Opinión
Mamdani: un municipalismo de resistencia y esperanza

Por Gerardo Pisarello
Diputado por Comuns y Profesor de Derecho Constitucional de la UB
El año pasado, la Internacional Progresista organizó en México una cumbre de congresistas panamericanos. Tuve el honor de ser invitado a participar como singular diputado de ultramar en Madrid: nieto de andaluces, republicano, orgullosamente catalán y orgullosamente latinoamericano, como me gusta presentarme.
Durante ese encuentro, tuve la oportunidad de entrar en contacto con una de las corrientes más interesantes de la política estadounidense actual: los llamados socialistas democráticos. Muchos sabíamos de dirigentes como Bernie Sanders o Alexandra Ocasio-Cortéz. Sin embargo, quedé fascinado al conocer en México a congresistas de esa corriente política con un coraje y una lucidez admirables. Me refiero a mujeres como Summer Lee, Rashida Tlaib o Ilhan Omar. Todas ellas firmemente antirracistas, feministas, musulmanas en algunos casos, y muy comprometidas, ya por ese entonces, con la candidatura del actual alcalde de Nuevo York Zohran Madmani.
Tras hablar con mis compañeras estadounidenses, entendí que la victoria de Mamdani sobre el poderoso Partido inmobiliario-financiero que manda en Wall Street resulta inexplicable sin el protagonismo del vibrante y plural tejido comunitario movilizado en ocasión de las elecciones.
Se notó de manera inequívoca en los actos de toma de posesión de Mamdani de este 1 de enero. Como bien apuntó Sanders -él mismo alcalde de Burlington durante cuatro mandatos- lo ocurrido excede lo simplemente electoral. Se explica por la fuerza de un movimiento de clase decidido a que el futuro de Nueva York pertenezca al pueblo y no a un puñado de multimillonarios.
A lo largo de su campaña, Mamdani se comprometió con un programa ambicioso de mejoras salariales y de refuerzo de los servicios públicos. Desde medidas como el congelamiento de los alquileres o el refuerzo del parque de vivienda pública, a la gratuidad del transporte en autobús o la garantía a las familias más humildes de pañales, toallitas húmedas para bebés, discos de lactancia, compresas posparto o libros.
El joven alcalde nacido en África es plenamente consciente de que estas medidas sociales exigen un mejor reparto de una riqueza obscenamente concentrada en pocas manos. Por eso, no ha querido engañar a nadie: su propósito es financiarlas subiendo impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones económicas.
Como dice Sanders, estas medidas no deberían verse como radicales. Entre otras razones, porque lo verdaderamente radical es que haya multimillonarios insumisos como el propio Trump, que se niegan a pagar impuestos y pretenden mantener los salarios de la gente trabajadora lo más bajo posible.
Precisamente por eso, Mamdani sabe que la viabilidad de su programa no depende solo ni tanto de que parezca sensato. Es más, tiene claro que generará resistencias enconadas entre magnates y especuladores, en parte de la policía o de los dueños de grandes medios. Y también en Trump, quien a pesar de alguna escenificación amable, no ha dudado en calificarlo como “un peligroso comunista”.
Esto explica, quizás, que el joven alcalde de 34 años acudiera hace poco junto a Sanders, de 84, a brindar apoyo a un piquete de huelga de trabajadores de Starbucks. Porque sabe que su programa no solo necesita ser convincente: exige la fuerza y la movilización popular, vecinal, sindical, que hizo posible su victoria en noviembre del año pasado.
Como se ha visto en estos días, el nuevo alcalde no ha intentado moderarse para apaciguar al status quo. Por el contrario, tras prestar juramento a su nuevo cargo, señaló, alto y claro: “Gobernaremos sin vergüenza ni inseguridad, sin pedir perdón por nuestras convicciones. Fui elegido como socialista democrático y me comportaré como tal. No abandonaré mis principios por miedo a ser considerado un radical”.
Estas valerosas palabras de Mamdani lo vinculan con sus más prestigiosos antecesores en el cargo, comenzando por el célebre Fiorello La Guardia, alcalde de tiempos del New Deal. Sin embargo, no evitarán que Trump y los poderes fácticos que lo rodean se lo pongan difícil. Tal vez no bombardeen Nueva York, como acaban de hacer en Venezuela. Pero el ahogo financiero, las demandas judiciales, los sabotajes, la guerra sucia mediática, no dejarán de ser utilizados por unos poderes capitalistas incapaces de tolerar que la democracia avance no ya en el terreno político sino en el económico.
No obstante, Mamdani no está solo. Son muchos los movimientos sociales y los gobiernos municipales que están actuando para proteger sus servicios públicos, o para plantar cara al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en manos de Trump.
Si estas redes municipalistas consiguen articularse con otras instancias estatales e incluso con redes internacionales de solidaridad, esta fuerza democratizadora desde abajo puede acabar siendo un antídoto eficaz a la ofensiva reaccionaria que recorre el país.
Experiencias como las de Nueva York, Chicago o Seattle, muestran que otro municipalismo es posible. De hecho, la experiencia estadounidense podría servir de inspiración a un nuevo ciclo municipalista también entre nosotros. Un ciclo que permita no solo frenar a la ultraderecha, sino desarrollar alternativas humanistas, en positivo, que hagan descarrilar su proyecto de odio y de despojo social y ambiental.
Algo de esto ocurrió ya en 2015 con las llamadas alcaldías del cambio. Y antes de ellas, con la gran ola municipalista antifranquista de 1979 o con las experiencias municipalistas republicanas de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Hoy las cosas son diferentes. Pero la propia ofensiva reaccionaria provocada por el actual capitalismo de barbarie ha creado las condiciones para que este municipalismo popular, democrático, pueda renacer.
Por eso conviene prestar atención a ese pueblo de Nueva York que, entre poemas y canciones de Bud Bunny y Steve Wonder, ha llevado por vez primera a la alcaldía de la ciudad a un joven defensor la causa palestina, firme contra la islamofobia y el antisemitismo y declaradamente socialista. Porque si las comunidades se organizan, si sus representantes son valientes y si se construyen redes sólidas para desarmar a las fuerzas reaccionarias, puede haber esperanza. Y entonces sí, el derecho al pan y a las rosas puede dejar de ser una simple consigna para convertirse en una realidad al alcance de las grandes mayorías y no solo de unos pocos privilegiados.
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