Opinión
La guerra de Schrödinger: narrativa, coerción y la retirada imposible
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Hay guerras que empiezan con declaraciones formales, despliegues visibles y objetivos definidos. Y hay otras —cada vez más frecuentes— que se desdibujan en un espacio ambiguo donde lo bélico, lo comunicativo y lo estratégico se entrelazan hasta volverse indistinguibles. La que podríamos denominar como la guerra de Schrödinger responde precisamente a esta lógica, un conflicto que, al mismo tiempo, existe y no existe; que termina pero no termina; que se anuncia como resuelto mientras sigue produciendo efectos materiales y simbólicos. Eso es lo que estamos viendo en Oriente Medio.
En este escenario, la figura de Donald Trump encarna una forma de liderazgo político profundamente adaptada a esta ambigüedad. No se trata solo de una política exterior errática o improvisada, como a menudo se ha señalado, sino de una estrategia comunicativa deliberada que opera en múltiples niveles y para distintos públicos, pero con indudables efectos y repercusiones materiales y humanos. Trump habla, simultáneamente, para la opinión pública doméstica, para los mercados financieros y para sus rivales geopolíticos. Y en cada uno de estos registros su discurso adopta matices distintos, cuando no directamente contradictorios.
Para la opinión pública estadounidense, el mensaje es claro: evitar guerras interminables, reducir el coste humano y económico de las intervenciones exteriores y proyectar una imagen de firmeza sin compromisos prolongados. Para los mercados, en cambio, el objetivo es transmitir estabilidad, control y previsibilidad, aunque sea mediante una retórica de fuerza que, paradójicamente, introduce incertidumbre. Y para sus adversarios —China, Rusia, Irán—, el discurso oscila entre la amenaza directa y la aparente desescalada, generando un entorno estratégico difícil de descifrar.
Esta multiplicidad de mensajes no es un error de comunicación, sino el núcleo de una estrategia basada en la saturación informativa. La conocida táctica trumpista de inundar la zona consiste precisamente en producir un volumen constante de declaraciones, ruedas de prensa y anuncios que, lejos de clarificar la situación, contribuyen a difuminarla. El resultado es un espacio informativo en el que la coherencia deja de ser un criterio relevante y en el que la narrativa se impone sobre los hechos.
En paralelo a esta dimensión discursiva, se despliega una política de diplomacia coercitiva que combina elementos clásicos de poder duro con nuevas formas de presión política. Sobre el terreno, esto se traduce en el despliegue de tropas, maniobras militares y amenazas explícitas que buscan modificar el comportamiento de los adversarios sin llegar necesariamente a un enfrentamiento directo. Sin embargo, lo verdaderamente significativo de esta estrategia no reside únicamente en su proyección hacia los rivales, sino en su impacto sobre los aliados.
Europa se convierte, en este contexto, en un actor clave pero profundamente tensionado. La amenaza recurrente de Estados Unidos de reducir su compromiso con la OTAN —o incluso de vaciar de contenido el artículo 5, que establece la defensa colectiva— introduce un elemento de vulnerabilidad estructural en el sistema de seguridad europeo. No se trata solo de una cuestión retórica, puesto que al cuestionar la credibilidad de la disuasión transatlántica se abre un espacio de oportunidad para potencias como China y Rusia, que pueden explotar estas fisuras en su beneficio.
La presión sobre los aliados europeos adopta, por tanto, una doble dimensión. Por un lado, se les exige un mayor compromiso en términos de gasto en defensa y capacidad militar. Por otro, se les transfiere de manera implícita la responsabilidad de gestionar escenarios de crisis que, hasta ahora, habían sido liderados por Estados Unidos. Esta externalización de costes y riesgos se inscribe en una lógica más amplia de redefinición del papel estadounidense en el mundo, una que le sitúa menos como garante del orden internacional y más como actor que negocia su implicación en función de intereses inmediatos.
Es en este punto donde la guerra de Schrödinger adquiere su pleno significado. El conflicto no se cierra mediante una victoria clara ni mediante un acuerdo formal, sino a través de una reconfiguración narrativa que permite a Estados Unidos declarar el éxito sin haber alcanzado necesariamente sus objetivos iniciales. La cuestión del estrecho de Ormuz es paradigmática en este sentido.
Tradicionalmente, el control o la seguridad de este enclave estratégico ha sido considerado un interés vital para las potencias occidentales, dada su importancia para el suministro energético global. Sin embargo, en la lógica trumpista, el valor de este objetivo se redefine en función de su utilidad política. Si garantizar el acceso al estrecho implica costes elevados o riesgos de escalada, entonces puede ser reinterpretado como un interés secundario o incluso prescindible.
Aquí es donde la analogía con la fábula de la zorra y las uvas resulta particularmente ilustrativa. Ante la imposibilidad —o el alto coste— de alcanzar las uvas, la zorra concluye que en realidad no estaban maduras y, por tanto, no merecían la pena. De manera similar, la renuncia al control del estrecho de Ormuz no se presentaría como un fracaso, sino como una decisión estratégica donde Estados Unidos no se retira porque no pueda, sino porque no le interesa.
Esta construcción narrativa cumple varias funciones. En primer lugar, permite preservar la imagen de fortaleza y autonomía que resulta central para el discurso político interno. En segundo lugar, desplaza la carga de la gestión del problema hacia otros actores, en este caso los europeos, que se ven obligados a asumir un papel más activo en la garantía del acceso a los recursos energéticos. Y, en tercer lugar, introduce un elemento de ambigüedad que dificulta la respuesta coordinada de aliados y adversarios.
Sin embargo, esta estrategia no está exenta de riesgos. La erosión de la credibilidad de los compromisos estadounidenses puede tener efectos a largo plazo sobre la arquitectura de seguridad internacional. Si los aliados perciben que las garantías de defensa colectiva son contingentes y negociables, es probable que busquen alternativas, ya sea mediante el refuerzo de sus propias capacidades o a través de nuevas alianzas. Al mismo tiempo, los adversarios pueden interpretar esta ambigüedad como una oportunidad para avanzar sus intereses en zonas de fricción.
En última instancia, la guerra de Schrödinger no es solo una descripción de un conflicto concreto, sino una metáfora de una transformación más profunda en la forma en que se conciben y se gestionan las relaciones internacionales. En un mundo caracterizado por la interdependencia, la velocidad de la información y la fragmentación del poder, la línea entre la guerra y la paz se vuelve cada vez más difusa. Y en ese espacio de incertidumbre, la narrativa —más que los hechos— se convierte en el principal campo de batalla.
La pregunta que queda abierta es si este modelo es sostenible en el tiempo o si, por el contrario, terminará generando dinámicas de inestabilidad difíciles de controlar. Porque, como en el experimento mental de Schrödinger, mantener simultáneamente dos estados contradictorios puede ser útil durante un tiempo. Pero, tarde o temprano, alguien abre la caja. Y entonces la ambigüedad deja de ser una estrategia para convertirse en un problema.
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