Opinión
Sesiones de descontrol
Por Oti Corona
Maestra y escritora
Un hombre recita media docena de oraciones que le han escrito en una cuartilla. Se esfuerza por sonar ocurrente, jovial, agudísimo. Sin embargo, su lectura es lenta y vacilante, le cuesta dar el énfasis adecuado para que parezca que el texto es suyo, se traba en las palabras de más de tres sílabas y no sabe disimular su nerviosismo si pierde el hilo.
—Sigue, sigue. Aunque te confundas. El contenido es lo de menos. Que se mantenga el tono —le indican.
Y sigue. Mueve los bracitos arriba y abajo, cambia el gesto a grave al pronunciar el término "catástrofe", señala con el índice a un interlocutor imaginario mientras lee la palabra "usted" y termina con una sonrisa de medio lado al alcanzar la breve y contundente pregunta final: ¿Hasta cuándo va a estirar esta basura?
—Correcto. Aquí es cuando te aplaudimos.
Él respira con alivio. Puede que en casa ensaye el alegato frente al espejo, con esa amargura que le provoca su ineptitud para la espontaneidad y la chispa. Para el zasca, como le dicen ahora. También cabe la posibilidad de que le dé lo mismo: recibirá vítores y aplausos si lee bien o si lee mal, si se entiende el mensaje o si no se entiende, si consigue descifrar el enunciado completo o si se le acaba el tiempo mientras su voz se tambalea entre las últimas frases.
Es imposible adivinar qué pasa por la cabeza de Alberto Núñez Feijóo mientras se dirige a las sesiones de control al Gobierno. Ni de Feijóo, ni de Miguel Tellado, ni de Santiago Abascal, ni de Esther Muñoz, todos ellos oradores mediocres que han pasado meses o años sin presentar una propuesta y cuyas interpelaciones no incluyen jamás cuestiones que sirvan para facilitar la vida de la ciudadanía.
No hace falta entrar en el fondo del tema. Lo malo son las formas. Y no porque sean maleducados y groseros, mentirosos, gritones, macarras y agresivos. Ni siquiera ese es el problema. Si se comportasen así en los actos que organizan para sus adeptos o en un plató de televisión, no sería tan grave. Lo terrible del asunto es que efectúan ese alarde de burricie entre el insulto, la calumnia, el escarnio y hasta la amenaza en el Congreso de los Diputados. No respetar ese espacio significa no respetar nada.
La dinámica se repite sesión tras sesión. A Feijóo le redactan dos papelitos para sus intervenciones. Lee (mal) el primero y, después de la réplica del Gobierno, lee el segundo (también mal). Como los lleva escritos de antemano y es incapaz de improvisar, su segunda intervención no guarda relación con lo que acaban de decirle. Además, tiene justo detrás a Cuca Gamarra, que sin duda repasa con él las arengas y va haciendo de ventrílocua desesperada, agarrada la butaca y con el rostro tenso, dejando escapar un suspiro cada vez que el jefe logra completar una consigna. Y a su lado está Muñoz, que mira al infinito con las facciones desencajadas por el pánico desde que su líder empieza a hablar y hasta que termina. Por si la imagen no fuese suficientemente bochornosa, las gradas del PP estallan en vivas y palmas como si acabaran de escuchar un discurso histórico en lugar de un cúmulo de sandeces que solo pueden contentar al espectador simplón que ignora cómo se conforma un Parlamento, cómo se elige al Presidente, cada cuánto se convocan elecciones, para qué sirven los impuestos. La escena resultaría cómica si ocurriera en otro sitio; que suceda en el Congreso es una tragedia.
Esto mientras tienen la palabra. Cuando hablan otros, se dedican a fingir, de manera ridículamente teatral, que no les escuchan: conversan y se ríen entre ellos, miran el móvil, fuerzan sonrisas aunque les estén recordando a los fallecidos de la dana o en las residencias de Ayuso. O se largan. En eso Abascal es un maestro, hay que reconocerle el mérito: el tipo llega, agarra el micro, suelta lo suyo y se larga a saber dónde. A madrugar, seguramente.
Tal y como está el patio, quizás sea hora de idear mecanismos que obliguen a los políticos del PP y de Vox a cumplir con sus funciones. De acuerdo que no podemos exigirles que pronuncien dos frases seguidas sin leer, pero sí deberían permanecer en sus asientos como mínimo hasta haber escuchado la respuesta a aquello que previamente habían preguntado y, desde luego, no deberían mirar el móvil, ni ignorar a quien les habla, ni gritar desde el escaño, ni golpear el mobiliario, ni mentar a los muertos del oponente, ni insultar. En resumen, no deberían llevar a cabo acciones por las que echarían a la calle a cualquier currela antes de terminar el turno si se portase como ellos un solo día.
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