Opinión
Siete minutos de ovación contra el derecho al aborto y la eutanasia
Por Marisa Kohan
Periodista experta en temas de género e igualdad
Cuando mis hijos eran pequeños y preguntaban si cinco minutos eran poco o mucho tiempo, la respuesta más habitual que les dábamos era que el tiempo es relativo y que depende de las circunstancias que lo rodeen. “Si estás haciendo algo que te gusta mucho, como comerte un helado o saltar en la cama elástica, cinco minutos es un tiempo corto y se te pasará volando. Pero si un elefante te pisa un pié, cinco minutos pueden ser una eternidad que nunca acaba”. Exactamente esto último es lo que sentí este pasado lunes viendo el aplauso que se le brindó a Robert Prevost (rebautizado como León XIV tras su llegada al papado) en el Congreso de los Diputados.
Siete minutos de tortura, como si me hubiera pillado la mano con la puerta del coche y nadie pudiera abrirla para aliviar el dolor. Siete minutos interminables, viendo a la izquierda aplaudir sin fin a un papa que acababa de decir en la sede de la representación popular que las leyes que había aprobado ese parlamento no son morales. Que nos habíamos equivocado con la ley del aborto y con la de la eutanasia. Que hay que reconocer la vida "desde el mismo momento de la concepción" hasta el "ocaso natural", independientemente de cualquier otra circunstancia. Que la familia tradicional (aunque no la nombró así, simplemente dijo la familia, pero obviamente aludiendo a un sólo tipo de familia) es donde se aprende "la gramática elemental de la convivencia". De todos es sabido que para la Iglesia católica no hay más tipos de familia ni gramáticas válidas.
El papa habló mucho de la fe cristiana, de la dignidad humana, del bien común. De la necesidad de acoger al prójimo y sostener a las personas vulnerables. Vulnerables que la Iglesia católica no reconoce en su quehacer diario. Entre ellas, las víctimas de pederastia de la Iglesia, unas 400.000 en España, según la estimación del Defensor del Pueblo. Aquellas con las que el papa no ha querido reunirse. Sólo accedió a escuchar a algunas en privado, pero no a juntarse con las organizaciones que llevan décadas peleando por un reconocimiento que la Iglesia les niega.
Prevost, que explicó que actuaba como "obispo de Roma y jefe de la Iglesia católica", no como un jefe de Estado, no vino a pedir perdón por las barbaridades cometidas por la Iglesia a lo largo de décadas (en realidad, siglos) en España. No lo hizo por las miles de jóvenes que la Iglesia que preside internó en ‘cárceles’ gestionadas por entidades católicas en lo que se conoció como el Patronato de Protección de la Mujer. Una institución que operó en España entre 1941 y 1985 (bien entrada la democracia) y que castigó a las jóvenes que consideraba que se salían de los márgenes de su estrecha doctrina moral. Tampoco pidió perdón por los bebés robados por la Iglesia a esas jóvenes y a otras mujeres vulnerables a lo largo de décadas.
El papa León XIV despachó su negativa al aborto haciendo una defensa del concebido como poseedor de los mismos derechos que las personas nacidas y autónomas, pero sin reconocer el derecho a las mujeres a decidir sobre sus vidas y su maternidad. Como era de esperar, Prevost habló del derecho a la vida del no nacido pero obvió el sufrimiento y la muerte que la prohibición a la interrupción del embarazo provoca en la vida de las mujeres de todo el mundo. No se trata de una defensa de la vida. Lo que está en cuestión es un statu quo de privilegios que la iglesia pretende perpetuar.
Es sinceramente anacrónico que se ceda la tribuna de la representación popular al jefe de una organización que promueve ideas contrarias a las leyes que nuestro país aprobó precisamente en esa misma cámara. Que se de pábulo a una organización creada por y para hombres, en donde las mujeres no tienen derechos ni voz y además tienen vetados cargos de poder. Una organización en donde ellas han sido esclavas y siguen excluidas, y que promueve que los derechos de la mitad de la población deberían ser suprimidos.
¿Qué ha venido a hacer el papa a España? El catolicismo ha perdido fuelle a lo largo de las últimas décadas. Ha pasado de representar al 90% de la población española en los años 70 a ser la religión de aproximadamente el 50% de la población. Según los últimos datos del CIS, tan sólo un 18% de la ciudadanía afirma ser católica practicante y cerca de un 36% se declara como católicos no practicantes. Es decir, que probablemente se declaran católicos simplemente porque les bautizaron al nacer. En este contexto, otras religiones han comenzado a crecer en España. Entre ellas, las iglesias evangélicas. Unas congregaciones religiosas que ya protagonizaron la más dura oposición al avance de derechos, especialmente el de las mujeres, en América Latina, donde son la punta de lanza contra el derecho al aborto.
Comparado con estas iglesias, el papa puede llegar a parecer ‘progresista’. Pero elegir entre susto o muerte no parece una buena opción política. El aparente progresismo del papa Francisco y su sucesor León XIV parece haber convencido a parte de la izquierda de nuestro país, que ha querido agarrarse al discurso pro inmigración para poner en evidencia a la derecha y ultraderecha española que hablan de "prioridad nacional". Pero el tiro ha salido por la culata, porque los siete minutos de aplausos del Gobierno y de la mayoría de la izquierda de nuestro país han confirmado que para muchos sigue habiendo derechos de primera y de segunda. Y que los de las mujeres están en esta segunda categoría, por mucho que lo quieran blindar en la Constitución.
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