Opinión
'Salvador', una oportunidad perdida
Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
En 1998 se estrenó American History X, una película que contaba la historia de un exlíder neonazi que trataba de alejar a su hermano pequeño de ese mundo con el que el joven empezaba a coquetear. El filme causó un gran impacto al retratar con crudeza el mundo neonazi de aquella época, su carácter sectario, criminal y violento. A pesar de que la película puso sobre la mesa el problema de estos grupos, el uso espectacular de la violencia y de la crueldad fue lo que quedó grabado en nuestra retina. Todos recordamos la famosa escena en la que el protagonista, encarnado por Edwar Norton, obliga a una persona negra a poner la boca contra un bordillo y le pisa la cabeza. La brutalidad y toda la performance que la envuelve, esto es, la estética, la camaradería, el fanatismo y la seguridad con la que se defiende, y el miedo que todo ello infunde, también tuvo un efecto contrario a la supuesta denuncia: sedujo a una parte de la juventud que prefería identificarse con estos temidos nazis.
Algo parecido sucedió pocos años después con Diario de un Skin (2005), basada en el libro homónimo que cuenta la infiltración real de un periodista en los ambientes neonazis del futbol en España. El libro tuvo mucha repercusión debido a las sucesivas noticias sobre violencia y crímenes de odio que protagonizaban. Diario de un skin retrató el negocio de los ultras neonazis del futbol, su relación con la delincuencia y con partidos y organizaciones de extrema derecha y las cacerías habituales contra aficionados de otros equipos y otros colectivos. Y lo más grave de toda la historia: que fue un policía quien advirtió a los neonazis de que tenían un topo. Antes de ser película, la historia fue un reportaje de televisión con cámara oculta con imágenes reales de la infiltración. Y como todo producto televisivo, el sensacionalismo, la hipérbole y en algunos casos la banalidad a la hora de tratar el asunto dejó una sensación agridulce entre las personas que llevaban tiempo investigando y denunciando a estos grupos.
Ambos productos, tanto American History X como Diario de un skin, denunciaban un problema real, pero seguramente sin quererlo, también sedujeron a algunos jóvenes. Mientras una parte de los espectadores se horrorizó con el odio y la crueldad de aquellos mundos delincuenciales y violentos, otros los encontraron atractivos. La romantización de la violencia es un riesgo que corren muchos productos culturales que, por ignorancia, irresponsabilidad o subordinación al entretenimiento y al espectáculo, descuidan los contrapesos que pueden evitar cualquier tentación de adhesión a lo que se pretende denunciar.
Salvador, la serie recién estrenada en Netflix y protagonizada por Luis Tosar, corre el mismo riesgo. No tanto por la seducción del mundo ultra neonazi, quizás ya demasiado trillado en el cine, sino por ser una oportunidad perdida. Vaya por delante mi aprecio a los actores y actrices que participan en la serie, que, como siempre, me parecen magníficos. Y que no dudo de la buena intención de sus creadores al tratar de abordar el tema de la extrema derecha en el momento actual, pero la manera en la que se expone deja mucho que desear. Quienes conocemos de cerca los mundos que esta obra usa como atrezzo para contar una historia de acción hemos coincidido en gran medida en nuestra valoración. Nos invade una profunda decepción y una sensación de haber perdido una oportunidad para explicar el fenómeno con rigor y responsabilidad y no tan condicionado por la espectacularidad y la emoción en estos tiempos tan urgentes.
La serie trata sobre un grupo de ultras neonazis de un equipo de futbol madrileño que, tras una pelea con otros hinchas (marselleses y antifascistas), se ven envueltos en una compleja trama política, delincuencial y policial. Un conductor de ambulancias exalcohólico, encarnado por Tosar, representa a un padre coraje que, tras perder a su hija, miembro también de esta banda ultra y cuya relación descuidó debido a su adicción, se redime destapando la trama corrupta que hay alrededor de los neonazis.
La inverosimilitud de muchas de las escenas de acción, donde la espectacularidad prima sobre el rigor es uno de los principales problemas de esta obra, más preocupada por lo estético que por abordar un problema. Aunque se trate de una ficción, la recreación de supuestas situaciones reales resulta innecesariamente inverosímil, generando un primer rechazo del espectador ya en los primeros capítulos. Lo primero, unos disturbios junto al estadio donde la presencia policial es nula, en un partido supuestamente de alto riesgo. Tan solo un policía a caballo y dos ambulancias acompañan el cortejo de los ultras visitantes, contra quienes los hinchas locales lanzan cócteles molotov.
