Opinión
Trump se mea en el Rubicón

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
No hay que descartar que la escalada bélica en Oriente Medio sea una cortina de humo elaborada por Pedro Sánchez para disimular. Tampoco sería la primera vez que el PSOE utiliza los conflictos armados en la región con el fin de airear sus trapos sucios. Así, en enero de 1991, coincidiendo con el ataque estadounidense contra Irak, Alfonso Guerra aprovechó para presentar su dimisión. Al igual que ahora, aparte de la coincidencia temporal, no había ninguna relación entre una cosa y otra, salvo que los sintagmas "Guerra del Golfo" y "Alfonso Guerra" sonaban muy parecidos. Hace unos días, Trump criticaba la tímida revuelta de Sánchez, reacio a incrementar el 5% del PIB para alimentar la maquinaria bélica de la OTAN. Tal y como anda de testosterona, lo mismo pide que le sitúen España en un mapa y nos cae un pepino en La Moncloa.
El caso es que acabamos de estrenar el verano en el hemisferio norte y no ha podido empezar más calentito: con un bombardeo masivo de tres instalaciones nucleares en Irán. En las fotos que respaldan el ataque, Trump aparece en la Situation Room de la Casa Blanca, ataviado con una gorra roja muy parecida a la del capitán de submarinos Frank Ramsey en la película Marea roja. Ramsey, interpretado con brío sobrenatural por Gene Hackman, está a punto de iniciar la Tercera Guerra Mundial por culpa de una orden truncada, pero le da al segundo de a bordo, Ron Hunter (Denzel Washington), tiempo y oportunidad suficiente para deshacer el embrollo mientras él se fuma un puro apocalíptico. Con Trump no habrá problemas de ese tipo en primer lugar porque no fuma, en segundo lugar porque el segundo es J. D. Vance, y en tercer lugar porque a los mandos está la gorra.
En un libro extraordinario, Rubicón, el historiador Tom Holland narra la ruina de la república romana y su conversión en imperio estableciendo un inquietante paralelismo con la decadencia de la democracia estadounidense. Publicado dos décadas atrás, ni Holland ni nadie podía imaginar que el águila americana iba a batir sus alas imperiales hasta el punto de saltarse al primer emperador, Augusto, y desembocar directamente en una mezcla entre Tiberio, Nerón y Calígula. Trump ha autorizado el ataque a Irán sin la aprobación del Congreso, lo que demuestra que el orden constitucional no cuenta tanto para él como la insignia MAGA (Make America Great Again) estampada en letras bien gordas en su gorra roja.
No es que Augusto ni Julio César fuesen precisamente monjas de la caridad, pero lo mínimo que se puede decir del primero es que afianzó su liderazgo encargándole a Virgilio La Eneida (una epopeya que intenta fusionar en un solo cuerpo nada menos que La Odisea y La Ilíada), y del segundo que, más allá de sus campañas militares, su obra es una de las cumbres de la prosa latina. Con los mensajes onomatopéyicos de Trump no hay peligro alguno de que vuelvan los hexámetros ni el fraseo incomparable de los Comentarios a la guerra de las Galias, aunque el espectro del águila romana, obscena y despatarrada, siga presidiendo sus alocuciones.
Ante un bombardeo a traición que amenaza empantanar todo Oriente Medio en un conflicto que fácilmente podría afectar a tres continentes, hay congresistas que han reaccionado criticando la decisión presidencial y otros apoyándola abiertamente. Uno de los más entusiastas es el senador Ted Cruz, quien la semana pasada protagonizó un ridículo demencial ante el presentador conservador Tucker Carlson. En una entrevista que más bien parecía una cita de First Dates, Cruz demostró que no sabe prácticamente nada del país cuyo régimen pretende derrocar y llegó a decir, en un lapsus freudiano, que iban a bombardear Irán días antes de que Trump ordenara el ataque. Ted Cruz era el principal candidato republicano a la presidencia hasta la irrupción de Donald Trump y se hizo mundialmente famoso gracias a un video en el que cocinaba unas lonchas de bacon atándolas al cañón de una ametralladora. “Machine-Gun Bacon” decía Cruz esbozando una risa de lo más redneck. Trump se mea en el Rubicón, en el Éufrates, en el Tigris y en el Congreso de los Estados Unidos. Menuda cortina de humo.
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