, que tiene que ver con lo que emana del gobierno, las grandes instituciones financieras y las multinacionales a través de los medios de comunicación. Ese es el de la crisis, el de que España es una nación o cualquier relato que puedan contarnos desde el poder.
Pero luego tenemos nuestra vida y, en ella, somos gente sufre, que ríe, que encuentra el amor o se desenamora… Está la vida real y luego el relato del sistema. Ahí es donde estamos las personas de izquierdas intentando crear nuestro propio escenario y nuestra propia biografía política. Y ello es lo que nos conduce a la frustración. Pero tenemos que darnos cuenta de qué somos, qué hacemos, qué tenemos… Empezar a mirar hacia dentro. Darnos cuenta de que la gente del sindicato, del partido o del movimiento social están aportando su corazón, su vida y su entusiasmo y tiene ganas de hacer cosas para que todo cambie. Tenemos que mirar a aquellos que llevan años sufriendo como el pueblo palestino o saharaui y que todavía hacen cosas extraordinarias, como un festival de cine en el Sáhara.
Estamos rodeados de grandes expresiones de potencial humano. No darse cuenta de la potencia y el poder interno que tenemos, nos puede conducir a la depresión. Por ejemplo, yo siempre digo que Israel es un país tan débil que para poder existir tiene que tener cabezas nucleares, mientras que los palestinos bailan dabke y comen falafel. Cierto que a veces ponen bombas en menor medida, pero están combatiendo un ejército enorme con alegría, con creatividad y con dignidad. Los otros necesitan levantar muros, construir cárceles, matar gente… ¿Tú sabes lo cansado que tiene que ser levantar muros y matar gente? ¿Lo aburrido que tiene que ser vigilar personas en una cárcel? ¿Lo triste que tiene que ser ver cómo tortura a alguien? Es tan esquizofrénico el sistema actual que hace que los que están ganando esta batalla lo hagan a costa de perder su humanidad.
Tenemos que darnos cuenta de todo nuestro potencial, de nuestra capacidad. ¿Por qué la mayoría de los artistas y las artistas son de izquierdas? Porque es donde pasa la vida: en la creatividad, en el arte, en la cultura… Te das cuenta de que todo está vivo. Todo es expresión de vida y nosotros ponemos el foco en el muro que hay que tumbar. Pero el muro es cemento y no se va a mover. También hay que pensar que el muro hace sombra a los dos lados. Eso lo decía bien Benedetti: el torturador llega a casa y cuida a su nieto y ese señor ha partido su vida para poder ser una herramienta de opresión. Nosotros no. Tenemos nuestras depresiones y nuestros problemas, pero salimos a las calles para cambiar la cosas. Vosotros mismos. ¿Para qué sacáis otro disco?
Eso me pregunto yo… (risas)
Estamos haciendo la entrevista en la playa de El Saler, en València. Digo esto, porque una de las muchas cosas que descubrí de ti en Palestina es que ahora mismo no tienes un hogar donde volver. En esta época, donde tener una propiedad parece ser todo, llevas una vida nómada. ¿No nos dijeron que conseguir una vivienda estaba entre nuestras metas en esta vida?
Donde sea más barato (risas).
Antes hablábamos de cómo se desprestigia la profesión de payaso, pero, en cambio, buscando más información sobre ti, he visto que tienes bastantes entrevistas, muchas de ellas recientes. Incluso en este mismo medio te han entrevistado compañeros como Héctor Juanatey o Alejandro Torrús. ¿A qué crees que se debe este interés? ¿Por tu profesión? ¿Por las causas que haces visible? ¿O crees también que los medios necesitan su “espacio reivindicativo” para sentirse plurales?
Además, soy una persona que hace muchas cosas. Lo mismo estoy en un festival de música hablando para cinco mil personas que actuando con Willy Toledo y Carlos Olalla en Madrid. Todo ello genera una atención mediática, que tampoco es constante ni permanente, pero sí es cierto que entre todas las cosas que hago y que voy conociendo gente como tú (porque esta entrevista surge porque nos cruzamos en Palestina) voy teniendo cierta presencia en los medios. Menos por ser un buen payaso, me entrevistan por todo (risas).
También es necesario comunicar qué se hace. Más allá de la labor que realices aquí o en zonas de conflicto, una parte fundamental es contarlo.
Nosotros nos conocimos en Palestina, ya que fuimos allí con el Festiclown a ayudar con “nuestras armas”. Pero vivimos en una época que la mayoría de lo que se valoriza es lo material y, en cambio, lo que hicimos allí y lo que haces tú en más lugares, no se puede contabilizar. Es intangible, es capital humano. ¿Qué crees que logras aportar en esos lugares?
También tenemos un discurso político muy claro. Nosotros vamos a esos lugares a apoyar a quienes están luchando para cambiar estas situaciones. De ahí nace un hermanamiento político. Es una manera de decirle a todos los pueblos que están luchando que no están solos. Hay gente que está con vosotros y que cree que tenéis razón. Que entre todas vamos a tumbar este sistema. Que la libertad es un bien común y que no existe individualmente. No somos el principito en un puto asteroide en mitad de la nada hablando con una rosa y un zorro. Somo seres humanos que dependemos de este tejido. Este contexto político hace que conecte y refuerce esas luchas.
Además, como somos payasos y payasas y caemos más o menos bien y hacemos lo mejor posible nuestro trabajo, luego venimos y lo contamos desde otra perspectiva. No sólo hablamos de los muertos o de los niños que van descalzos por las carreteras de Grecia para llegar a Macedonia. Contamos cosas extraordinarias que nos pasan como el niño sirio que me dio sus tenis porque me vio descalzo en Idomeni. Contar esas cosas valoriza esas luchas y “desvictimiza” a esas poblaciones. Nos recuerda la capacidad que tenemos incluso en mitad del genocidio.
Para finalizar, una pregunta que me gusta hacer siempre. ¿Crees que la cultura sirve como herramienta transformadora?
Tenían un debate Vázquez Montalbán y Galeano sobre este fenómeno y recuerdo que una última frase de Montalbán que decía que el problema de la globalización es que siempre hay globalizados y globalizadores. El problema de no entender que siempre hay una estructura de poder nos lleva o, a discursos vacíos, o a ser víctimas del discurso imperante. Al final, lo más importante es sembrar muchas estructuras de debate, muchas estructuras artísticas, de creatividad, de felicidad, de encuentro y de solidaridad. Todas ellas se construyen con la cultura. Da igual la forma. Da igual que sea a través de un encuentro gastronómico y soy gallego, que si sabemos algo es de comer. De votar no, pero de comer… (risas). Hasta comer es cultura.
Siempre hemos dicho que todo es política, también podemos decir que todo es cultura. La cultura es como la utopía de la que hablaba Galeano, es inalcanzable. Nunca vamos a parar de crear, de transmitir y de tener vínculos y maneras de estar en el mundo. Nuestra labor es muy importante, tanto como creadoras como activistas, porque generamos ese espacio que la humanidad necesita para soñar de otra manera distinta. Sin ese espacio, nos vence este hormigón del sistema que, lo que quiere, es que no tengamos entusiasmo ni placer. Que seamos meros soldados de esta guerra contra la propia humanidad. Es el momento de rebelarse y lo que hacéis en Los Chikos del Maíz o hacemos en Pallasos en Rebeldía son nuestras verdaderas barricadas. Además, están de puta madre (risas).


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