Opinión
¿Quién te va a querer más que tu padre?
Periodista
"La primera vez fue un sábado, uno como tantos otros en los que me tocaba ir con él, otro día más en el que el dolor de barriga empezaba el miércoles por la noche y se alargaba hasta el fin de semana. Ya no había justificante médico ni excusa que sirviera para evitar esa cita fatal. No recuerdo mi edad, tampoco nada más de aquel día; solo sé que, otra vez, no quería volver a subirme a aquel coche." Quien escribe esto es María, una mujer de 28 años que sufrió violencia vicaria por parte de su padre durante la mayor parte de su infancia y cuyo relato colgó hace unas semanas en su substack con el sugerente título de Oda a la Bestia . Quince años después de verlo por última vez (dejó de hacerlo a los 13, cuando se negó definitivamente a volver con él) se sienta otra vez en un Juzgado para pedir que su tía la adopte: con su madre fallecida, ella desea borrar toda filiación con su progenitor. Quiere empezar una nueva vida sabiendo que habrá alguien que haga valer sus derechos y su voluntad si algo le pasa. Quiere, en definitiva, ser dueña de su destino, algo que parece sencillo para la mayoría de la gente, pero que las niñas y niños víctimas de violencia en el seno familiar, desconocen. Contra todo pronóstico, la Bestia aparece en el juicio y se sienta al lado de María, apenas separado por una cortinilla que a ella le recuerda a las de los boxes de Urgencias. Desde allí, la mira inquisitivamente y se opone a la adopción. La causa queda temporalmente en el aire. María me manda un audio al salir, y en su voz arde la rabia. "Ha sido asquerosamente asqueroso", dice con el tono quebrado por una violencia institucional que continúa revictimizándola y le impide liberarse definitivamente de su agresor.
Cuenta Vanesa Paredes que recuerda el 11-S como el día que detuvieron a su padre. Su testimonio forma parte de La Casa Grande Podcast, un impresionante y multipremiado trabajo de investigación que la periodista Isabel Coello llevó a cabo durante tres años en este centro pionero para la recuperación de mujeres maltratadas y sus hijos, y que fue abierto gracias al impulso de la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas de España, hace más de 30 años. Al igual que mi amiga María, las hijas e hijos entrevistados reconocen claramente el rosario de síntomas que padecían en sus carnes antes de tener que reunirse con sus padres maltratadores y que, curiosamente, pasaban desapercibidos para la mayoría de los especialistas por los que iban peregrinando desde que la violencia entró en sus vidas, como hacerse pis en la cama, o tener pesadillas a edades no tan tempranas.
Si algo nos deja claro el trabajo de Coello es que los mecanismos del maltrato adoptan múltiples formas, y que tenemos una enorme deuda pendiente con la infancia en este país. Hasta el año 2019, los hijos e hijas de las mujeres maltratadas no estaban inscritos en el sistema Viogén y el potencial peligro que corrían ni siquiera se contemplaba. Durante mucho tiempo, los menores hijos de mujeres maltratadas no tuvieron derecho a la intervención psicológica si su padre y maltratador no la autorizaba, así que muchos crecieron pensando que aquello que ocurría en sus casas era normal o peor, que era su culpa. Vanesa recuerda la frase que todo el mundo le decía mientras ella era una niña abusada sexualmente ¿quién te va a querer más que tu padre? Otros, se acuerdan de su progenitor borracho conduciendo a 200 kilómetros por hora mientras los amenazaba con estampar el coche. Y una víctima aún tiene tatuada la imagen de la escopeta apuntando la barriga embarazada de su madre.
Pero el maltrato no siempre es tan obvio. En un contexto de violencia física o emocional es imposible que las madres puedan ejercer bien su rol y tengan autoridad sobre sus propios hijos. Unos hijos que siempre se enteran de lo que pasa en casa porque su principal figura de apego, que es su madre, se cae a pedazos. Dice la psicóloga Claudia Morales que la violencia rompe las herramientas de seguridad del ser humano y, con esta anulación, es casi imposible criar y crecer bien. "Si tú temes por la vida de tu madre constantemente, cómo vas a vivir con eso?" apunta una de las víctimas. Cuenta otra que "cuando una vive en un hogar de violencia se normaliza, se aprende que ellos tienen más derecho que nosotras" y así, desde pequeñas, muchas niñas también interiorizan que la violencia machista es una parte inevitable de estar en pareja.
Expertas y víctimas denuncian que el sistema sigue teniendo muchísimos fallos y que las Unidades de Valoración de Riesgo Integral no están implantadas o carecen de especialización en la infancia y, por eso los informes pueden demorarse meses o son directamente, rocambolescos. Mientras, muchos niños y niñas, aprenden a convivir con la indefensión aprendida, esa que a veces se esconde detrás de una obediencia y una autosuficiencia admirables que les llega en forma de halagos. Aprenden también que nada de lo que hagan o sientan tiene validez, ni su dolor de tripa, ni su tristeza al tener que irse con su padre. "Todos los niños estaban deseando que lleguen las vacaciones de verano y de Navidad, nosotras, todo lo contrario".
Me preguntó por qué en 2026 sigue habiendo casos de resoluciones judiciales con madres reconocidas como víctimas en las que se establece régimen de visitas con el padre maltratador, y a pesar de la voluntad de la infancia. Unos niños y niñas que no olvidan la violencia machista ni el calvario judicial sufrido cuando se convierten en adultos, a pesar de lo mucho que la sociedad admira a tantos padres por el simple hecho de existir.
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