Opinión
Trump y sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos (1)

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Hay comentarios de prensa catalogando a Donald Trump como un “bicho raro” de la política actual. Lo es efectivamente, pero no tanto como se pretende. Trump sigue la filosofía y estrategia de sus antecesores en el cargo, si bien lleva los elementos de ambas a los máximos extremos. Hagamos un repaso de los puntales de la filosofía y estrategia de los últimos presidentes de Estados Unidos para conocer en qué medida Trump se acerca o aparta de ellos.
Excepcionalismo estadounidense
El excepcionalismo estadounidense es una constante prédica de los presidentes estadounidenses. Es un concepto de enorme virtualidad, porque sirve de sustrato fundamentador del unilateralismo y el intervencionismo de Estados Unidos. Tres son las razones relevantes según ellos de esta cualidad de Estados Unidos como un país excepcional.
La primera de orden axiológico recala en la excelencia e irrepetibilidad de Estados Unidos, en el que reina desde el momento fundador la democracia y las libertades, siendo el guardián y el propagador de las mismas por todo el mundo, y además el salvador cuando otras democracias han caído presa de potencias tiránicas e imperialistas (como sucedió en la segunda guerra mundial a las democracias europeas).
La segunda razón, de orden fáctico, se basa en la condición de Estados Unidos de indiscutible primera potencia mundial, la más poderosa y la más rica, la única dotada de capacidad para mantener la paz y seguridad en el mundo.
La tercera razón reside en que los presidentes son etnoculturales. Se sienten protagonistas de una cultura superior, que ha llegado a la cota más alta, que deben alcanzar las otras culturas del mundo en un proceso histórico de progreso.
La excepcionalidad carga a Estados Unidos -aseguran los presidentes- con una especial responsabilidad (ante Dios, el mundo y los norteamericanos). Bush estaba convencido de que Estados Unidos era un país predestinado y elegido por la Providencia, que le había convertido en líder para guiar al mundo. Por ello aseguraba que tenía una “misión sagrada”. Obama dejaba a un lado el providencialismo, pero al igual que para sus compañeros presidentes las características excepcionales de Estados Unidos justificaban su influencia y presencia en todos los rincones del planeta. Ante la Asamblea General de Naciones Unidas el 29 de septiembre de 2013 expresaba: “El problema para el mundo es que Estados Unidos, tras una década de guerras, se desentienda creando un vacío de liderazgo que ninguna otra nación puede asumir”. Y en su discurso en la Academia Militar del Aire el 23 de mayo de 2012 afirmaba: “Yo veo una Centuria Americana (se refiere al siglo XXI) porque ninguna otra nación puede desarrollar el rol que nosotros hacemos en los asuntos globales”.
Trump considera tan excepcional a Estados Unidos que no para de recordar que lo mucho que hace su país no tiene correspondencia en la actitud de los Estados y organizaciones que disfrutan de su ayuda y pretende que todos colaboren en la medida que les corresponde. Estados y sociedades del mundo deben mirar a Estados Unidos como el líder cuyos pasos conviene seguir. Hay una diferencia con sus predecesores en el cargo: la autocomplacencia en la excepcionalidad de su país le lleva a saltarse cualquier limitación en el ejercicio del poder, dentro y fuera de Estados Unidos, vulnerando constantemente el derecho interno y el derecho internacional.
Unilateralismo en política exterior
Unilateralismo significa la actuación aislada de Estados Unidos en la esfera internacional persiguiendo sus intereses nacionales. Es un concepto que sorprende y decepciona a los europeos, pero que está bien enraizado en la mentalidad de los presidentes estadounidenses. Es una consecuencia del liderazgo de Estados Unidos como superpotencia mundial.
