Opinión
Pseudoperiodistas y pseudolectores
Por Anibal Malvar
Periodista
Resulta un poco triste comprobar que, cada vez más, no solo proliferan los pseudoperiodistas, y se hacen ricos, sino también una rara especie que domina el mercado informativo y se puede calificar como de pseudolectores. Son personas que no acceden a la letra escrita en busca de ejercicio dialéctico, pensamiento y duda. Demandan certezas. Confirmaciones. Solo quieren leer aquello que no son capaces de escribir. Y, sobre todo, hay que dejar claro que no son culpables de nada.
Hace cuatro o cinco días publicaba El País un hermoso artículo del columnista Sergio del Molino. Se quejaba de que a su hijo de trece años le impusieran la lectura del Platero y yo, pero no el texto original de Juan Ramón Jiménez, sino una versión infantilizada, de esas que los editores bautizan como adaptadas. "¿Adaptada a qué?", se preguntaba el atribulado columnista. "¡Pero si es un libro infantil!".
Mi amigo Antonio Altarriba, Premio Nacional de Cómic y novelista, da clases de literatura francesa en la Universidad del País Vasco. Relataba con melancólica ironía su frustración cuando imponía una serie de lecturas, no demasiadas, a sus estudiantes. Los veinteañeros, abrumados, le preguntaban: ¿pero hay que leer los libros enteros? Aspirantes a filólogo que tienen miedo a leer un libro completo. Tan triste como un futbolista al que le aterran las pelotas. O un aviador con vértigo.
Hasta hace algo más de una década, era muy frecuente que me invitaran a dar charlas en institutos o universidades sobre mis libros y reportajes y delirios. Una de las cosas que más me molestaba era el desprecio que tenían muchos profesores hacia su propio alumnado: los chavales no leen, los chavales no estudian, a los chavales no les interesan el arte ni la literatura, son unos zopencos. Mi percepción era bien distinta. Se reían, comprendían las ironías sutiles, interactuaban con bella y salvaje espontaneidad. Carecían, eso sí, de ese absurdo respeto reverencial, casi litúrgico, hacia el autor, que sí afecta a muchos enseñantes. El respeto es la forma más absurda de acercarse a un autor o a su arte. El oficio del artista es molestar, y solo se siente completo cuando también es molestado.
Constatan los estudiosos del intelecto y la psique que los jóvenes tienen cada vez menos capacidad de comprensión lectora, comparando encuestas y trabajos de campo con los de años y décadas precedentes. Algunos expertos culpan a la banalización de los grandes medios de comunicación, a la televisión, a las redes. Quizá sea cierto. Pero tampoco observo demasiada diferencia entre los imbéciles que hoy tienen 60 años y los idiotas de 15. Le temps ne fait rien à l’affaire, quand on est con, on est con (el tiempo no tiene nada que ver en este asunto, cuando uno es gilipollas, es gilipollas), nos cantaba George Brassens.
Lo que sí avergüenza bastante es comprobar que muchos artistas, periodistas, humoristas y demás calaña infocreadora tienden a bajar el listón voluntariamente en busca de más mercado. Como si el público fuera imbécil. Al final no acaban consiguiendo más lectores ni espectadores, sino, y con suerte, esos pseudolectores de los que hablaba antes. Y aquí es donde florece esta moderna y feraz primavera de pseudoperiodistas al estilo Vito Quiles, Eduardo Inda, Ana Rosa, Iker Jiménez y demás buleros.
Entre mis amigos letraheridos hay muchos que me confiesan con poco rubor que ya jamás leen prensa. Les parece vulgar, fantasiosa, desinformativa, estupidizante. Reconocen que hay grandes trabajos y gran literatura a veces, pero resulta difícil encontrarla entre tanta vacuidad. Pues parece ser que la vacuidad es lo que más vende. El morboseo.
Perdonad el pesimismo, pero cada vez veo este mundillo más plagado de pseudoperiodistas, pseudoescritores y pseudolectores. Y no sé cuál de las tres especies me provoca más rechazo, más tristeza, más derrota.
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