Opinión
Una vergüenza contrarreloj
Periodista y escritora
“Y yo, Maricarmen, tengo un mensaje para ti”, gritó Pedro Sánchez este domingo en un acto del PSOE en Madrid. Ese mensaje al que es refería era, exactamente: “El Gobierno está trabajando contrarreloj para llevar al Consejo de Ministros el decreto de vivienda”. Pero no era un mensaje para Maricarmen. Era para sí mismo, para sus seguidores y también para los partidos a los que necesita, que no son pocos: Junts, PNV, Sumar (IU, Más Madrid, Comuns…), Podemos, ERC y Bildu. Ahí es nada.
El grito del presidente del Gobierno subiéndose al lomo de la última anciana desahuciada produce una molestia grave, un desagrado de piel, el desacomodarse de las decencias comunes. Hay algo brutal en el hecho de que se esté negociando cualquier cosa, la que sea, sobre vivienda en el último momento de la legislatura, o como admite sin sonrojo el propio presidente Sánchez, “contrarreloj”.
La pregunta es: Si ahora sí se puede, ¿por qué hasta ahora no se ha podido? ¿Hace falta que echen a una mujer anciana y enferma de su piso y que sea retransmitido en directo y que la indignación y la vergüenza prendan? Sánchez lleva, a día de hoy, 28 de septiembre de 2026, 8 años, 3 meses y 26 días como presidente del Gobierno de España, o sea, 3.040 días. ¿Cuántas personas ha sido necesario que sean desahuciadas de sus viviendas para que el Gobierno reaccione? Poniendo que se llevan a cabo unos 50 desahucios al día —son muchos más, contando las personas que no llegan a juicio—, se han ejecutado más de 150.000 desahucios —qué corta me quedo— desde que Sánchez es presidente. No sabemos de cuántas personas estamos hablando, de cuántas familias, de cuántas criaturas menores. En cualquier caso, una cifra indecente que debería resultar insoportable.
Pero nada es insoporable hasta que entramos en periodo electoral o la calle aprieta demasiado.
¿Qué tiene Maricarmen que no hayan tenido las miles de personas a las que han dejado sin techo antes de ella? Para empezar, unos sindicatos de inquilinas fuertes, organizados y combativos. Después, este momento de inicio de precampaña en el que, tras la crisis humanitaria en Ceuta, el Gobierno no puede permitirse una herida que sangre en lo social. Además, unas izquierdas desorientadas, sin liderazgos claros y con pocas batallas propias claras a las que agarrarse. Y, por último, la posibilidad de echarle la culpa a la administración pública del enemigo, en un ejercicio de cinismo político que, como todo en este caso, resulta bochornoso.
No deberíamos olvidarnos de la imagen de la policía entrando a saco en el portal de Maricarmen, por decenas, las lecheras colocadas estratégicamente para evitarnos la posibilidad de intervenir, sí, pero sobre todo la posibilidad de ver. No deberíamos olvidarla, porque esa policía es ni más ni menos que el Estado participando activa y violentamente en el acto de arrebatarle el techo a una anciana. Y el Estado, queridas y queridos, somos nosotras, pero sus fuerzas de seguridad son del Gobierno.
Así que no hay muchos mensajes que se puedan mandar desde el Ejecutivo más allá de la promesa de blindar el derecho de las personas a vivir bajo techo, sean cuales sean sus circunstancias. Y la seguridad de que nadie, ni particular ni empresa, podrá jamás acumular vivienda con fines especulativos. Todo lo demás es patraña.
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