Estados Unidos, según los presidentes está legitimado para actuar en la esfera internacional unilateralmente, fuera del control de Naciones Unidas y de cualquier otra organización internacional, sin compromisos que le aten cuando está en entredicho el estilo de vida y los intereses nacionales y vitales de Estados Unidos. Depender de otros poderes es una rémora para su toma de decisiones, que no admiten retraso. Todos los presidentes de Estados Unidos han sido unilaterales. En actuaciones en Kosovo, Afganistán, Irak, Siria… los presidentes actuaron por libre según su criterio y vulnerando tratados internacionales, de los que ellos eran parte. Y recibieron duras críticas del mundo occidental por no contar con ellos ni con Naciones Unidas. Recordemos cómo Bush emprendió la guerra de Irak vulnerando una resolución de Naciones Unidas y con el falso argumento de que Hussein poseía armas de destrucción masiva. Quizás sea Obama el menos unilateral de los últimos presidentes y, sin embargo, decía en su discurso en West Point el 28 de mayo de 2014: “América nunca debe pedir permiso para proteger a nuestro pueblo, nuestra patria o nuestra forma de vida”. Y llevó a cabo acciones bélicas unilaterales sin el concurso de Naciones Unidas.
Se produce una incoherencia entre el lenguaje y la realidad, porque todos los presidentes dicen colaborar con los aliados, pero a la hora de la verdad en numerosas ocasiones han prescindido de ellos. El mejor ejemplo está en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, del presidente George Bush, que en sus últimos párrafos proclama la necesidad de la cooperación de todos los aliados contra el común enemigo de la libertad: el terrorismo, y a continuación de este canto a la cooperación termina con una frase contundente: “Estaremos (Estados Unidos) preparados para actuar solos cuando nuestros intereses y nuestras responsabilidades únicas así lo requieran”
Trump lleva a los extremos el unilateralismo de sus predecesores, tanto que se aparta de organizaciones internacionales de primer nivel, como la OMS o el Acuerdo de París, y pretende un plan de agresiones incluso a socios y aliados de toda la vida -como Dinamarca y Panamá- incluyendo el apoderamiento de sus territorios, que no estaban en los planes de los últimos presidentes de Estados Unidos. El ataque a socios y aliados es una innovación de la política exterior de Trump. Una muestra clara de su ilimitado unilateralismo es la negociación sobre el fin de la guerra de Ucrania exclusivamente con el agresor (Rusia), sin la participación de la víctima (Ucrania), la colabora solidaria con aportación de miles de millones (Europa) y el árbitro internacional (Naciones Unidas).
Imperialismo
Los presidentes no gustan de llamar a Estados Unidos imperio por el sentido peyorativo de este término. Prefieren emplear otras expresiones: poder hegemónico, poder benevolente, poder garantizador de la seguridad y paz mundial o términos semejantes. Todos aducen como explicación que Estados Unidos es el país de la democracia y las libertades, que le interesa extender sus valores por todo el planeta, pero no tiene hunger for territory (hambre de territorio), que es la característica más ostensible de la existencia de un imperio. Así George Bush aseguraba en sus discursos que los ejércitos estadounidenses abandonarían Irak, depuesto Hussein, y dejarían que fuera gobernado por un gobierno de iraquíes. Se oponía en el Discurso en la Academia de Guardacostas de Estados Unidos, de 21 de mayo de 2003, al calificativo de imperio con estas palabras: “Estados Unidos no pretende ampliar las fronteras de nuestro país sino el reino de la libertad”.
Sin embargo, la opinión de los expertos no coincide con la de los presidentes, porque no es unívoco el concepto de imperio y en la actualidad Estados Unidos reúne las notas distintivas de un imperio moderno: a) la supremacía sin rival con funcionamiento al margen del derecho internacional y de las organizaciones internacionales, b) la ideología imperialista, c) el control efectivo en las relaciones internacionales y d) el derrocamiento de los Gobiernos de Estados no afines. Cuatro elementos constitutivos con una intensidad tal que le cualifica como un imperio singular.
En este punto que tratamos Trump rompe el saco, porque no le vale la prueba aducida por sus predecesores de que Estados Unidos no es un imperio al carecer de “hambre de territorio”. Trump no había tomado posesión del cargo y ya manifestaba su intención de apoderarse de Groenlandia y el canal de Panamá y después de Gaza para convertirla en la “Riviera de Oriente Medio”. Queda por ver hasta dónde llegará su ambición expansionista.
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