Opinión
Nuestro derecho a la nostalgia
Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
En una de las escenas centrales de La bola negra, el milagroso éxito cinematográfico que ha llevado una epopeya sobre la memoria histórica queer a lo más alto de la taquilla, la cupletista Nené Romero –en la piel de Penélope Cruz– nombra al transformista Edmond de Bries. Figura fundamental de la escena artística de los años veinte, Asensio Marsal Martínez fue la estrella más esplendorosa de su género, y son incontables las referencias en prensa a sus muchos éxitos, algunas de ellas recopiladas en el volumen Orgullo travestido, de Juan Carlos Usó. El transformismo, popularizado en la década anterior por el artista italiano Leopoldo Fregoli, alcanzó con De Bries y sus muchos émulos una popularidad efervescente en el music hall patrio.
Teatros de toda España se llenaban noche tras noche para contemplar a estos imitadores de estrellas, que causaban sensación con su capacidad para remedar los "modos femeniles" y calcar números de Raquel Meller, la Chelito, Pastora Imperio o la Fornarina con una voz tan fina y unos ademanes tan gráciles como las originales. El renombre cosechado por De Bries le permitió construir un repertorio propio, y los compositores más solicitados de la escena le hicieron cuplés a medida. Su mayor éxito fue Las tardes del Ritz, rescatado ahora por los Javis, y que lleva la firma de Álvaro Retana.
Definido por él mismo como "el escritor más guapo del mundo", Retana es una figura que se extiende por la cultura de la época en casi todos sus frentes. Popularísimo autor de novelitas de quiosco y ejemplo destacado de la llamada literatura galante, este hijo de diplomático nacido en Filipinas fue también dramaturgo, figurinista, escenógrafo, periodista, compositor y letrista. Solía advertir en el prólogo de sus obras que su intención al abordar temas como la prostitución, la homosexualidad, el consumo de drogas o la exploración de los bajos fondos no era otra que la de advertir al lector sobre los peligros del mundo moderno. Peligros que describía con alegría, con todo lujo de detalles y sin más juicio moral que ese guiño del prólogo, claramente dirigido a la censura.
La bola negra se permite una sutil licencia al poner en escena Las tardes del Ritz y Batallón de modistillas –otra composición de Retana, de cuya novela La carne de tablado está cogido el nombre de Nené Romero y su historia sobre los zapatos–, números pasados de moda para cuando llegó la guerra, y ajenos al bando sublevado a los que divierte el personaje de Penélope Cruz. La intención de Javier Calvo y Javier Ambrossi es, probablemente, sacrificar algo de rigor histórico en pos del valor de conectar al público actual con esa España que tantas libertades estrenó. Libertades cercenadas poco después, recuperadas tras décadas de represión y de resistencia, y que hoy parecen peligrar de nuevo.
Porque, aunque el Franquismo arrasó a conciencia gran parte de la creación de nuestro país para imponer la que le interesaba, hace un siglo corrían de boca en boca letras de hits como La diputada, que incluía los versos "llegó la hora del feminismo" y "¡viva el divorcio!"; o de La cocaína, que rimaba "¡quiero olvidar, quiero beber! Mi juventud ya declina, dadme a probar cocaína". Avances políticos tan importantes como el sufragio femenino o la ley de divorcio, cuestiones sociales como la lucha contra el analfabetismo o el derecho a la cultura, y desafíos a la normatividad como las primeras superestrellas del drag fueron producto de una vibrante y contestataria pulsión pública que fue inmediatamente sepultada. Una España tan fascinante como represaliada, cuyo recuerdo ha permanecido bajo siete llaves.
De entre las muchas mutilaciones que cometió la dictadura ultraderechista y que siguen palpitando, una de las más absolutas ha sido la de la nostalgia. De ella se han apropiado quienes añoran el retroceso de derechos y libertades ordenado por el Franquismo, y convierten el pasado reciente de España en un monolito que empieza en 1939 y acaba en 1975. Con las décadas anteriores al golpe de Estado militar reducidas a escenario dirigido a la barbarie, legitiman el olvido sobre lo que España fue, y sobre lo que pudo haber sido de respetarse la voluntad popular expresada en las elecciones de 1936.
Por eso, una de las más valiosas fuentes de las que disponemos para leer la coyuntura contemporánea es el aprendizaje que podemos extraer de un momento de la historia donde ya hubo revoluciones sociales que desataron una reacción furibunda. Quienes hoy crean una cultura que celebra la empatía y la diversidad, y muestra los estragos de la represión y del miedo (con La bola negra a la cabeza), son herederos directos de voces que deben ser recuperadas, difundidas e instaladas en el canon.
Hay una España sumergida bajo el ahogo del Franquismo, más allá de la nostalgia podrida que tanto predicamento tiene en los medios de comunicación, y que se limita a echar de menos que los poderosos puedan pisotear a los demás sin consecuencias. Así que es tarea de todos colaborar en el florecimiento de una memoria histórica completa, que saque a la luz esa España arrebatada. Esa donde Federico García Lorca, como imaginan los Javis, pudo terminar La bola negra. Y quizás celebrar su éxito en un music hall, envuelto en la fantasía de un espectáculo donde se ensayaban las libertades que después se extendieron más allá del brillo de los focos.
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