Opinión
Radicalizar la apuesta ante la ola reaccionaria

Por Miquel Ramos
Periodista
Cada cita electoral previa a las elecciones generales nos confirma el tránsito de la política española por una senda que poco a poco vamos aceptando como inevitable. Los últimos comicios en diferentes comunidades autónomas (Extremadura, Aragón y Castilla y León) certifican que España no es ajena al viraje global hacia la derecha cada vez más extrema. Y que, a pesar de la excepcionalidad de nuestro gobierno central en un tablero global arrasado por las derechas, puede que sea tan solo cuestión de tiempo sucumbir nosotros también a la llegada al poder de extrema derecha.
Las últimas elecciones en Castilla y León han sido especialmente crueles, expulsando del juego a las formaciones a la izquierda del PSOE y apuntalando la crecida y estabilización de Vox, imprescindible ya para cualquier gobierno del PP. Vuelve el bipartidismo de toda la vida, pero con un PSOE desgastado por sus dos legislaturas al mando (a pesar de su crecida a costa de sus socios de la izquierda) y sometido a una campaña de acoso y derribo inmisericorde, y un PP cada vez más radicalizado y con su parásito fascista cada vez más demandante, más bien dotado económicamente, con cada vez más alianzas internacionales y cada vez más maduro.
Que Vox no haya crecido lo que algunos esperaban no implica que haya perdido nada. Más bien se consolida, se acomoda, se normaliza. En la formación ultra lo saben y no tienen prisa. Han sabido jugar bien sus cartas siendo imprescindibles para el PP, pero sin mancharse de barro en los gobiernos que han apoyado. Ahí están indemnes tras la DANA a pesar de haber apoyado al negligente gobierno valenciano sin ser parte de él. El poder de negociación desde esa posición ha sido mucho más efectivo que el que han tenido las izquierdas que apoyaron al PSOE y aceptaron gobernar en coalición. Al final, el quemazo se lo han llevado estos partidos, y el PSOE ha recogido sus cenizas como voto útil. Vox parasita al PP, le hace bailar al son de su música, centra el debate en batallas identitarias arrastrando al PP a ellas, siendo constantemente noticia y usando a ‘la derechita cobarde’ como aval a su apuesta cada vez más radical. Así acaba recogiendo el rédito sin quemarse gobernando.
Vox lleva unos cuantos meses bajo una fina lluvia de escándalos y miserias que podrían haber desgastado al partido de un modo mucho más sangrante. Los conflictos con varios hombres y mujeres fuertes del partido, como el recién expulsado Ortega Smith o el líder de la formación en Murcia, José Ángel Antelo, los conflictos con Revuelta y el dinero recaudado para los afectados por la DANA, o el matrimonio geopolítico con el proyecto trumpista, aunque esto signifique traicionar a su propio país, no le ha pasado la factura esperada. Ha salido barato, y ha demostrado que su electorado está a otra cosa, y que todo lo que desde la izquierda afeamos a menudo a los ultras, a sus votantes se la suda, porque los votan por otras cosas y les permiten tantas otras, sean o no coherentes y beneficiosas para la mayoría de sus votantes.
Hay un malestar que la izquierda sabe que existe y para el que tiene desde hace tiempo un buen diagnóstico y mejores soluciones que el programa neoliberal de la extrema derecha, pero sigue siendo incapaz de atenderlo con la fórmula adecuada. Escribían esta semana Amador Fernández Savater y Ernesto García López que una parte de la progresía entendía la derechización del malestar como ‘una especie de alucinación colectiva causada por una sobredosis de bulos y polarización en redes sociales’. Ambos autores teorizan sobre la manera de disputar el sentido de malestar que existe de manera obvia en el momento actual, y que a menudo empuja a apostar por los ultras como máxima expresión del descontento.
En este mismo sentido pivota todo el libro de Oriol Erausquin recién publicado, titulado ‘La rabia es nuestra: una emoción política en disputa’. Tanto el artículo de Fernández y García como el libro de Erausquin apuntan a la necesidad de conectar con ciertas ansiedades evidentes ante las que la izquierda no puede esconder la cabeza ni formular explicaciones complejas, por mucho que ahí radique la solvencia de sus propuestas. Pero para eso es necesario tener la habilidad suficiente como para no comprar los marcos envenenados de los reaccionarios ni instalarse en la autocomplacencia de la moralidad.
El PSOE ha entendido que la radicalización del PP le beneficia, y que agitar el fantasma de la extrema derecha como lleva haciendo desde que irrumpió Vox en la arena política, también le permite cosechar el voto útil a costa de sus socios a la izquierda. La imagen de Sánchez, y por extensión, del PSOE, se ha visto reforzada por su posición ante la política internacional, primero con el genocidio en Gaza y ahora con su desplante a Donald Trump. Mientras, los debates a la izquierda del PSOE parecen estar más centrados sobre proyectos unitarios y liderazgos, que sobre propuestas concretas y en cómo someter al PSOE a ellas, como hace Vox con el PP. Los síntomas de la enfermedad, la progresiva languidez de las formaciones que lideran este espectro no hacen más que añadir desilusión y reproches en el momento donde más se necesita ilusión y proyecto.
Aunque la normalización y la ofensiva ultraderechista debe ser advertida, no puede funcionar eternamente como espantajo para movilizar a la masa, sino que debe ser confrontada con políticas reales cuando se tiene posibilidad, y con un proyecto capaz de sobreponerse a las distopías individualistas, autoritarias e iliberales que proponen las derechas. Hay varias muestras en otros lugares de que la ola ultra no es infalible ni eterna, sino que se puede contener con buenos diques. Los resultados de La Francia Insumisa en las elecciones municipales de este domingo son una buena muestra, aunque también haya crecido allí la extrema derecha. Sin embargo, esta radicalización muestra bien la disputa por la rabia, que abandona los centros y reparte el voto protesta entre reaccionarios e izquierdistas.
Queda poco tiempo para las elecciones generales y mucho trabajo por hacer si se quiere evitar un gobierno de derechas que arrase con muchas conquistas sociales que, aunque nos parezcan muy insuficientes, su vuelta atrás con la llegada de la extrema derecha será difícil de remontar a corto plazo. Nuestra posición más revolucionaria y menos reformista no implica que desterremos el frente institucional, como tampoco avala que nos abracemos a malmenorismos y que no hagamos demasiado ruido para no molestar. Viene siendo hora ya de apretar el acelerador, de pensar en cómo capitalizar la rabia y como se pasa de la defensa a la ofensiva, en un momento en que la extrema derecha ya no es ningún factor sorpresa, sino que ha dejado numerosas pistas sobre cómo conquistar cada vez más consensos. Igual que los ultras leyeron a la izquierda, la entendieron y la combatieron con muchas de sus propias armas, hay que leer a la derecha, entenderla y desentrañar los mecanismos que han usado para conectar con esas ansiedades, esos miedos y esas necesidades que hasta hoy están sabiendo rentabilizar.
Es necesario que los partidos a la izquierda del PSOE reaccionen cuanto antes, pero más urgente es todavía fortalecer las comunidades y los espacios de socialización y agitación colectiva si se quiere radicalizar la apuesta contra la ola reaccionaria. Tan solo una apuesta radical, tanto en las calles como en las instituciones, garantizará las resistencias que nos tocará librar cuando lleguen los fascistas.

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