Opinión
¿Serán ciegox?
Por Marta Nebot
Periodista
A Vox le va bien y mal, pero solo cala la parte positiva. Y no, no hay una policía patriótica o un gran poder mediático haciéndole la zancadilla. Lo llamativo de su caso es que le vaya mal en un momento tan positivo y que su mal no esté mellando su éxito.
A los partidos políticos no les suele ir mal por dentro cuando van para arriba. Un expolítico cantarín me reconoció, en un off the récord, hace más de una década, que las corruptelas internas florecen cuando las maquinarias dejan de repartir puestos y dineros. La gente canta cuando deja de haber intereses en juego, cuando ya no tienen expectativas.
Sin embargo, a Vox le están saliendo cantantes entre conquista y conquista. Se están peleando por el botín antes de alcanzar la cima. Su lista de purgados es cada vez más larga e injustificable. La única explicación posible es que quieren que uno solo mande a todos.
Esta semana se les ha sumado la defenestración de Javier Ortega Smith, fundador del partido, con carné número 6, y todavía portavoz en el ayuntamiento de Madrid, con la de José Ángel Antelo, líder de la formación en Murcia, la comunidad autónoma donde Vox ha cosechado mejores resultados en toda su historia, superando incluso al PP en unas generales, y con unas encuestas que le posicionaban como el siguiente presidente autonómico.
En este contexto Iván Espinosa de los Monteros, el afiliado número 5, se ha hecho un tour mediático, carné en mano, declarando, entre paños calientes, con pinta de candidato gentleman -pijo ultra educado, en cristiano- y con tono moderado y mega conciliador, que su antiguo partido es autocrático, que los de dentro no lo denuncian por “terror” y que no será “democrático” si llega al Gobierno.
Lo dijo dulcemente en el programa En Boca de Todos de Cuatro, después de leer parte del manifiesto fundacional que exige mecanismos de democracia y transparencia interna política y financiera -levantando la ceja mientras lo decía- y un congreso cada dos años, para -a renglón seguido- denunciar que no ha habido ninguno desde su fundación hace doce años, que el partido está dirigido por una camarilla que nadie ha votado y que está echando a todo el que tenga algo de perfil público y no sea “sumiso”. Pongo parte del diálogo con sus comillas y sus reiteraciones para que quede claro:
“-Mira, en deporte, Antelo es un deportista profesional de élite...
-Baloncesto, sí.
-Baloncesto, pero en el fútbol es igual. Se juega como se entrena. Se juega como se entrena. Y en política, se gobierna como se lleva el partido por dentro. Entonces, si aspiramos, y yo aspiro a que Vox llegue al Gobierno. Yo aspiro a que sea un gobierno democrático.”
Espinosa de los Monteros denuncia miedo a que este Vox llegue al consejo de ministros, a que el “terror” interno sea importado a su acción de gobierno.
Deja a Vox peor que mal. Ya no es que la izquierda tema la deriva dictatorial de este partido. Es que la teme quien lo fundó.
Espinosa de los Monteros añade que además de hablar hay que actuar. Que en Vox lo que brilla es “marketing”. “En eso son muy buenos”, pero les falta sustancia, viene a decir.
El número 5 de Vox cree que Vox pretende seguir viendo los toros desde la barrera sine die y también que pretender que Santiago Abascal encabece todas las candidaturas es insostenible y suicida. ¿Quién va a querer acercarse a un partido que lamina y lamina?, se pregunta también.
Más allá de los intereses de Espinosa de los Monteros, de su campaña personal como presidente de una nueva fundación, de lo que sea que persiga, lo cierto es que no es el primero que denuncia la incongruencia brutal de Vox.
En el programa de televisión mencionado también leyó parte de la carta que Santiago Abascal dirigió al PP, cuando abandonó su antiguo partido para fundar otro que hace lo mismo peor.
“Le dice: he llegado a la conclusión definitiva de que no hay ninguna posibilidad de cambiar las cosas desde dentro del Partido Popular, porque su estructura, sus abnegados militantes, su generosa y patriota base social, a la que no os merecéis, están secuestrados por la inamovible cúpula dirigente a la que representas, cúpula que ha traicionado nuestros valores y nuestras ideas. No ha sido el ímpetu ni la reacción ante concretas traiciones y mucho menos el maltrato personal, sino la negativa a democratizar internamente nuestro partido o el pisoteo de nuestros propios estatutos internos. He intentado tan honesta como ilusamente, junto con otros, detener desde dentro esta deriva. No ha sido posible. No habéis querido. Me voy con la conciencia tranquila [...] Eso es lo que le dice Santiago Abascal en 2013 a Mariano Rajoy. Da para pensar, ¿no?”
Sí que da, sí. Pero no parece que esté ocurriendo, según todas las encuestas.
Más de una vez me han tirado a la cara en una tertulia que en España no hay tres millones de fascistas, que los votantes de Vox son demócratas.
Entonces tendrán que hacerse cargo de lo que se está destapando, ¿no? Sobre su financiación, su funcionamiento interno, sus engaños, como el de la recaudación de fondos para la reconstrucción tras la DANA... Es que son escándalos mayúsculos.
¿Los que les votan no los miran? ¿No los ven? ¿No quieren verlos? ¿Todo contra la presunta corrupción, los chiringuitos y la dictadura de otros y nada para las propias? ¿Cómo harán para no ver lo que salta a la vista? Es llamativo que un voto exigente, como el de Vox, un voto que marca, un voto de cambio, un voto que hay que decidir, decida no ver lo suyo.
Hablamos mucho de desinformación, de fakes, de bulos... Hablamos menos de lo que no vemos porque no queremos, de lo que no miramos porque nos jode verlo, de que la sociedad no es solo víctima.
Parte de la Iglesia católica, el ejército, la Corona, los periodistas conservadores que no se arrodillan empiezan a decirlo. Algunos están sacando la patita para en el futuro poder alegar que avisaron, que no fueron cómplices.
Vox, desbocado, también les dispara a ellos. Cree en el poder omnímodo de su discurso de unos contra otros, de soluciones tan simplonas como inverosímiles.
En conclusión: cada vez hay que hacerse más el ciego para no ver lo que Vox será capaz de hacer si llega a los gobiernos con fuerza suficiente. Cada vez hay que hacerse más el loco para no ver que juega a todo o nada, mientras sigue creciendo en el nosotros contra todos. Cada vez hay que ser más cómplice para no denunciarlo alto y claro.
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