Opinión
Las realidades frágiles
Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
Apenas empezaba a despuntar la esperanza tras la noche en la que Trump amenazó con aniquilar a una civilización entera, cuando Israel lanzó la operación Eterna oscuridad contra el Líbano, una ofensiva que según Katz, Ministro de Defensa israelí, será una réplica exacta del Genocidio en Gaza. Desgraciadamente, nos estamos acostumbrando a que los líderes anuncien a bombo y platillo los crímenes contra la humanidad que pretenden ejecutar con total impunidad. Tras el vértigo de la amenaza primero, y el alivio después, el ataque israelí sumió a la población en un desconcierto total.
¿Había o no había un alto el fuego?
El día 8 la prensa informaba de que se había llegado a una tregua; un acuerdo provisional sobre un documento de 10 puntos presentado por Irán y enviado a Trump por el primer ministro pakistaní, que actuó como mediador. Era un punto de partida que el presidente norteamericano aceptó como "base viable para negociar". Así lo confirmaba la CNN, que celebraba el "alto el fuego", descrito por Trump como “una victoria total y completa” (entrevista en la agencia de noticias AFP).
De la otra parte, Abbas Araghchi, ministro de Exteriores de Irán, confirmaba que Washington había aceptado el marco general de la propuesta iraní y que Irán, a su vez, estaba considerando una propuesta de 15 puntos, que no se había publicado todavía. El gobierno iraní reabriría el estrecho.
Sin embargo, y aunque el primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, informó de que el alto el fuego entraría en vigor inmediatamente, el miércoles, en apenas 10 minutos, una oleada de 160 bombas dejó más de 250 muertos y cerca de 1200 heridos, hospitales saturados y cientos de personas desaparecidas bajo los escombros de la ciudad de Beirut.
Las autoridades iraníes acusaron entonces a EE.UU de "violar abierta y claramente" varias de las cláusulas acordadas, incluyendo el alto el fuego en Líbano, y señalaron que "en tal situación, un alto el fuego bilateral [solo EE.UU e Irán, sin Israel] o unas negociaciones resultan irrazonables".
Había comenzado la guerra del relato: EEUU e Israel afirmaban que Líbano no estaba en el acuerdo. Irán y Pakistán insistían en que sí lo estaba. En los días siguientes, los medios se limitaron a plantear las versiones contradictorias sin cotejarlas en ningún momento con el acuerdo de los 10 puntos, concretamente con los puntos 1 y 9, que dejaban bien claro que Líbano sí estaba incluido. Mientras las bombas seguían cayendo sin piedad sobre Beirut, en lugar de contrastar las declaraciones con los hechos, la prensa dio por sentada la existencia de un alto el fuego al que ahora calificaban como "frágil" o "precario". El mundo, que había respirado aliviado tras el anuncio de la tregua, no sabía qué creer. Una densa niebla de noticias discordantes lo envolvía y lo confundía todo.
Lo cierto es que los ataques sobre el Líbano no habían cesado en ningún momento. Y lo cierto también es que había un documento que consultar. Habría sido sencillísimo contrastar las opiniones con el documento, y los objetivos que en él se contemplan con la realidad de los hechos. Pero parece que la exigencia de verificación ha desaparecido del periodismo. No es que no exista la verdad, es que ese criterio ha dejado de ser relevante, y en su lugar se propone un contraste de versiones o relatos respecto de los cuales los medios guardan una escrupulosa "equidistancia" que presentan como "objetividad".
Podría creerse que mostrar las versiones opuestas de un hecho y situarse en el justo medio fortalece la verdad (la hace más sólida, objetiva), pero en realidad la vuelve frágil, porque conocer la realidad no equivale a cubrir todos los puntos de vista posibles sobre ella, sino a investigar cuál de ellos se ajusta más a los hechos. Si el periodista se limita a contrastar versiones, no logra construir una realidad común, sino un mosaico de realidades frágiles enfrentadas donde cualquier posición goza del mismo valor. La desorientación y la incertidumbre que provoca esta manera de comunicar lleva a la desconfianza y a la inhibición.
Hay un momento que ejemplifica muy bien este proceso consciente de desrealización: la rueda de prensa en la que Kellyanne Conway, consejera presidencial de Trump en su primera legislatura, popularizó la expresión hechos alternativos para conceptualizar las mentiras del presidente durante la ceremonia de su investidura. Desde entonces, asumimos que no se discute solo la interpretación de los acontecimientos, sino la existencia misma de los hechos compartidos. Todo se ha vuelto discutible, relativo, evanescente. La realidad se muestra, no ya líquida, sino gaseosa, como una existencia frágil que puede moldearse según la conveniencia del poder.
