Opinión
Trump asfixia la sanidad cubana
Por Miguel Urbán
-Actualizado a
La Revolución cubana es uno de los sucesos contemporáneos más importantes del continente latinoamericano, inspiración y referente de buena parte de los movimientos de izquierdas y anticoloniales de medio mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Un símbolo, a escasas noventa millas del todopoderoso imperio estadounidense, que ha intentado por todos los medios doblegar la voluntad popular de la mayor de las Antillas. Quizás la expresión más palpable de esta política de injerencia continuada por parte de Estados Unidos sean las más de seis décadas de bloqueo económico, comercial y financiero impuesto de manera unilateral, sin respaldo de las Naciones Unidas. El ejemplo más prolongado y grave de vulneración de los principios de igualdad soberana de los Estados, de no injerencia en los asuntos internos y de prohibición del uso de medidas coercitivas, recogidos en la Carta de la ONU.
De hecho, a pesar de que la Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado abrumadoramente en contra del embargo ilegal de Estados Unidos a Cuba, el derecho internacional, como en tantas otras ocasiones, se ha mostrado inerme ante la imposición del imperio norteamericano. Se asume así la impotencia como el único escenario posible de un modelo de gobernanza global en franca decadencia.
Una de las armas más poderosas contra el "ejemplo" cubano está demostrando ser el tiempo, como un arma de olvido capaz de diluir progresivamente la intensidad de las emociones, las vivencias y el impacto de la isla como referente internacional, pero también para su propia población, extenuada por un bloqueo que ya no solo aprieta, sino que asfixia. El olvido es más eficaz cuanto más se doblegan los ejemplos presentes y palpables.
Solo así podemos entender cómo la sanidad cubana se ha convertido en el enemigo a batir de la política de asedio norteamericana. La sanidad ha ocupado un lugar central en la idea que Cuba tiene de sí misma desde la Revolución. Desde los primeros días de la victoria revolucionaria, el país ha consagrado en su Constitución el derecho a una atención sanitaria gratuita y ha sido pionero en un enfoque preventivo de la medicina que ha demostrado una extraordinaria eficacia para prestar asistencia con recursos mínimos. Y los datos son increíbles: en la década de 2010, las tasas de mortalidad infantil cubanas estaban a la altura de las de los países desarrollados, pese a que Cuba gastaba mucho menos en servicios de maternidad, y la esperanza de vida igualaba la de Estados Unidos.
Todavía en 2021 había 9,5 médicos por cada mil cubanos —cinco veces la media mundial—, más del doble que en Estados Unidos. Además, la sanidad ha sido uno de los grandes referentes de la Revolución cubana por su increíble ejemplo de solidaridad internacional, que se podría resumir en la consigna "médicos, no bombas", que Fidel Castro lanzó en pleno debate sobre la invasión estadounidense de Irak. Toda una declaración de política internacional que Cuba llevaba practicando durante décadas, desde que, a principios de los años sesenta, después de que un terremoto en Chile dejara cerca de 2.000 muertos, el Gobierno cubano decidiera enviar médicos como punta de lanza de su política de solidaridad internacional.
Durante las décadas siguientes, Cuba enviaría a más de 500.000 profesionales sanitarios a unos 165 países, reflejo del compromiso del Estado con la atención sanitaria como derecho humano. Campañas como la Operación Milagro han proporcionado cirugía ocular gratuita a unos tres millones de personas en todo el mundo. Un despliegue humano inigualable a escala internacional. Por poner como ejemplo al imperio norteamericano, en la década de los ochenta del siglo pasado Estados Unidos enviaba al extranjero un cooperante por cada 34.700 habitantes, mientras que Cuba enviaba uno por cada 625. Pero Cuba no solo enviaría médicos, sino que la isla se convertiría también en un referente educativo mundial. La Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana ha formado a más de 31.000 médicos de 122 países, principalmente del Sur global. Una muestra de la importancia que la sanidad cubana ha cobrado para la propia isla es que se ha convertido en uno de sus principales activos económicos. Hasta hace poco, la exportación de servicios profesionales sanitarios ha superado al turismo, el azúcar y el tabaco como principal fuente de ingresos de Cuba.
De hecho, a medida que las misiones médicas crecían en importancia económica, también lo hacían los intentos de Estados Unidos por obstaculizarlas. En 2006, la Administración de George W. Bush creó el Programa de Permisos para Profesionales Médicos Cubanos, que ofrecía la residencia permanente a los médicos que desertaran. Ante la poca eficacia mostrada por las políticas norteamericanas para acabar con las misiones médicas cubanas, el año pasado la segunda Administración Trump encontró una forma especialmente eficaz de desbaratar el programa: restringir los visados a funcionarios de países que acogieran misiones médicas cubanas. Desde mediados de 2025, al menos diez países receptores han enviado de vuelta a los médicos, restringiendo el ingreso de divisas para Cuba, pero también provocando un perjuicio irreparable, a corto y medio plazo, para esos países. Pero el objetivo no es solo acabar con las misiones médicas en el exterior, sino también borrar todo rastro de servicio público dentro de la propia isla. En donde una vez más, el pueblo cubano es el daño colateral de la política imperial norteamericana, que está teniendo que sufrir como aumenta la mortalidad infantil y se pierden años de vida, para degradar el ultimo rostro palpable de la revolución. Un ataque a la sanidad pública cubana que tenemos que contextualizar en el marco de la degradación de los servicios sanitarios públicos en medio mundo ante el avance privatizador. Porque no podemos olvidar que el objetivo va mucho más allá de Cuba, es acabar con la sanidad como referente consensual de lo que pudo ser y el imperio nunca quiso que fuera.
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