Opinión
La rabia de la frustración
Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Cuando veo en lo que se han convertido personas como Lucía Etxebarria o Aldo Comas uno comprende a qué se refiere Soy Una Pringada cuando dice que la falta de autoconciencia es el mayor problema de la sociedad actual.
Lo más complejo, en este universo narcisista, es tener autoconciencia de quién es uno verdaderamente. La importancia de conocer tus propios límites, de aceptar el lugar que ocupas en la sociedad y dejar de desayunar en tazas de Mr. Wonderful, de esas que te recuerdan que si lo deseas con todas tus fuerzas lo conseguirás. Porque eso, además de contraproducente, es muy 2013.
Soñar con ser una musa de la modernidad, o creerte el futuro Orson Welles, hace que, cuando la realidad te abofetea, cuando la meta se aleja, la frustración se va macerando, como una fruta sumergida en alcohol, hasta convertirse en desánimo o, lo que es peor, en rabia. A los segundos, a la rabia de los frustrados, le voy a dedicar, para que se sientan protagonistas de algo, mi columna de hoy.
La televisión actual, y las redes sociales, están plagadas de personas rabiando. Y uno, que ya tiene una edad, detecta enseguida de dónde procede esa rabia. Y cuando esa rabia viene de la frustración, de sentir que había un espacio en el mundo para ti, pero que alguien te lo ha arrebatado, que tú sí que eres buena y no el resto, acaba saliendo una maldad que ríete tú de la cúpula de las SS.
Dos ejemplos claros de lo que escribo son Lucía Etxebarria y Aldo Comas, ambos, curiosamente, trabajando para el circo destartalado de Mediaset.
Lucía Etxebarria es el ejemplo de persona a la que los medios y los premios sobredimensionaron y cuando vieron que detrás de la cortina no había nada, dejaron caer sin remordimientos. Yo, que tuve la desconcertante experiencia de trabajar con Lucía en un programa de televisión, intuí, nada más verla, que estaba ante una persona con una salud mental inestable, provocada por un ego desmedido y no tratado convenientemente. Recuerdo que el segundo día de grabación apareció con un lote de sus novelas, en edición de bolsillo, dispuesta a regalar, y firmar, una a cada persona del equipo de guion y dirección. La gente, como es educada, agradeció esa muestra de narcisismo, disfrazado de cortesía, y eligió alguna de sus novelas. Todas de esa época en la que aún no plagiaba. Que sepamos.
Con el tiempo, y tras pasar por un reality llamado Campamento de verano y de compartir vivencias y reproches con uno de Gandía Shore y una de Mujeres, Hombres y viceversa, Lucía, la que ganó el Planeta, la chica de la generación Kronen de la literatura española, se convirtió en una especie de ave de rapiña buscando la aprobación de todos aquellos perfiles en redes a los que ella consideraba que debía acercarse. Yo, cosa que no entiendo, fui una de esas personas y recibía sus mensajes comprometidos con la lucha LGTBIQ+, con las personas trans, contra la política conservadora, etc. Te daba una turra tremenda siempre que te la encontrabas en un estreno o inauguración. Con el tiempo he comprendido algo. Tener un problema de salud mental no te convierte en una mala persona. Si te comportas como una mala persona es porque lo eres. Y Lucía ha decidido comportarse así a cambio de dinero.
Su falta de autoconciencia hizo que no aceptase que no era la escritora de prestigio que algunos le prometieron, que nunca sería esa voz respetada de la sociedad progresista. Y supongo que la rabia de esa frustración la empujó a pensar que en la derecha, donde andan tan escasos de referentes culturales de peso, lo mismo encontraba su sitio. Y lo encontró. En la derecha más tránsfoba, además.
El caso de Aldo Comas es aún más fascinante porque mientras que Lucía hubo un tiempo en el que brilló, Aldo no ha brillado en su vida. Cosa rara viniendo de familia millonaria y excéntrica. Es la "pareja de" y eso le mantiene la masculinidad frágil en alerta. La mayoría de los hombres con esposa famosa y sin oficio destacado tienden a hacer de representante, o asistente, de sus mujeres. Otros prefieren aprovechar la notoriedad de su pareja para hacer negocios, casi siempre vinculados a la noche y al ocio.
El caso de Aldo es el de un tipo que cree que brilla pero es mate. Pero él, en su cabeza, brilla. Es lo malo de no tener autoconciencia. Hubo un tiempo en el que paseaba su prepotencia junto a Álex de la Iglesia. Y aunque alquilase barcos para dar fiestas -Aldo fue un Orson Salazar de AliExpress-, el director de La comunidad debió calarlo y se alejó de él a tiempo.
Comas, que se define como productor y director, tiene una trayectoria profesional, podéis buscarla en IMDb, digna de un alumno de primero de audiovisual de la academia del barrio. Sin embargo, os lo encontraréis todos los años en la ceremonia de los Goya, acompañando a su mujer, la actriz Macarena Gómez. Un expediente X sin resolver porque nunca están en la lista de invitados pero aparecen en la alfombra roja. ¿A quién conocerán en la Academia que les enchufa en el último momento? Porque a ellos no les interesa nada la ceremonia. Lo que quieren es el foco mediático. Las entrevistas a pie de alfombra. Ese lugar en el que burlarse del genocidio en Gaza o de cualquier otra reivindicación que apoye el cine español. Y él, que le hubiera encantado ser Albert Serra, se frustra al no entender que, aunque pueda ser igual de egocéntrico y antipático, no tiene su talento y eso hace que acabe lloriqueando en el podcast del nazi de Desokupa. Aunque luego, por detrás, escriba a los que ha ofendido pidiendo perdón.
Como los parásitos que viajan en la piel del rinoceronte, Aldo Comas ha intentado aprovecharse de los actores y actrices del cine y la televisión en España con la sólida esperanza de que alguno de ellos le comprase uno de los cuadros que pinta. Sí. Dice que pinta. Otro intento de ser Baskiat pero quedarse en la clase de pretecnología de primero de infantil. Y como no vende cuadros, no dirige pelis, es solo "pareja de", empapa la rabia de la frustración comportándose como una persona de mierda en la tertulia que presenta Joaquín Prat Jr.
Si hubiera más autoconciencia, el mundo sería un lugar más apacible. Porque si uno necesita sustentar su valía en el reconocimiento ajeno y lo que recibe a cambio es la constatación de su ausencia de talento, solo hay dos caminos: recoger cuerda y empezar a reconocer el lugar que ocupas en el mundo y habitarlo en paz, o negar la mayor hasta convertirte en un insolente mediático de esos que, a falta de talento, brillan por su mala educación y su entrega rastrera a lo peor del freak show.
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