Opinión
No es sólo la vivienda, es el barrio

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
Cuando salgo a la calle, escucho una mezcla de sonidos varios que, en su amalgama, se vuelve estridente. Por una parte, el bebé de mis vecinos balbucea sus primeras palabras, y un trasiego de saludos amables con parada obligatoria para los dos besos indica la familiaridad de quienes han compartido geografías vitales mucho tiempo; por otra, irritan el pitido de taxistas y turistas perdidos con sus SUV en unas callejas concebidas para otro universo, las obras y el gruñido del autobús de dos plantas que cruza la arteria principal cargado de gentes que hacen fotos. Entre el diálogo primero y el chirriar segundo oscila un modelo de urbanismo que está descascarillando la convivencia como esas paredes que luego se reformarán para albergar a habitantes de una semana, mientras los residentes de siempre se fugan: la otra cara, sólo apenas percibida, del vaciamiento humano y el llenado exotizante la constituye esa proliferación de urbanizaciones alejadas del centro donde la piscina y el garaje sustituyen los vínculos personales.
La deshumanización que acarrea la existencia en residenciales se alimenta, obviamente, de gasolina, la misma que respiramos combustionada cuando esos fugados quieren regresar al casco antiguo, puntualmente, para disfrutar de un concierto o una procesión, y giran desesperados el volante buscando en qué chaflán, bordillo o parking dejar su monstruo de cuatro ruedas. Y es que ese modelo depredador parece convertir en turistas también a muchos empadronados, mientras unos pocos resistimos esquivando sus improperios, motores y borracheras. Por eso, cuando algunos exclaman, como el presidente de la President de la Generalitat Salvador Illa recientemente, "construir, construir y construir", otros pensamos: ¿construir qué, para qué, cómo, a qué precio? Sin embargo, no se trata sólo de Illa, sino de un imaginario consolidado durante décadas que se está cargando, directa o indirectamente, lo que más amamos: a nuestra gente, los servicios públicos, las redes afectivas e intereses comunes que surgen en los núcleos de población aunados por el suelo que se pisa.
Yo, que conozco la historia, sé cómo termina: con la ruina del comercio local, la contaminación masiva, el aislamiento de unas personas cuya salud se ve significativamente deteriorada –los habitantes de las afueras, según varios estudios–; con la mutación del municipio en parque temático y, sí, también la falta de vivienda. El paradigma estadounidense, cuya propagación en el marco mental internacional le debe mucho al cine, ha copado los terrenos de una imaginación propulsada asimismo por intereses económicos. Es el claro ejemplo de cómo un fenómeno local se internacionaliza si la hegemonía cultural lo azuza, pero, como todo lo que empieza en un lugar concreto, esto responde, efectivamente, a circunstancias localizadas. A partir de los años 50 del siglo XX, la llamada "Gran Migración" –es decir, el desplazamiento en masa de los negros del Sur a los focos industriales del norte para evitar las leyes segregacionistas y lograr mejores empleos– comienza a desatar un malestar racista en aquéllos que contemplan con hostilidad la llegada de los nuevos pobladores. No mezclarse, odiar y temer se alzan como verbos clave en un proceso que se denominó "White flight", o éxodo blanco a los barrios residenciales, más veloz y agresivo a partir de las protestas por los Derechos Civiles. El lobby fósil aprovechó ese desprecio racial, al igual que lo hizo el del ladrillo (que en Estados Unidos equivaldría a palitos de madera).
Por qué tenemos que replicar un fenómeno ajeno, moralmente despreciable, violento con el medioambiente y las relaciones sociales, expansionista y favorecedor de grandes corporaciones podría responderse con un poco de pensamiento decolonial, pero aquí tiraremos apenas de sentido común. Nuestras ciudades precisan rehabilitación de edificios viejos, eliminación de pisos turísticos que podrían –a su vez– transformarse en hogares, jardines y otras zonas verdes, colegios y centros de salud, carriles bici, supermercados, empleos de calidad, espíritu barrial que cure la epidemia de soledad asoladora de cuerpos cada vez más desamparados. Lo que no necesitan son más coches y aparcamientos, tiendas de souvenirs y precios únicamente aptos para bolsillos foráneos, casas con más maletas que comida en la nevera, alienación y desarraigo. Hay mil maneras de construir sin pasar por el estruendo de la grúa, ni el coste ecológico del cemento, ni la homogeneización estética y antropológica que implica esa deriva imparable hacia mutar en un "no-lugar" de los de Marc Augé. Se puede construir barrio, y para ello se debería atraer, además de la voluntad institucional, al mismísimo descosido ciudadano que, obnubilado por la posibilidad de una piscina tres meses al año, vende su alma por una caja de pladur que permita a su todoterreno reposar en la puerta.
Cuando el urbanista Carlos Moreno popularizó el modelo de "ciudad de los 15 minutos" no estaba inventado nada, pero sí abriéndonos los ojos y desincentivando la no-ciudad fantasmagórica cuyo tiempo lo marca la aguja del surtidor. Construir, construir y construir podría darse igualmente en forma de repoblación de los pueblos, cada vez más incomunicados y privados del Estado del bienestar que nos corresponde a todos. Ahora que nadie se acuerda de los incendios, el mundo rural merecería una voz distinta a la apagada excepto en caso de catástrofe. Ahora que nadie se acuerda del boom inmobiliario que inmoló al país, habría que hacer memoria: construyamos biografías ligadas por la trama de la vida porque esa burbuja, a pesar de su delicadeza, nunca explota.
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