Opinión
El mejor torero, el rey
Por David Torres
Escritor
Teníamos que haber visto venir que, al abdicar en favor de su hijo Felipe, Juan Carlos renunciaba a la corona, sí, pero no al juancarlismo. No puede renunciar uno al juancarlismo, menos aún si uno es el epicentro personal del movimiento, un movimiento sísmico la mar de largo que empezó allá a finales de los setenta y que todavía anda con sus réplicas: un terremoto de medio siglo a cámara lenta que se ha llevado por delante a banqueros, magnates, guardias civiles, generales, correveidiles, secretarios, barraganas y elefantes. A fin de cuentas, el juancarlismo es una forma de vida, un rock a ritmo de pasodoble con sus muchedumbres de fans y sus grupis rubias, y Juan Carlos lo demuestra día a día dándolo todo, viviendo con el acelerador a tope y lanzándose en plancha encima de su público, seguro de que su público va a acogerlo con los brazos abiertos.
Así fue: Juan Carlos se tiró en plancha en la Maestranza de Sevilla y el ruedo entero le hizo la ola. Para planchazo gordo, el que se llevaron sus detractores -los felipistas y los republicanos, los zarzueleros y los otros- al comprobar que el juancarlismo sigue marchando a tope y tiene cuerda para rato. El emérito regresó como los viejos roqueros o los borbones que nunca mueren, cojeando un poco pero sin perder comba, flanqueado por su hija Elena y sus nietos favoritos, Froilán y Victoria Federica, sin que le importaran una mierda las críticas de unos y de otros. Volvió derecho hacia la plaza de toros, a disfrutar de una buena corrida, y dónde iba a volver si no: a los toros, a una final de fútbol, a una regata o a una cacería de patos, que para algo es borbón y emérito, coño. No iba a inaugurar una exposición de pintura o una biblioteca.
Que fuese Domingo de Resurrección en la Maestranza no era casualidad ni ironía, porque allí estaba el monarca crucificado por la deslealtad de sus súbditos, el hombre que se exilió a Abu Dabi para no dañar más la imagen de la monarquía y facilitarle el trabajo a su hijo. Olé. Resucitado una vez más, en efecto, lo mismo que en Sanxenxo durante las regatas, y resucitado por partida doble, ya que en el coso de la Maestranza resucitaba también Morante de la Puebla, quien se había retirado de los ruedos no hace ni seis meses y ha vuelto antes de que le crezca la coleta. "Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta" dice Morante de la Puebla, unas declaraciones que parecen más bien de su abuela, pero que también podía haber dicho el rey Juan Carlos.
Pocas estampas habrá más genuinamente españolas que esa foto del emérito sentado en una banqueta y rodeado por una docena de toreros -diestros casi todos ellos. A su lado, la infanta Elena daba la única nota femenina entre tanta montera, tanto tronío y tanta testosterona. La imagen desprende el mismo tufo a caspa que esos retratos de reyes, príncipes y reinas donde Goya pintaba a los borbones como si le debieran dinero. De hecho, parece una foto al óleo sacada por Goya y la prueba definitiva está en el lienzo de Carlos III que se ve al fondo, obra de Joaquín Inza, que fue contemporáneo suyo y quizá de todos nosotros. Dos siglos de retraso tiene la foto, las luces brillan todas en los trajes y el mundo por montera. Morante bordó la faena de capote, Juan Carlos la de muleta y el estoque hasta la bola. Viva España.
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