Opinión
La pereza para dedicarte "a eso" te convertirá en un potus seco
Periodista y escritora
Las estudiantes de periodismo son dos jóvenes despejadas y respetuosas que me miran, aunque no lo admitirían, como a una dinosauria. Así se manejan, como quien habla con una especie antigua y pesada: van con cautela, tantean antes de enunciar cada pregunta, eligen las palabras, dudan un poco, siembran silencios. Me dan ganas de soltar alguna burrada que las escandalice un poco. Es este calor nuevo y engañoso que huele a fiestas mayores y liviandades. Yo también quiero liviandades, quiero bailar y vestidos de primavera, andar descalza.
Este ha sido el invierno más largo de mi vida, pero esto no hay que tomarlo en serio porque me sucede cada año.
La entrevista ha resultado corta y amena. Hemos hablado sobre violencias. Les he explicado por qué las violencias digitales constantes te escabechan la salud mental, pero el terror llega cuando las enfrentas en la calle. Hay un día en el que te das cuenta de que un tío, o tres tíos, te siguen y son los mismos que dos días atrás. Entonces, el latigazo va de la coronilla al culo y vuelta y otra vez. Mientras les hablaba de violencias he pensado que ya podría quitarme los calcetines y desterrar la lana del armario, sacar las sandalias. Sé hacer muchas cosas a la vez. Todas sabemos. Hemos esperado el orgasmo del macho esforzado sobre nosotras mientras repasábamos la lista de la compra. Incluso hemos fingido orgasmos propios de intensidad notable haciendo exactamente lo mismo. O calculando los minutos, la guardería, el cambio en los turnos de la custodia. Qué sé yo, muchas cosas a la vez.
Lo anterior no significa que no haya puesto todo de mi parte a la hora de hablar de violencias. Significa que puedo poner todo de mi parte en varios temas a la vez.
Después de contarles lo de los tirones de pelo y lo del menisco, las estudiantes de periodismo se han quedado en silencio unos segundos que han parecido muchísimos. Siempre ocurre en ese momento. Es parecido a una liturgia de duelo, y como tal lo agradezco. Entonces ha llegado una pregunta que esta semana, por razones ajenas al periodismo, me han hecho varias veces: "¿Y qué hacemos ahora?".
Aprovecho esta tribuna que amablemente me paga Público para responderla:
Lo primero que tendríamos que hacer es organizarnos. Organizarnos contra las violencias machistas y ser muchas, muchísimas. Sin embargo, creo que hay dos pasos previos sin los cuales no podemos organizarnos de manera efectiva.
El primer "paso previo" consiste en apartarnos del foco de los violentos. Y sí, efectivamente, los violentos no son este o aquel hombre, sino todos. Los violentos es una construcción social, política, económica, cultural y simbólica. Pues apartarnos de ella. Cada una en la medida de sus posibilidades, por supuesto. Yo tengo algunas ventajas —como bisexual que renuncia a los machos— que no detallaré. Pero en fin, apartarse del patriarcado es posible y además sienta de maravilla. Eso sí, no es rápido, pero tampoco necesitamos que lo sea, ni siquiera necesitamos un apartarnos completo. Vamos dando pasos, y ya vemos.
El segundo "paso previo" es la toma de conciencia. Lo que vendría a ser el equivalente a la conciencia de clase marxista, pero aplicada al feminismo. Una vez nos hemos apartado (en la medida de lo posible) de las hostias, resulta imprescindible reconocer que hay un antagonista violento, el patriarcado, que está construido, vive y crece sobre las violencias contra nosotras. Son el enemigo. Así es, pichonas, el enemigo. Y engendra sus monstruos.
Entonces les explico a las estudiantes de periodismo que tras los dos pasos previos, podemos y debemos organizarnos. Les cuento que, si no estamos organizadas y avanzamos juntas, no podremos parar a los violentos cuando recorten nuestros derechos: sexuales y reproductivos, laborales, económicos, de movimiento, obstétricos, educativos, de voto… Les digo que lo recortarán todo. Y también que pueden callar a una o a otra, pero no a miles o millones. Que así se han conseguido todos los derechos que disfrutamos las mujeres y que ellos vienen a destrozar.
Y finalmente les digo que no esperen a los tíos, que no los tendremos al lado.
Pienso que quizás una de ellas tiene un novio que le parece un buen tipo, y que quizás incluso es un buen tipo. Entonces le cuento que los buenos tipos son capaces de permitir recortes en sus derechos laborales, nada menos que las ocho horas, a cambio de que desaparezca cualquier ayuda a la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Esto es así, y algunas todavía están turulatas mirando hacia Argentina.
Acabamos la entrevista y se despiden muy cariñosas. Las ventajas de los encuentros online es que después no hay que recoger las tazas de café o los vasos de refresco y que no se alargan innecesariamente. Un adiós escueto, y marchando.
Sentada en el salón de mi piso me veo dinosauria, y lo lamento. Querría ser una lagartija huraña al sol del Mediterráneo. En mi lagartismo, me asalta la duda de si nos prestaríamos a un recorte de derechos sencillamente por pereza, por la pereza que nos provoca organizarnos, y antes tomar conciencia, y aún antes, apartarnos. Sí, cabe esa posibilidad. De lo que se colige que o conseguimos darle la vuelta a esa idea de la pereza –llámalo desinterés, negligencia…–, o cuando queramos reaccionar, el daño ya estará hecho.
Quiero añadir algo: me sobrecoge que una de las razones para no plantar cara a las violencias machistas, racistas y fascistas sea la pereza. Es decir, que hay miles y miles y miles de personas que reconocen dichas violencias, pero rechazan organizarse. A éstas siempre les pregunto por qué. Aunque utilicen otras palabras y muchos circunloquios, lo que vienen a decir es que bastante tienen con lo que tienen, que si la casa y que si el curro, y que sólo les faltaba dedicar también horas "a eso".
Dinosauriamente visto, no dedicarte "a eso" me parece una postura solamente acertada si quieres acabar convertida en un potus. En un potus seco.
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