Uno de los principales problemas a la hora de tratar el tema de la extrema derecha en la serie es que las explicaciones que dan los nazis para justificar su odio y su racismo no son confrontadas. Hay una exposición constante y unidireccional de sus discursos, con una única oposición desde un plano moral o policial. Algunos de los neonazis, además, son presentados como víctimas de sus propias familias por haberlos desatendido. Tosar por su adicción al alcohol y otra de las protagonistas por unos padres progresistas demasiado involucrados en política y poco atentos a su hija.
La empatía que se pretende forzar con los nazis es una constante a lo largo de todo el filme. Ellos también son víctimas y hay que salvarlos. Esto parte de una premisa equivocada que nos induce a pensar que el fascismo es tan solo un desvío moral, un camino equivocado que toma alguien empujado por carencias, y que abrazarlo no una decisión consciente. Partiendo de esta premisa, debemos pensar pues que los millones de votos que cosecha la extrema derecha hoy en todo el planeta vienen de personas con problemas de afecto. Que los nazis tan solo necesitan ser escuchados y mimados. Una fábula efectista para un filme, pero alejada totalmente de la realidad.
El retrato, o más bien, la caricatura de los antifascistas a lo largo de la serie es, sin duda, uno de los principales insultos de esta obra: estos son una masa amorfa de exaltados y violentos tan malos como los nazis. No hay ningún tipo de explicación sobre quiénes son los antifascistas ni cuáles son sus argumentos, sino que forman parte de un grupo antagonista abstracto que aparece solo tres veces, todas en contextos de violencia. Y en una de estas, se juntan con los nazis cuando aparece la policía. El mensaje es obvio: ni fascistas ni antifascistas. Los dos son iguales. Y en este caso, recuerden, los protagonistas son los nazis. Se insistirá en esta equidistancia en las siguientes escenas en las que aparecen los antifas: atacando un edificio donde viven familias vulnerables, persiguiendo a los nazis en coche por el centro de Madrid y reventando un puesto de recogida de alimentos. Ese es el papel del antifascismo en esta historia.
Aunque la serie trata de exponer la manipulación que hacen los neonazis de la precariedad disfrazándose de ONG, el fenómeno incel (célibes involuntarios) y el uso de las redes sociales como elemento de desinformación y fanatización, peca constantemente de querer abarcar demasiado sin profundizar lo suficiente en nada. Estos asuntos, que son importantes para explicar el fenómeno que supuestamente se pretende denunciar, se encajan simplemente como elemento narrativo, como aliño. Además, se introducen temas con calzador, como el chemsex (las fiestas sexuales que incluyen consumo de drogas) sin ninguna justificación en la trama, y es en ese contexto en el que aparece la única persona gay de toda la obra. Gais, drogas, sexo. Y, por si fuera poco, encima ladrón.
El mayor acierto y lo más veraz de toda la trama es quizás la complicidad de empresarios, policías y políticos de extrema derecha con los grupos nazis más violentos. Esto es quizás lo que muchos espectadores han resaltado (e insistido para que la viéramos hasta el final) para valorar positivamente la obra. Sin embargo, tratándose de un tema tan actual y preocupante, quizás hubiera merecido un poco menos de efectos especiales y algo más de fondo. Una lástima que no se desarrolle más y se centre todo en los excesos de un grupo de ultras dirigidos por gente muy lista y poderosa, un malvado que los manipula, que aparece casi más como anécdota que como algo habitual.
Estoy seguro de que mucha gente que la ha visto no opinará lo mismo y pensará que es un buen artefacto de denuncia de la extrema derecha. Tampoco dudo de la buena fe de sus autores, pero ante un problema tan acuciante, exigimos un mínimo de rigor y responsabilidad, menos equidistancias y más herramientas para desmontarlos. Que no todo dependa del heroísmo de una sola persona ni de la voluntad de una agente de policía. Esa es la principal carencia de esta serie. Que no necesitamos héroes sino una mirada amplia, muchos ejemplos y muchas complicidades para vencer a esta ola reaccionaria y a sus bandas de matones.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.