Opinión
Vito Quiles

Por Anibal Malvar
Periodista
La periodista Sarah Santaolalla ha denunciado ante un juez al desinformador ultraderechista Vito Quiles. El compi-bulos de Alvise Pérez la siguió en un Mercedes desde la sede de RTVE, donde acababa de participar en una tertulia, hasta su domicilio. Seguramente para difundir en sus desagües televisivos (me resisto a llamarles canales) la dirección de Santaolalla, con el fin de desvelar dónde vive y marcarla como objetivo.
¿Objetivo de quién? Es inquietante la respuesta. Con los ultras envalentonados en su delirio supremacista, cualquier cobarde con un par de rayas, dos esvásticas tatuadas en el cuello y un whisky con viagra puede ser letal.
Cuando suceda algo, nos lamentaremos lacrimosamente y hablaremos de un lobo solitario, de un loco que ha provocado la tragedia, de un out-sider, de un borracho, de un asocial, de un drogota indetectable. Y seguramente sea cierto.
Pero ese pirado nunca hubiera sabido dónde ni contra quién disparar su odio si no fuera por los datos que proporcionan soplones como Vito Quiles. Es lo que se llama autor intelectual del delito. Salvo por el hecho de que este don Vito, de intelectual, no tiene nada.
La persecución a las políticas y periodistas (casi siempre jóvenes y de izquierdas) es más feroz de lo que parece. Suelen ser mujeres fuertes, con propensión a no quejarse. Hasta hace poco ni siquiera solían hablar de lo que estos acosos fascistas afectan a su vida íntima.
Hace un par de años inicié un experimento. Cada vez que me encontraba con una amiga periodista o política en algún bar o rollo social, me buscaba la manera de apartarla un poco del mogollón y le espetaba con brutalidad: “Esto no te lo pregunto como periodista. Es entre amigos. No voy a contar nada. ¿Cómo te afecta en lo personal este acoso?”.
Todas contestaron. Y los resultados fueron aterradores. No voy a dar nombres. Ya los darán ellas, y hablarán y escribirán sobre esto (ya lo hacen).
Pero solo en este año pasado, sin hacer una gran encuesta, dos de las más brillantes diputadas de nuestro Congreso me han dicho que ya no pueden más. Que, por muy fuertes que parezcan, sienten miedo. Que tienen familia, otra vida, amigos, hijos, padres. Que quieren volver del trabajo a casa sin que un Vito Quiles las esté siguiendo.
Cuando estas dos jóvenes y muy vigorosas diputadas nacionales me dijeron que no se volverían a presentar a unas elecciones, a pesar de que aman la política y sienten orgullo por lo que están haciendo, entré en profunda depresión.
Si el acoso fascio-machista puede cercenar el privilegio de que me representen dos mujeres cabales y currantes, si esos fascistas hormonados en todos los órganos menos en el cerebro consiguen anular el futuro de estas dos mujeres para mí (ciudadano) imprescindibles, es que no estamos en democracia. Llamémosle androcracia y nos quedamos más tranquilos.
El toxiperiodismo de Vito Quiles está ahora siendo muy sesudamente discutido en el Congreso de los Diputados. Hace tres o cuatro días, anunciaron que estudian suspender las acreditaciones de Quiles y del Negro de Vox, Bertrand Ndongo, penúltimo eslabón del autoesclavismo.
Todos los periodistas que hemos trabajado en el Congreso sabemos cómo actúan. Se dedican a mentir e indignar. A interrumpir. A enfangar. A prostituir el uso de la palabra. No dejan preguntar ni responder. Asesinan la confidencia con su ruido. Y, en los ratos libres, persiguen a mujeres periodistas por las calles de Madrid. Como a Sarah Santaolalla.
Cuando nuestro Congreso de los Diputados concede el carnet de informadores, en la sede de la soberanía del pueblo, a acosadores y mamporreros fascistas, mal vamos.
Es como otorgarle a Josef Mengele el premio Nobel de Medicina (que no me extrañaría en estos tiempos).
Cuando a los Quiles y Ndongos se los acreditó como periodistas en el Congreso de los Diputados, se oficializaron el ruido, el odio y la furia. Y gracias a esa concesión institucional ahora se sienten legitimados para perseguir a periodistas y políticos por las calles. Se saben impunes. Y, cuando los condenan judicialmente, Isabel Díaz Ayuso y otros líderes populares les regalan una subvención para pagar la multa. El Congreso que acredita a estos súcubos como periodistas en la España progresista actual. La que goza Vito Quiles y la que sufre Sarah Santaolalla. Yo me voy con Sarah. Y, entre todos los Vitos, me parece más honrado el Corleone.

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