Ante las críticas, Conway aumentó la apuesta argumentando que la verdad no era más que una percepción subjetiva: "Dos más dos son cuatro; tres más uno también son cuatro. Parcialmente nublado, parcialmente soleado, esos son hechos alternativos", maniobra que reduce la realidad a impresiones, a un juego de perspectivas.
La mentira entonces se convierte en un recurso argumentativo válido, y, lógicamente, crece como la espuma. Más tarde la misma portavoz inventó una masacre terrorista en Bowling Green que nunca existió; cuando fue desmentida, se disculpó por lo que consideraba un "error honesto". Como advertía Hannah Arendt, cuando la distinción entre la mentira y la verdad se diluye, no es que todos crean la mentira, sino que nadie cree ya nada con firmeza.
Por tanto, hablando con claridad, nunca existió un "alto el fuego", ni ahora en Irán-Líbano, ni existió en Gaza. Lo pactaron sobre un papel de diez puntos como una base idónea para negociar, pero jamás se ha respetado. Por tanto, no tiene ningún sentido calificarlo como "frágil" o "precario". Claro que todo este ruido y esta niebla no son accidentales; son la consecuencia de un periodismo que ha sustituido los hechos por las declaraciones, y la verificación por la mera reproducción del conflicto. Es el periodismo frágil de las realidades que pretenden ocultarse. La consecuencia es que se borra la línea entre la realidad y la ficción y nos sentimos totalmente desorientados.
En este sentido, también Hannah Arendt nos advirtió del peligro: "El súbdito ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino aquel para quien ha dejado de existir la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y la distinción entre verdadero y falso (los criterios del pensamiento)". Sin embargo, ella no asumió una posición derrotista. En Crisis de la República, precisamente a raíz de los Papeles del Pentágono -cuando el gobierno de EEUU mintió sistemáticamente sobre Vietnam- sostuvo que la prensa libre y no corrupta es el único dique de contención que puede devolver los hechos al debate público y restaurar una realidad compartida.
El periodismo que se limita a transcribir versiones enfrentadas no es periodismo libre en el sentido arendtiano. Al reproducir el conflicto sin contrastar con los hechos se convierte en cómplice voluntario de una estrategia de invisibilización de los hechos. No protege la realidad compartida, sino que contribuye a su demolición. Entonces, la fragilidad de la realidad, lejos de ser una condición ontológica, es el producto de un oficio que ha renunciado a su función.
Pero no se trata solo de disfrazar los hechos, sino de suspender el juicio moral mediante una puesta en escena. De la desrealización de los hechos transitamos hacia la deshumanización. Un ejemplo es la presentación de la guerra como un videojuego reconfigurando de forma estética toda su atrocidad para hacerla digerible, incluso emocionante. La propia Casa Blanca ha publicado videos de propaganda bélica donde se yuxtaponen planos de videojuegos con bombardeos reales, a veces con el fondo de una música agradable y alegre. Los informativos repiten en bucle las imágenes granuladas de los drones con sus retículas y sus coordenadas como si fueran competiciones deportivas. El resultado es no solo el desconcierto, sino la anestesia de la respuesta ética. Lo que se desvanece no es solo el mundo común, sino el rostro del otro. El periodista que se limita a narrar "impactos de precisión" colabora en la banalización del mal, en la legitimación de las masacres.
Este martes, Washington ha querido resolver "el dilema del alto el fuego" sacando a Israel de la ecuación, esto es, abriendo una vía de negociación independiente, un encuentro de bajo nivel y desmesuradas expectativas con muy pocas posibilidades de éxito. Para empezar porque las partes tienen objetivos muy diferentes: el Líbano busca lograr un alto el fuego que dé pie posteriormente a un diálogo más a fondo; por su parte, Israel no está dispuesto a abordar el cese de hostilidades, persigue el desarme completo de Hizbulá, al mismo tiempo que afirma su determinación de continuar con el proceso colonizador, la creación de una "zona de seguridad sólida y más profunda" en el sur del Líbano, donde pretende ocupar toda la franja comprendida entre la frontera de facto y el río Litani. Las aspiraciones se sitúan en planos diferentes: una parte busca el alto el fuego para negociar y la otra, la rendición completa del adversario. No cabe igualar a los adversarios como polos de un continuo: los ataques israelíes contra Líbano han continuado, pese a las negociaciones; solo el martes han sido asesinadas 35 personas y han resultado heridas 159 más, según el recuento del Ministerio de Sanidad.
La única forma de orientarse en medio de tanto ruido es afirmar la solidez de los "hechos comprobables". De otro modo, el mundo que refleja el periodismo es como la visión de un caleidoscopio: un momento nos muestra una imagen, pero al girarlo un milímetro los colores y las formas se deshacen en el caos.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.