Opinión
La revuelta del trabajo feminizado
Por Oti Corona
Maestra y escritora
No existe el grito “Solo, borracho, quiero llegar a casa”, ni se ha dicho nunca la frase “Hombre tenías que ser” cuando un señor ha provocado un accidente de tráfico, ni “Qué hace un chico como tú en un sitio como este”. Son eslóganes que se inventaron para nosotras, bien como reivindicación de nuestro derecho a deambular por donde nos dé la gana, bien como recordatorio de que no deberíamos ocupar según qué espacios.
En el trabajo nos pasa justo eso: que nos sentimos impelidas a demostrar nuestro derecho a existir fuera del hogar, y encima ganando dinero. De ahí que tendamos a asumir las carencias de la empresa y a culparnos si no se consiguen los objetivos en el tiempo previsto en lugar de averiguar si nuestros superiores nos han proporcionado los recursos necesarios para llevarlos a cabo.
Claro que no todas las mujeres actúan así, y claro que hay hombres que sí. Pero este exceso de responsabilidad y de culpa, que se agrava en aquellos sectores que atienden a personas vulnerables, es un rasgo característico de las profesiones feminizadas. Y este es el problema menor. El problemón gordo lo tenemos con lo que la sociedad y la patronal esperan de nosotras: que cuidemos de niños, ancianos, enfermos y dependientes así nos paguen mucho, poco o nada, que nos levantemos cada mañana muy predispuestas a limpiar la mierda ajena, que seamos tan amables que nos dé reparo hasta pedir un sueldo digno y, en definitiva, que atendamos las necesidades de quien lo pida por amor y sin perder la sonrisa.
Cuando, décadas atrás, las mujeres exigimos que los varones hicieran su parte en las labores domésticas y de crianza, hubo que diseccionar cada tarea, hablar de carga mental y de distribución del espacio en los hogares y explicar cada concepto a otras mujeres, a los hombres y a la opinión pública. Ahora este puñetazo en la mesa se extiende al mundo laboral. Por eso en el último año y medio hemos asistido a un goteo continuo de protestas, huelgas y manifestaciones de colectivos feminizados, como cuidadoras de ancianos y de personas dependientes, maestras de todos los niveles educativos, sanitarias, empleadas domésticas, dependientas o bibliotecarias, que se han puesto en pie de guerra, en ocasiones de forma local y en ocasiones a nivel estatal.
Estas reivindicaciones, que son a la vez segregadas y colectivas, representan un cambio de mentalidad que empezó con las Kellys. El germen lo explica una de sus fundadoras, Laly Corralero, cuando desgrana el machaque físico que supone la limpieza de habitaciones de hotel y cómo todas sufren el mismo agotamiento, idénticos dolores en las mismas partes del cuerpo, la misma sensación de no ser capaz de llegar a todo. Empezaron a hablar entre ellas en grupos pequeños y luego se comunicaron con Kellys de otras ciudades para constatar que a todas les sucede lo mismo. No se trata, pues, de la debilidad física ni de la incapacidad organizativa de cada una de ellas, sino de unas condiciones laborales inaceptables e inasumibles. Su lucha ha sido y es ejemplar y me atrevo a decir que, gracias la claridad con la que exponen la parte invisibilizada de sus tareas, esta lucha se ha contagiado, como un Metoo laboral, a otros colectivos.
Existe un desdén social generalizado hacia aquellos oficios que ejercen mayoritariamente mujeres. No es explícito, desde luego, pero se nota en el día a día. Desde el que no saluda a la empleada que le limpia la habitación del hotel hasta la que insulta a la enfermera por el retraso en la consulta, desde la familia que considera que la cuidadora migrante a la que pagan cuatro perras les debe la vida hasta la madre que entra a voces contra la maestra en un centro educativo porque sabe que las faltas de respeto a los docentes hoy por hoy le salen gratis. El desprecio también viene desde arriba. Desprecian las funciones del personal que atiende a niños con necesidades educativas quienes presuponen que pueden ejercer sin apenas formación, a pesar de tratarse de una de las áreas más complejas del sistema de enseñanza. Desprecian los conocimientos de las empleadas domésticas quienes lo catalogan de trabajo “no cualificado” como si no hiciera falta saber nada para manejar en casa ajena electrodomésticos diversos y un sinfín de productos químicos. Desprecian el trabajo de las docentes quienes cuentan nuestros días de vacaciones mientras ignoran las decenas de horas extras mensuales que no cobraremos jamás. Desprecian el esfuerzo de las dependientas quienes deciden que su salario ha de ser inferior al de un mozo de almacén.
En los oficios feminizados predomina el “se te da mejor a ti”, el “mi mujer lo hace encantada” y el “no te cuesta nada” que tanto se había escuchado hasta hace poco en relación con las tareas domésticas. Y sucede que hemos dicho basta. Más allá de las mejoras que se lleguen a conseguir, la importancia de esta revuelta se encuentra en la exposición de la sobrecarga de tareas, del esfuerzo físico, de la invisibilización, y en la demanda de un voluntarismo que de ningún modo se exigiría si los colectivos que se ocupan de la higiene, la salud y la educación de todos estuviesen formados mayoritariamente por hombres.
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