Opinión
La adaptación de la universidad
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla
Un ingeniero amigo mío que trabaja en una gran empresa de suministro eléctrico me pregunta qué diablos es la Teoría Cuántica de Campos. Le explico que es la formulación matemática unificada de la relatividad especial y la mecánica cuántica. ¿A cuento de qué me preguntas esto? Tengo el currículo de un joven al que le has puesto muy buena nota en esa asignatura. ¿Y qué? Pues que lo voy a contratar, porque si ha sido capaz de aprender esa barbaridad, lo que en principio nos interesa que sepa se lo enseñamos en un mes.
Domingo de carreras en el hipódromo de Dos Hermanas. En el bar, un corro de aficionados, entre los que me encuentro, deriva la conversación hacia los negocios. Se habla de ladrillos, crisis económicas sectoriales, qué sé yo. Mi mutismo suscita curiosidad. Uno trata de hacer chanza a costa mía, o sea, bromea sobre la placidez que da gastar en investigación dinero que otros generan. Respondo que, entre infinidad de cosas, en la universidad sabemos hacer nanotubos, o sea, mangueras de carbono y otros materiales cuya sección es del orden de las millonésimas de milímetro. Se hace el silencio. Y esos tubos enanos, ¿para qué sirven? Entre otras cosas, para que gente como vosotros encontréis la manera de ganar dinero con ellos. Se interesan más, aunque siguen pasmados. ¿Cómo diablos…? Si queréis, os pongo en contacto con los profesores que saben de eso y a lo mejor termináis invirtiendo en el asunto. Risas, pero uno de ellos quedó con la mirada perdida.
Un antropólogo da una charla en un instituto apoyándose en una fascinante presentación en PowerPoint. Trata sobre las diferencias y analogías de las grandes civilizaciones fluviales del neolítico: la egipcia, las mesopotámicas, la hindú y la china. Los chavales quedan encantados, pero les cuesta arrancar en las preguntas. Por fin llega la primera: ¿cuánto gana un antropólogo?
Al socaire de la necesaria homogeneización de los estudios universitarios en Europa, se ha convertido en un latiguillo repetido por doquier que hay que adaptar la universidad a las necesidades de la sociedad. Sostengo que el objetivo es justo lo contrario. Incluso en el caso de que, como sospecho, tras “sociedad” lo que se oculta es “mercado”, también lo provechoso sería que dicho mercado se adaptara todo lo que pudiera a la universidad. La formación profesional es la que tiene que responder a las demandas de la producción y los servicios. La universidad ha de atesorar el conocimiento que se genera en el planeta, colaborar en ello y transmitírselo a los estudiantes. Una sociedad impregnada de gente formada con excelencia y calidad, aunque sea en filología de una lengua muerta, siempre será una sociedad alegre, pacífica y próspera. Como en buena medida lo es ahora Europa.