Opinión
No quiero hablar de poesía con Radovan Karadzic
Investigador científico, Incipit-CSIC
Nada menos que 350 personalidades de la cultura y la política han firmado un manifiesto en apoyo de la escritora Ariana Harwicz, negacionista de los crímenes de Israel en Gaza, después de que se le retirara la invitación a participar en un festival cultural en Granada.
El manifiesto afirma que “ningún escritor debería ser excluido de un encuentro cultural por sus posiciones públicas” y que defender la libertad de expresión para los que piensan lo mismo que nosotros es “sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica”.
Queda claro, por tanto, que si alguien considera que Harwicz no debería ser invitada a eventos culturales no es que le repugne la defensa o la negación del genocidio contra los palestinos, es que no quiere debatir ideas libremente -así, en general. Tremendo hombre de paja. Expresado de esta manera, diría uno que quienes repudiamos el genocidio solo queremos reunirnos con gente de nuestra cuerda para darnos mutuamente la razón.
No puedo opinar por otras personas, pero en mi caso no tengo problema en debatir con gente que está en las antípodas de mis valores y de mis principios. Defiendo pocas líneas rojas: el negacionismo o la apología de los crímenes de lesa humanidad es una de ellas.
En realidad, el manifiesto pro-Harwicz no es tanto una defensa de la escritora, como una condena a cualquiera que considere que existen límites que nunca deberían ser traspasados: automáticamente quedamos retratados como fanáticos intransigentes frente a su amplitud de miras liberal.
Mi respuesta es que quienes defienden “la confrontación libre de ideas” sin matiz alguno demuestran no tanto una falla moral como una enorme pereza intelectual: al ser el vale todo principio absoluto, no tengo que tomar decisión alguna. Es mucho más difícil marcar límites, porque demanda un esfuerzo de reflexión: ¿dónde están esos límites? ¿por qué estos sí y aquellos no? ¿cuál es el riesgo de establecerlos? ¿cuál el no hacerlo?
Yo entiendo que puedo parecer un fanático, pero reconozco que no me apetecería debatir de literatura con Radovan Karadzic, el carnicero de Bosnia. Y eso que los poemas que escribió puede que sean sublimes. O que tenga perspectivas brillantes sobre la literatura balcánica.
Pero es que me da igual. No quiero sentarme a la mesa ni con quien perpetra un genocidio ni con quien lo justifica. Porque defender o negar un genocidio (la diferencia suele ser sutil) no es una idea, ni siquiera una opinión. Es una atrocidad.
Es más, lo que nos ofrecen los 350 intelectuales en su manifiesto es una sorprendente degradación del concepto de idea. “Idea” es la solución de los dos Estados en el conflicto Israel-Palestina, de un solo Estado no étnico o del Gran Israel. Idea es un concepto de sociedad guiada por valores religiosos o por principios laicos. Es una reflexión sobre la primacía de lo público o la eficacia de la privatización. La defensa de una limpieza étnica, insisto, no es una idea, es una atrocidad. Y como tal atrocidad, la persona que la defiende merece ser boicoteada.
Nos han hecho creer que la intolerancia ante quienes dan amparo al genocidio en Gaza es resultado de la intransigencia woke, esa moda pasajera que arrasa el mundo de la cultura. Curiosa amnesia histórica.
En la resolución 35/206 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1980, se elevaba una petición a todos los estados para que se impidieran “los intercambios culturales, académicos, deportivos y de otro tipo con Sudáfrica”. El llamamiento era también “a los escritores, artistas, músicos y otras personalidades a boicotear Sudáfrica” y urgía a todas las instituciones académicas y culturales a interrumpir los vínculos con el país del Apartheid. El boicot académico y cultural tuvo un amplísimo seguimiento. Y funcionó.
La cuestión es ¿por qué no se consideró entonces el llamamiento un signo de deriva totalitaria ni a quienes lo defendieron, enemigos de la libertad de expresión? Simplemente porque existía un consenso global sobre los límites de lo tolerable que había emanado de la experiencia terrible del fascismo. Un consenso que permitió acabar con el colonialismo y la segregación racial y amplió derechos a colectivos excluidos.
Ese consenso ha cambiado. Lo que se consideraba intolerable hace cuarenta años, hoy se percibe como materia legítima de debate: “ideas”. Precisamente porque el consenso hoy es otro, demuestran mucho más valor -más Zivilcourage- las siete personas que se manifestaron contra Harwicz (Rita Laura Segato, Lina Meruane, Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro y Ángelo Néstore) que las 350 que la defendieron.
Es necesario insistir que no somos nosotros -quienes observamos perplejos como el mundo se desliza hacia el abismo- los que hemos cambiado. Son los supuestos liberales, que han abierto la puerta a lo intolerable. Y una vez que lo intolerable habita entre nosotros, es muy difícil invitarlo a salir.
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